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Guadalajara: el palafito y los hábitos de lectura

por 6 diciembre, 2012

Guadalajara: el palafito y los hábitos de lectura
La conversión de pesos mexicanos en dólares, y luego de dólares en pesos chilenos, invitaba a la incredulidad. ¿Y si le sumamos el 19 %? No da. Ni con el IVA nos acercamos a los precios chilenos. Tampoco en el caso de libros sin descuento. ¿Y en el pabellón chileno? Aunque un colega mexicano me comentó que los precios en este pabellón eran bastante fuertes, incluso acá los libros costaban menos que en Chile. Razonablemente, les bajaron el precio.
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Todo un éxito. El pabellón chileno —o el “palafito”, como lo denominó con precisión mordaz Pedro Lemebel, en razón de su estructura de madera sencilla que asemeja el esqueleto de una casa con exceso de ventanas— estaba repleto. Los libreros corrían aconsejando a los lectores-clientes. Las mesas redondas y presentaciones no daban tregua. Era la Feria del Libro de Guadalajara que este año tenía a Chile como país invitado.

Fuera del pabellón chileno el panorama era similar. Las masas humanas nos apretujábamos entre estantes y altos de libros. Durante la “venta nocturna” parecía viaje en micro. Y es que más allá de las muchas actividades, valía la pena comprar. Los libros eran baratos. La conversión de pesos mexicanos en dólares, y luego de dólares en pesos chilenos, invitaba a la incredulidad. ¿Y si le sumamos el 19 %? No da. Ni con el IVA nos acercamos a los precios chilenos. Tampoco en el caso de libros sin descuento. ¿Y en el pabellón chileno? Aunque un colega mexicano me comentó que los precios en este pabellón eran bastante fuertes, incluso acá los libros costaban menos que en Chile. Razonablemente, les bajaron el precio.

Como corresponde a una feria, nos producimos. Con otras palabras, nos mostramos con nuestra mejor cara. Pero como casi siempre (y el casi significa mucho) nuestra mejor cara no es aquella que descubrimos en el espejo cada mañana. Y es que en Chile la situación es distinta. Hay una industria editorial pequeña, pero activa y creciente que cada vez publica más títulos (de unos 2.500 el año 2000, pasó a unos 4.500 el 2010).

Pero los libros son caros. En ocasiones, artículos de lujo. Y además de ser suntuarios, son escasos: según datos de la Fundación La Fuente, el 69,1 % de los encuestados nunca compra libros (Ojo, la asistencia a bibliotecas es mínima). Y de acuerdo al Estudio de Comportamiento del Lector del 2011, el 34 % de los encuestados nunca recibió un libro como regalo de sus padres o familiares, y el 39 % nunca fue estimulado por sus padres a leer libros que no sean obligatorios.

Esto es preocupante. No es sólo que hay una relación fuerte entre hábitos de lectura y resultado SIMCE, entre hábitos de lectura y desarrollo de capital humano, y ciertamente entre lectura y desarrollo económico. De hecho un 32 % de brecha del PIB chileno con el PIB promedio de la OCDE podría vincularse con brechas en la capacidad lectora. O si a usted le interesan los aspectos más prosaicos, entre capacidad de lectura e ingresos individuales.

Sí, leyó correctamente. No estamos acostumbrados a estar en contacto físico con libros. Y si bien una investigación de Cerlalc-Unesco, que mide los hábitos de lectura en seis países de Latinoamérica, arrojó que los chilenos —después de los argentinos— son los que más libros leen en la región, lo que nos motiva a leer son obligaciones académicas y laborales. Mientras en Argentina y Brasil un 70 % y un 47 % de las personas lee por gusto, en Chile el porcentaje de los que leen por entretención llega sólo a un 7 %. Esto no es extraño si consideramos que el 84 % de los chilenos no comprende adecuadamente lo que lee. ¿Se entretendría usted realizando una actividad mecánica y repetitiva en la que encuentra poco o ningún sentido?

Esto es preocupante. No es sólo que hay una relación fuerte entre hábitos de lectura y resultado SIMCE, entre hábitos de lectura y desarrollo de capital humano, y ciertamente entre lectura y desarrollo económico. De hecho un 32 % de brecha del PIB chileno con el PIB promedio de la OCDE podría vincularse con brechas en la capacidad lectora. O si a usted le interesan los aspectos más prosaicos, entre capacidad de lectura e ingresos individuales. Más allá de esto, la lectura nos abre mundos (quizás por eso el pabellón chileno se estructura mediante ventanas, que son las que se abren al mundo). Nos hace ver el mundo con otros ojos y así despierta nuestra imaginación y creatividad (además de transformarnos en seres más complejos e interesantes). En definitiva, nos ayuda a entendernos mejor y a entender mejor nuestro lugar en el universo.

Ciertamente se están diseñando y coordinado políticas públicas para suplir esta carencia. Es el programa Lee Chile Lee. Bienvenido sea. Pero la tarea exige múltiples esfuerzos de actores diferentes y en muchas áreas. No se trata de rasgar vestiduras o de ponerse talibán. Una ventaja del liberalismo es que cada uno puede ser el motor de su propia ruina sin correr el riesgo de que otros lo salven contra su voluntad. Es una ventaja, porque lo que según otros es mí ruina (religión, prácticas sexuales, estilos de vida o de vestir, etc.), no lo es necesariamente para mí. Es así que en las pocas horas libres que dejan las actividades productivas la gran mayoría puede continuar aguzando su inteligencia dedicándose a la, de acuerdo a la Estudio de Comportamiento del Lector, actividad favorita de los chilenos: ver una televisión repleta de telenovelas, realities y compañía. U ojeando revistas insustanciales. O comunicando incesantemente en el mundo virtual de los caracteres reducidos. Cada cual está en su derecho.

El punto es más profundo. Para hacer un uso inteligente de nuestra libertad debemos disponer de opciones. También debemos adquirir conciencia de una multiplicidad de criterios de valoración. Y debemos, además, desarrollar las facultades intelectuales que son las que en definitiva distinguen una decisión del mero azar. Esta es razón suficiente para proponer (sin dejar de ser liberales) algo central para promover hábitos de lectura: que la televisión pública debiese, al menos parcialmente, distinguirse de un modo radical de la comercial (y que por tanto, sus estatutos debiesen cambiar), invitando y seduciendo a actividades que fomenten un uso más exigente de las facultades intelectuales. Para proponer la eliminación del IVA a los libros (aunque lamentablemente no parece haber una relación fuerte entre su precio y la lectura —digo lamentablemente, porque si el precio fuese el problema, la solución sería muy simple—).

Para proponer que debiese haber más libros y más lecturas compartidas, sobre todo donde más se necesitan: en escuelas y en las guarderías de la Junji. Para promover un tipo de educación, y sobre todo de profesores, que sepan contagiar el placer por la lectura como fin en sí (en vez de considerarla un medio para un fin ulterior, que debe ser controlada mediante estandarizaciones de selección múltiple). La lectura debe ser placentera y, en este sentido, asociada al aspecto emotivo y afectivo que es, en definitiva, el que permanece. Sólo así habrá nuevos libros en la biografía de cada cual. En la universidad en la que trabajo hay un curso que todos los estudiantes, independientemente de su disciplina, deben realizar: lectura crítica. Consiste en leer, durante todo un semestre, un solo libro. Quizás le parezca poco. No lo es. Para muchos estudiantes es una experiencia única y reveladora que deja huellas profundas. Los resultados son, en muchos casos, esperanzadores.

En nuestro país de mundos estrechos y limitados, marcados y delineados en tantos casos por una televisión horripilante (en sentido literal), las humanidades, y como parte esencial de éstas, la lectura de ficción, nos lleva a ponernos en el lugar del otro de un modo simpatético y crítico. De este modo, la lectura nos ayuda a reconocer todo aquello que, más allá de lo que nos diferencia, tenemos en común. Y al ver el mundo con los ojos de otro y relacionarlo con nosotros mismos (después de todo, siempre que leemos, leemos acerca de nosotros mismos), podemos desarrollar aquello de cuya carencia hoy por hoy tanto nos quejamos: tolerancia y civilidad.

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