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Chile y el crecimiento infeliz: ¿Por quién debemos votar en las presidenciales?

por 22 noviembre, 2012

Chile no sólo ostenta estos gravísimos indicadores de suicidio, sino que además muestra tasas de depresión (17 %) y de obesidad infantil (28 %) muy similares a lo que le ocurre a los países más enfermos del planeta.
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Por siglos, los economistas hemos estado preocupados de cómo incrementar la felicidad de la población. Sin embargo, también por siglos, nos hemos negado a la posibilidad de que esta variable sea medible, y por lo tanto, un objetivo de políticas públicas. Por lo mismo, la ciencia económica ha decidido enfocarse en “calidad de vida”, más que en felicidad humana. Pero la pregunta obvia que resulta de estas reflexiones es… ¿cómo se mide “calidad de vida”? La respuesta que hemos escuchado por decenas de años es que debemos hacerlo a través del crecimiento económico y del Producto Interno Bruto (PIB).

Los motivos que llevaron a la economía a medir calidad de vida a través del PIB (que en definitiva representa ingresos) se centran en los postulados básicos de esta ciencia: a mayor ingreso (o mayor PIB per cápita), los individuos pueden aumentar su consumo, y por lo tanto lograr mayores niveles de “utilidad”, lo que en definitiva representaría mayores niveles de felicidad. Por lo tanto, la economía ha asumido que la felicidad está directamente relacionada a la capacidad de compra.

Sin embargo, el razonamiento de la ciencia económica es erróneo. Afortunadamente, durante los últimos 30 años han surgido voces de prestigiados científicos mundiales (incluidos varios premios noveles en economía) que nos han demostrado lo equivocados que estábamos.

Por un lado, la psicometría y las neurociencias han demostrado que la felicidad sí puede ser medida válidamente, por ejemplo a través de escáner cerebrales. Los adelantos científicos muestran que hay un lado del cerebro que se “enciende” cuando las personas experimentan felicidad, y que se apaga cuando hay sufrimiento.

Chile no sólo ostenta estos gravísimos indicadores de suicidio, sino que además muestra tasas de depresión (17 %) y de obesidad infantil (28 %) muy similares a lo que le ocurre a los países más enfermos del planeta.

Pero por otra parte, la ciencia nos ha demostrado también que si bien es cierto que el crecimiento económico ha ayudado a los países a disminuir la pobreza y a mejorar diversos indicadores económicos, es un grave error asociar crecimiento económico a felicidad y calidad vida. Y más grave aún es asociar felicidad a capacidad de compra, pues por ejemplo, si se miran los datos del banco Mundial, Chile ha crecido un 120 % en términos reales durante los últimos 15 años (US$ 2000), llegando a tasas envidiadas no sólo por Latinoamérica, sino que por el mundo entero. Sin embargo, de acuerdo a datos recientes de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) en su reporte del 2011 titulado “Health at Glance”, nuestro país aparece como el segundo país que más ha aumentado sus tasas de suicidio (55 %), siendo superado sólo por Corea. Curiosamente, Corea ha sido catalogada como parte de los llamados “tigres asiáticos” por sus altas de crecimiento económico durante las últimas décadas.

¿Paradójico, verdad?

Pero Chile no sólo ostenta estos gravísimos indicadores de suicidio, sino que además muestra tasas de depresión (17 %) y de obesidad infantil (28 %) muy similares a lo que le ocurre a los países más enfermos del planeta.

La reflexión entonces es obvia. El crecimiento económico nos lleva a mejorar diversos indicadores de progreso material, pero para nada se asemeja a un progreso real en la calidad de vida y en el bienestar individual de las naciones. Por el contrario, parece ser que nuestro país, a pesar de sus altos ingresos promedio, estaría sufriendo lo que muchos llaman “la paradoja del crecimiento infeliz”. ¿Es este el Chile que queremos construir?

¡Sin duda que no!

Al parecer, hemos vivido engañados por mucho tiempo. Nos hemos enorgullecido de las “maravillosas” tasas de crecimiento que hemos venido mostrando, pero nos hemos olvidado de mirar el deterioro en nuestra calidad de vida. Con miras a las próximas elecciones presidenciales, este es un especial llamado a pensar en el tipo de gobernante que queremos para nuestro país. Creo, sin ninguna duda, que es hora de que entreguemos nuestros votos a quienes estén preocupados de un Chile distinto, y no sólo de un Chile con más ingresos. Depende de nosotros comenzar a generar el cambio en nuestra sociedad. Depende sólo de nosotros dejar atrás la paradoja de este crecimiento infeliz que nos está cubriendo con su manto de muerte y soledad. Y qué mejor forma que dar una señal clara en las próximas elecciones presidenciales. Queremos un presidente (o presidenta) que nos lleve a construir un país distinto. Un país sano, y no un país enfermo. Queremos, en definitiva, un presidente que nos ayude a construir un país feliz.

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