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Aborto: la izquierda nunca fue mataguaguas

por 10 marzo, 2015

La nueva cultura que impregnó a esta nueva izquierda es sólo la cultura del individualismo egoísta e insolidario. Los individuos son los agentes de su desarrollo, no del desarrollo, el mercado ahora distribuye bien y favorece a todos, incluidos los pobres. Con estas ideas la Izquierda no habría sobrevivido a la dictadura. ¿Quién habría organizado los comedores populares, los comprando juntos o los jardines en la parroquias?, ¿quién habría alojado al fugitivo sin casa de seguridad o presentado un recurso de amparo?, ¿quién habría pasado plata, ropa o alimentos a los clandestinos?, ninguno de los actuales socialistas neoliberales.
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Hay un debate en que, según parece, se enfrentan los progresistas o izquierdistas proaborto y conservadores antiaborto o provida. El primer grupo incluye laicistas, izquierdistas, feministas y toda una legión de defensores del sufrimiento femenino. El segundo es un grupo que desprecia el progreso, la ciencia y las conquistas del feminismo; en suma, unos machistas redomados, anticuados además. Pero ¿esto es esto verdad?

Si uno mira América Latina, no son partidarios del aborto –lo que incluye su despenalización, es decir, está prohibido el delito, pero no tiene pena– Daniel Ortega, Rafael Correa, Evo Morales, Cristina Fernández y el próximo presidente uruguayo Tabaré Vásquez; lo mismo Hugo Chávez. Así que los seguidores chilenos del socialismo del siglo XXI, no están en sintonía con sus mentores. Se trata de países que han resistido soberanamente a la injerencia de agencias internacionales y a las comparaciones con países para quedar supuestamente como atrasados (recuérdese la manía de las élites chilenas de compararse con la OCDE de un modo casi infantil). Por supuesto que en la tradición proletaria no está el destruir la prole; el Presidente Correa lo sabe bien y por ello amenazó con renunciar si se aprobaba el aborto en caso de violación. Lo anterior muestra que el aborto no es una bandera revolucionaria.

La nueva cultura que impregnó a esta nueva izquierda es sólo la cultura del individualismo egoísta e insolidario. Los individuos son los agentes de su desarrollo, no del desarrollo, el mercado ahora distribuye bien y favorece a todos, incluidos los pobres. Con estas ideas la Izquierda no habría sobrevivido a la dictadura. ¿Quién habría organizado los comedores populares, los comprando juntos o los jardines en la parroquias?, ¿quién habría alojado al fugitivo sin casa de seguridad o presentado un recurso de amparo?, ¿quién habría pasado plata, ropa o alimentos a los clandestinos?, ninguno de los actuales socialistas neoliberales.

La Izquierda como propuesta política se configura junto con la modernidad, es el resultado intelectual y más tarde político de esta última. Se imbrica íntimamente con ese proceso y sus derivados como el humanismo, los derechos humanos, la razón. El pensamiento de izquierda es posterior al capitalismo, pues este se racionaliza sólo a partir de la Reforma Protestante. Sin embargo, el capitalismo extremo ha producido algunos abortistas fanáticos, Milton Friedman, Alan Greenspan o Nelson Rockefeller, por ejemplo. Y una novelista infame que a menudo citan los columnistas de derecha, Ayn Rand, ha escrito cosas como las siguientes: ¿Por qué apoyo el aborto? Por la simple razón por la que apoyo los derechos individuales. Por la simple razón de que ni el Estado, ni ninguna comunidad, ni tú mismo, tiene algún derecho de decirle a una mujer lo que debería hacer con su vida. Y también, por la razón de que un embrión no es una vida. Y por la razón de que uno de los más repugnantes fraudes, dentro de los muchos fraudes actuales, es la idea de que los enemigos del aborto se llamen a sí mismos ‘defensores de la vida’, o ‘movimiento pro-vida’ o algo así. De manera que ellos apoyan los derechos del embrión, de una entidad no nacida, y rechazan reconocer los derechos de la persona viva, la mujer.  El mismo lenguaje usado por los funcionarios de gobierno hoy.  También escribió un célebre trabajo titulado Qué es el capitalismo en que glorifica ese sistema.

Entonces los abortistas originalmente están al otro lado de la Izquierda. Con el respeto que los sectores humildes tienen por la maternidad (recuérdense las miles de poesías, tangos, tonadas, etcétera, sobre el tema) no van a confundirse en que el primer derecho es el derechos a la vida; a pesar de los alambicados argumentos que los que no la respetan esgrimen. Pero los partidarios del homicidio por aborto que trolean los artículos sobre el proyecto de aborto en la red muestran bien los objetivos finales: no reconocer como persona humana a los fetos con malformaciones o enfermedades graves de cualquier clase, no solo las tres mentadas causas del proyecto.

¿Qué pasó entonces con la Izquierda?

Es un tema enigmático por qué, luego de la caída del muro de Berlín –el fin de los socialismos reales– todo el pensamiento de izquierda, aún los críticos del así llamado socialismo soviético, quedó desguazado en lo ideológico, en lo propositivo y en el desarrollo teórico. Sin embargo, algunos elementos se pueden constatar. Es cierto que la renovación del socialismo dio para todo, básicamente tres cosas nos parece que ocurrieron: una sensación de culpa por haber llevado a Chile al despeñadero político, sensación que casi devino en el Síndrome de Estocolmo, ya que se terminó aceptando el modelo dictatorial económico y sociocultural (como no hay más camino, entonces intentemos movernos dentro del capitalismo, de la mejor manera posible, hasta que los enemigos nos validen, hasta que “los empresarios nos amen”).

Otro elemento es la revalorización de la democracia, primero en el caso chileno desde 1938 hasta 1970, en que la ética política nunca se traspasó para que se rompiera el sistema y lo que más hubo fue un lenguaje con exabruptos; desde esa revalorización se pasó a renegar de toda crítica al sistema democrático que es en Occidente un sistema capitalista democrático y, finalmente, se abjuró hasta de la socialdemocracia. Esto no implica que la decepción de los revolucionarios no haya comenzado antes; cuando estudiábamos en la Flacso ya había Documentos de trabajo en que connotados renovados sostenían que los sistemas sociales eran automáticos y que no se debía interferir en ellos, en otras palabras, reconocían el statu quo y las transformaciones sociales eran perfeccionamientos de lo que había, y como lo que había se basaba en el mercado, ciertamente defendían el modelo.

También hay una transformación cultural, más ‘ondera’ si se quiere. Los exiliados trajeron una cantidad de autores del mundo sajón que proponían el socialismo liberal, que era un gran pretexto, bien argumentado por autores de renombre, para pasarse del socialismo que proponía el cambio social estructural a otro, que también se llama socialismo, pero no revolucionario. Se trata del abandono del proyecto transformador de sociedad, cualquiera que sea, que se abandona por perfeccionar el capitalismo. Y se hace bien vestidos, por supuesto, sin el chaquetón azul marino, sin jeans ni bototos mineros; se exilió la cultura charango lila, cuando más se la cambió por el folclor mexicano.

Y aquí entran otros renovadores. Si el socialismo marxista cayó vendrá el posmarxismo, los posmodernos, los estructuralistas y postestructuralistas, los estudios culturales, los de género, la biopolítica y Foucault. Heidegger se infiltraba lentamente. Además estuvo todo el contrabando lingüístico, no más pobres, ahora son vulnerables, no más pueblo, mejor es decir la gente. Fueron estos últimos los que proveyeron de un discurso de reemplazo. ¿Cómo lo hicieron?  Relativizando la razón, el argumento posmoderno fue clave y, posteriormente, el foucaultiano. Entonces, si no hay razón –la clave de la modernidad–, queda abierto el camino a cualquier oferta no racional, irracional o, lo que es lo mismo, contramoderna.

La idea de proyecto conjunto que los antiguos socialistas, izquierdistas o, sencillamente, progresistas, carece de todo sentido. Incluso el cambio social. El rancagüino Esteban Valenzuela dice que “la conversión demuestra que los socialistas abandonan la creencia ciega en los cambios estructurales para convertirse en una élite que promueve pequeñas reformas tendientes a potenciar las posibilidades del individuo”, es decir, consagra el valor de lo individual sobre el colectivo.  Las grandes transformaciones en beneficio de… ¿los pobres?, ¿la humanidad?, ¿los del primer quintil de ingresos?, ¿los proletarios?, ¿los vulnerables?  Quizás de quiénes.  Y ahí aparecen los minicambios con minibanderas; las nuevas banderas, ya no tan épicas ni utópicas, pero algo es algo, incluso se quiere que el Estado imponga las nuevas realidades: una alimentación con ciertas características, a veces ridículas (como el proyecto para que no haya saleros), la persecución a los fumadores (con reglas curiosas que deben adoptar los locales que atiendan fumadores). Pero en paralelo se propone quebrantar las reglas y costumbres tradicionales, liberalizar el consumo de drogas, por ejemplo. Claro que esto también es una idea original de los ideólogos neoliberales.

La nueva cultura que impregnó a esta nueva izquierda es sólo la cultura del individualismo egoísta e insolidario. Los individuos son los agentes de su desarrollo, no del desarrollo, el mercado ahora distribuye bien y favorece a todos, incluidos los pobres. Con estas ideas la Izquierda no habría sobrevivido a la dictadura. ¿Quién habría organizado los comedores populares, los comprando juntos o los jardines en la parroquias?, ¿quién habría alojado al fugitivo sin casa de seguridad o presentado un recurso de amparo?, ¿quién habría pasado plata, ropa o alimentos a los clandestinos?, ninguno de los actuales socialistas neoliberales.

En ese contexto de delicuescencias, proponer la muerte de fetos como solución es posible. Delicuescencia como licuación de todos los valores anteriores (de la Izquierda, de la modernidad, de la razón, del humanismo y de la democracia) y del abandono del estilo de vida, aun de la estética, de la Izquierda.  Ahora se puede, sin ruborizarse, porque los valores se han disuelto, hablar tranquilamente de cometer un homicidio para hacer un bien. Es bastante inmoral hacer pasar por la experiencia de un aborto a un inocente, a mujeres que han sido violadas. No, los izquierdistas contumaces no somos abortistas.

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