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Midiendo pobres y sueños

por 23 noviembre, 2012

La sociedad chilena y especialmente los jóvenes tomaron conciencia de esta realidad y han dado una última oportunidad al sistema, exigiendo algo realmente razonable: que la educación pública sea de la más alta calidad y que el uso de los fondos fiscales para educación pública excluya fines de lucro. Es sin duda una cuestión drástica, pero los nudos gordeanos se cortan.
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Algunos medios escritos, con gran despliegue, dan cuanta de un informe del Banco Mundial. Presentan resultados que supuestamente miden la pobreza en Latinoamérica y en particular en Chile.

Revisando los antecedentes se llega a la conclusión que más de la mitad de la población, un 52 %, es en el Chile de hoy, después de casi 40 años de aplicación de un modelo económico social, vulnerable o pobre. Dicha población tendría ingresos per capita de hasta diez dólares diarios, es decir, tomando el dólar a quinientos pesos para facilitar el cálculo, las personas con ingresos de hasta $ 150 mil, estarían en esta categoría.

Por su parte, según el Banco Mundial la clase media sería un 42 % y la población con altos ingresos alrededor de un 5 %. La clase media estaría formada por los que ganan entre $ 150 mil a $ 750 mil.

La sociedad chilena y especialmente los jóvenes tomaron conciencia de esta realidad y han dado una última oportunidad al sistema, exigiendo algo realmente razonable: que la educación pública sea de la más alta calidad y que el uso de los fondos fiscales para educación pública excluya fines de lucro. Es sin duda una cuestión drástica, pero los nudos gordeanos se cortan.

El dato de pobreza es más o menos coincidente con la encuesta Casen en términos generales, pero el dato de vulnerables, que es un eufemismo para referirnos a los demás pobres hace temblar a cualquier analista serio. Ni que decir con lo que ocurre con la clase media que para ensancharla en los datos del Banco Mundial incluye personas que ganan menos que el ingreso mínimo en Chile. A pesar de estas cifras los medios, lejos de señalar esta verdad indesmentible, se solazan en la que estiman como lo realmente importante: Chile tendría una de las más grandes movilidades sociales de Latinoamérica.  De ser efectivo constituiría un sueño por cuanto estaríamos supuestamente en el camino correcto, especialmente si la movilidad social, por largo que sea el camino, estaría asegurada.

Sin embargo, según el reciente informe de la “Encuesta Nacional Bicentenario UC–Adimarc”, la mayoría de los chilenos ve difícil la llamada movilidad social. Nos inclinamos por creer más en el resultado de esta encuesta, que la del Banco Mundial para Latinoamérica. Muy significativo resulta que la última encuesta universitaria referida concluya que, entre el año 2009, 2011 y 2012, existan menores porcentajes de optimismo respecto de la movilidad social y que sólo un 17 % cree que un pobre tiene posibilidades de salir de la pobreza y solo un 36 % cree que en un joven inteligente, pero pobre, tiene posibilidades de entrar a la universidad.

En todo caso el resultado de estas encuestas resulta poco auspicioso, y revela que el modelo económico social aplicado en dictadura y en democracia ya no resolvió el problema de fondo de la sociedad  chilena.

La sociedad chilena y especialmente los jóvenes tomaron conciencia de esta realidad y han dado una última oportunidad al sistema, exigiendo algo realmente razonable: que la educación pública sea de la más alta calidad y que el uso de los fondos fiscales para educación pública excluya fines de lucro. Es sin duda una cuestión drástica, pero los nudos gordeanos se cortan.

De no resolverse este punto, junto a la enorme concentración económica en los mercados, todo lo demás que se quiera hacer, incluyendo reformas tributarias, incluso cuasi  expropiatorias, solo demorarán una reacción social que sería inevitable y muy difícil de controlar. La autocomplacencia en política y sociedad es particularmente peligrosa y los medios tienen la obligación ineludible de no caer en ella.

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