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Qué se imaginan los Jóvenes: de las mutaciones culturales a la cotidianidad vivida

por 21 noviembre, 2012

Dejamos de ser lo que creíamos éramos y el pueblito “llamado Las Condes” dejó de ser esa promesa, porque sus habitantes cambiaron para no ver al forastero. A esa “revolución cultural” hoy, imagino, se le viene una que desde ya hace un año está poniendo en cuestión “las verdades” consensuadas en el Parlamento del Chile Actual.
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Más de un tercio de la población se siente y es joven. Su modo de ser difiere de nuestra ya desbordada juventud. Quienes fuimos los jóvenes de la Generación de los Ochenta, compartimos una identidad imaginada. Esta tuvo anclaje en un momento histórico donde la violencia se ejercía simbólica y materialmente. También un anclaje puesto en la pérdida de la niñez, vivida al interior de unas familias que imaginaban colectivamente un mundo mejor.

Por ello la pregunta que me hago: qué se imaginan los jóvenes. Y para responderla, recurro a una meta pregunta que me puede conducir a discifrar el enigma que me autoconvoca: Imaginario: uso social de las representaciones  e ideas que la gente tiene de lo que acontece y que los vincula o los aparta, toda vez que se produce el intercambio en el contexto de lo que podemos llamar la comunicación social.

Aguilera, Oscar dice en sus trabajos que, a la juventud le han puesto unos marcos por donde debe bailar o sencillamente rebelarse: la juventud debe ser obediente, debe ser auténtica y al mismo tiempo, es relegada a un lugar donde carece de posibilidades que la habilite como sujetos. “La juventud no tiene voz” (Aguilera; 2012).

Es decir, carecería de discurso, o es desoída. Entonces: ¿qué se imaginan los jóvenes?

Nosotros, los jóvenes de ayer, hace ya treinta años, imaginábamos un país sin Pinochet. Imaginábamos encontrar a los detenidos desaparecidos. Imaginábamos asistir a un concierto del Inti Illimani junto a Silvio y Pablo. Imaginábamos terminar nuestras carreras e incluso imaginábamos trabajar y compartir con la mujer de la vida y hasta ser padres. También imaginábamos que un equipo chileno volviera a ganar la Copa Libertadores de América. También, con los amigos, conversábamos de lo que imaginábamos. Algunos también soñaban.

Un país sin jóvenes es inimaginable. Un país que no imagine que éstos son rebeldes, cuestionadores, es un país iluso. Desde hace algunos años, más precisamente los últimos 20, lo hemos sido. Nos convencieron que era mejor callar. De ese modo, nuestra imaginación, madura y curtida, fue apagándose. Dejamos de imaginar que podíamos ser una sociedad más democrática. Empecé a imaginar en comprarme un auto, en comprar una casa, en pagar el colegio a los niños y en dar la vuelta al mundo. Esta última imagen me gusta: dar la vuelta al mundo. Dejamos de imaginar que, los sueños se conversan, y la vida se comenta. Dejamos de conversar y se nos vino encima lo inimaginado. Ahora sorprendido me pregunto otra vez: ¿qué se imaginan los jóvenes?

Porque el “dominio del imaginario colectivo se funda en la identidad de principios con las comunidades de sentido, que forjan las líneas de influencia en cada coyuntura” (Denis de Moraes; 2007). A lo menos, entonces, lo que imaginan los jóvenes pareciera plantear una ruptura con el modelo hegemónico, con lo que ha liderado cultural e ideológicamente la sociedad chilena las últimas dos décadas: la ruptura con los valores de la dictadura, fue más bien un simulacro de un real imaginado. Y hoy, las mutaciones culturales, observadas en las nuevas generaciones, contrastadas con nuestras propias experiencias desde el haberlo sido, manifiestan que lo que imaginan aquellos que masivamente no concurrieron a votar (por citar un hecho contingente del que se habla), no es precisamente la imagen hegemónica consensuada desde las instituciones políticas y su sistema. Es ahí donde está la ruptura, en el seno mismo de lo que pensamos y deseamos. Un imaginario nuevo corroe, tropieza con uno de tipo inerte, perezoso, malgastado, ya viejo.

Los  imaginarios operan como materia simbólica, idea fuerza, para alcanzar un acuerdo que, finalmente, termina por redefinir las cuestiones esenciales de una sociedad concreta: la dictadura así lo hizo, provocó una de las transformaciones socioculturales, políticas y sociocomunicativas más profundas desde que existimos como nación. Dejamos de ser lo que creíamos éramos y el pueblito “llamado Las Condes” dejó de ser esa promesa, porque sus habitantes cambiaron para no ver al forastero. A esa “revolución cultural” hoy, imagino, se le viene una que desde ya hace un año está poniendo en cuestión “las verdades” consensuadas en el Parlamento del Chile Actual.

Eso creo imaginan hoy los jóvenes: educación gratuita, salud digna y para todos, más y mejores espacios para la cultura, el deporte y la entretención. Acceso ilimitado a las nuevas tecnologías. Comunicación participativa y derecho a la expresión pública en los asuntos de interés de todos. Y como se imaginan todo ello, evidentemente ya no logramos reconocerlos y menos interpelarlos. Se hacen los sordos, no hacen caso y no van a votar, se comienzan a parecer a lo que alguna vez nosotros mismos imaginábamos que podíamos ser. Y mejor aún, están corregidos y aumentados. Marchan, son valientes. Están mutando, gracias al Dios y a los Mayas.

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