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La escuela y sus lógicas de poder

por 4 diciembre, 2012

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Una clase de 39 chicos completamente silenciosos es tema para película de terror. Si nuestros muchachos permanecen inmóviles como estatuas y zombificados con los ojos fijos en la pizarra por más de 45 minutos, debiésemos a lo menos preocuparnos, por mucho que el discurso de la disciplina promueva el silencio y el orden. Cuando hablamos de manejo de grupo, se tiende a pensar que un profesor debiese ser capaz de mantener la atención de su clase sin interrupciones, por eso a nadie extraña que cuando el profesor hace una pregunta y los chicos hablan todos al mismo tiempo para dar su opinión, la orden militar que resuena en la sala sea: ¡silencio! Así, sin más. Pero si se les pregunta algo, y no responden hay quejas. Se acostumbra a dar órdenes cruzadas y contradictorias, se avala la ley marcial dentro de las aulas y prima la incapacidad de explicar a los chicos por qué se les pide una cosa u otra. Consecuencia de ello es que cada vez que el profesor les quita la vista de encima a sus alumnos dos segundos, la clase se transforma en algo muy similar a un concierto de rock repleto de fans eufóricos que solo a punta de amenazas (anotaciones, suspensiones, etc.) es posible devolver a la calma.

En la escuela prima la lógica conductista basada en órdenes e instrucciones: “responde”, “siéntate”, “callate”, y así cuantas exigencias más se puedan sumar a la lista sin mediar con explicaciones. Si los chicos deben responder a alguna pregunta es porque el profesor lo ordena, si no pueden estar de pie es porque así se los mandan, si deben mantenerse callados tipo estatuas es porque, ya saben, el profesor así lo impuso, todo podemos resumirlo en un no con mayúsculas. Y claro, los muchachos evidentemente no entienden el por qué de todo esto, por eso las protestas y las malas caras, ya quisieran ver ellos cómo reaccionarían los profesores, si a la hora de cobrar les dijeran “este mes no hay paga, porque no”. Y sí, es cierto, es imposible dictar una clase en medio de un concierto de rock pesado, pero eso no avala que los profesores traten con los chicos como si tuviesen delante a una tropa militar. Se pide a los muchachos controlarse y gobernarse en medio de un reinado donde las únicas

leyes vigentes son las medievales. Para suerte de los muchachos existen los derechos humanos, de no ser así tendríamos más chicos encerrados en calabozos y engrillados, que dentro de las salas de clases.

Suponemos que de buscar un culpable a esta situación, las pistas indicarían al miedo como único legislador de este territorio de conflictos que es la escuela. Los profesores tienen miedo, miedo a no ser escuchados, ni respetados. Se saben poderosos, pero temen que su poder se quiebre si recuerdan que los chicos con los que tratan no pueden reaccionar como los adultos que no son. El error está en la toga, el birrete y el diploma, la cuota que los hace parte del club creando una brecha enorme que los deshumaniza y desarticula la lógica de la empatía, porque es innegable que el título otorga poder, pero es un poder mal utilizado, un poder que impacta y destruye, cuando la labor del profesor es formar y construir. La lógica de la ordenanza militar, tan arraigada durante generaciones, espanta a los chicos y les hacer querer huir y levantarse en armas. Todo se resume en bandos: allí los profesores dictando clases, colmilludos y maniáticos. Y los chicos allá, inquietos y deseosos de saltar el muro y el foso repleto de cocodrilos que los separa de la libertad.

Es evidente que tenemos un problema, y cuando digo tenemos no solo me refiero a la escuela, sino a la sociedad. Después de todo, la escuela no es otra cosa que un reflejo de lo que ocurre fuera sus muros. ¿Cómo enseñamos a los chicos, si somos incapaces de tratar con ellos como iguales? ¿Qué estamos promoviendo, sino desasosiego y hastío? Como profesores, tenemos el deber de formar caracteres y espíritus inquietos de sueños e ideales, pero esto es imposible si cada vez que ponemos un pie dentro de la sala de clases, nos vendamos los ojos y repartimos vendas. No hay intención aquí, ni por asomo, en proponer convertir la escuela en un patio de recreo, pero es urgente revisar el rumbo que están llevando las lógicas educativas y preguntarnos una y otra vez para qué estamos educando. Si lo que queremos — y me gustaría creer que nadie así lo piensa – es promover el individualismo y la segregación, la indiferencia y la apatía, entonces no hay nada que cambiar. Pero si por el por el contrario, nuestra meta – y sí, seamos idealistas — es una sociedad más justa, empática y crítica, tenemos que instruir a nuestros a muchachos en el conocimiento del mundo y de sí mismos, darles la oportunidad de comprender y apropiarse de lo que ocurre a su alrededor, para que de esa forma sean capaces de articular discursos nuevos y de enfrentarse al mundo con un espíritu renovado de cambios.

(*) Texto publicado en El Quinto Poder.cl

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