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Días de huelga

por 7 diciembre, 2012

Días de huelga
Un absoluto éxito del modelo de la dictadura ha sido asignar un sentido emotivo a las palabras sindicalista y huelga, que ha terminado calando en buena medida a los propios trabajadores. La primera se asocia a alguien conflictivo que viene a enturbiar la paz social de la empresa. La segunda es una acción de agresión de los trabajadores a sus empleadores que algún modo traiciona la lealtad mutua que se debían.
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Huelga en TVN. Huelga en Salud UC y antes en Cencosud. Y así una larga lista de empresas que se presentan a los ojos públicos como ejemplares, pero en las que sus trabajadores parecen no opinar lo mismo.

Y es que un fantasma parece que comienza a recorrer las empresas grandes en Chile: la huelga.

¿Es posible que la primavera social —especialmente la protesta estudiantil— por fin haya contagiado a los trabajadores chilenos, moviéndolos a poner en cuestionamiento el modo en que se ha trabajado en los últimos años, especialmente el escandaloso reparto de las utilidades empresariales?

¿Se acerca ahora el fin del modelo por el costado de los trabajadores?

De partida, razones tienen de sobra. El modelo laboral chileno es el mismo de la dictadura y ya lo hemos dicho antes, el último día de gobierno de la Bachelet habían menos trabajadores —proporcionalmente— sindicalizados y negociando colectivamente que el último día de Pinochet.

Al parecer, sin embargo, algo comienza a cambiar. De profundizarse este naciente movimiento de huelga —y las razones seguirán ahí mientras más de la mitad de los trabajadores asalariados en Chile gane menos de 250 mil pesos—, los trabajadores chilenos deberían soltar amarras.

Pero, hay que apuntarlo de inmediato, sería rarísimo. Los trabajadores de nuestro país lo tienen todo en contra. El modelo económico —como lo explicaba uno de sus ideólogos José Piñera— considera una participación paupérrima de los trabajadores en las empresas: el salario y punto.

Nada de huelgas, negociación colectiva, sindicatos y otras rarezas marxistas.

La huelga —cito las palabras de los redactores de la ley aún vigente cuando la Junta Militar hacia de legislador— es una institución “antigua” y “pre-moderna” “propia de los malones araucanos”.

Tal como leyó.

Y vamos a ser honestos, esa lógica de exclusión de la participación y la criminalización  del conflicto laboral ha penetrado imperceptiblemente en los propios trabajadores.

¿Por qué los trabajadores chilenos son los únicos en el mundo que tienen que salir —como quien busca disipar la sospecha de lo ilícito— declarando a todo el mundo que su huelga es “legal”?

Raro, si nadie se los está preguntando y si, por lo demás, es un derecho fundamental reconocido en tratados internacionales vigentes en nuestro país (artículo 8 del Pacto de Derechos Económicos, Sociales y Culturales).

La respuesta es sencilla: temor. Y vaya que justificado.

No existe otro país del mundo capitalista occidental —ni hablar de la OCDE— donde los trabajadores deban enfrentar un entorno más hostil que los chilenos al ejercer este derecho.

Partamos por la ley. Chile tiene en esto un mérito único en el mundo: permite el reemplazo de los trabajadores en huelga, lo que, como es fácil advertir, es la negación de la misma huelga.



De hecho, nadie podría discutir que en Chile hablar que los trabajadores tienen derecho a huelga —cuando la empresa puede seguir funcionando normalmente— es, sencillamente, una perversión del lenguaje.

A ese entorno legal agresivo, se suma un ambiente cultural tan hostil como la ley.

De hecho, un absoluto éxito del modelo de la dictadura ha sido asignar un sentido emotivo a las palabras sindicalista y huelga, que ha terminado calando en buena medida a los propios trabajadores. La primera se asocia a alguien conflictivo que viene a enturbiar la paz social de la empresa. La segunda es una acción de agresión de los trabajadores a sus empleadores que algún modo traiciona la lealtad mutua que se debían.

¿En cuantas escuelas en Chile se estará tratando despectivamente de sindicalistas a niños que intentando organizarse para ejercer derechos, formando desde ya el carácter autoritario de las relaciones laborales en nuestro país? ¿En cuánto colegio se estará dando a entender que autoridad es sinónimo de mando sin cuestionamientos y que la lealtad equivale a obedecer ciegamente las instrucciones del que manda?

Por último, hay que decirlo, el movimiento sindical chileno ha tenido escasa imaginación a la hora de utilizar la huelga como acción de conflicto.

El Plan Laboral —el Código del Trabajo vigente desde la dictadura— ha sido enfrentado con escasa creatividad: la huelga ha sido considerada en su forma más tradicional como suspensión total y continuada de la prestación de servicios.

Al parecer, sin embargo, algo comienza a cambiar. De profundizarse este naciente movimiento de huelga —y las razones seguirán ahí mientras más de la mitad de los trabajadores asalariados en Chile gane menos de 250 mil pesos—, los trabajadores chilenos deberían soltar amarras.

Y asumir, como ocurre en otras latitudes, que la huelga es mucho más de lo que siempre le dijeron que era. Que ella tiene muchas modalidades: la de solidaridad —aquella huelga que va en apoyo de otra huelga—, la de celo o reglamento —el trabajo se somete a un cumplimiento en detalle de la reglamentación de seguridad lo que lo vuelve menos productivo—, la de brazos caídos —el trabajo se presta a un ritmo productivo inferior al normal—, la huelga relámpago —el trabajo se interrumpe por un momento de corta duración—, la huelga rotativa —se paraliza el trabajo por turnos sin interrumpir el total de la producción—, etc.

¿Lo más interesante de todas estas huelgas no tradicionales?

No existe ninguna regla legal en Chile que las prohíba y son manifestaciones legítimas de ese derecho fundamental tan olvidado.

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