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¿Será que Andrónico cree que fuga de capital y baja inversión productiva son formas de “hacer Patria”?

por 14 diciembre, 2017

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Si bien Guillier (al decir “Les meteremos la mano en el bolsillo a quienes concentran el ingreso, para que ayuden a hacer Patria alguna vez”) se la dio en bandeja a Luksic para que le respondiera en el tono que lo hizo, también quedó en evidencia que el empresario parece tener poca noción de que en este tipo de materias él tiene pies de barro.

El error de Guillier no sólo fue de lenguaje, sino también de fondo − mezclar conceptos como el de “hacer patria” con el de eficiencia productiva.  Si bien están relacionados, no son lo mismo.  Lo que dijo el candidato estaba orientado a temas tan evidentes como que nuestra oligarquía concentra el ingreso como pocas en el mundo ; y que muchos de ellos tratan sus impuestos como si fueran una propina tipo 10% de restauran.  Sin embargo, el problema de fondo del actual “modelo”, y de la institucionalidad camisa-de-fuerza que lo sostiene, es bastante más complejo al mero hecho (por importante que sea) que algunos ganen mucho y tributen poco.  En lo fundamental, el problema está que en Chile la elite capitalismo puede ganar lo que gana haciendo el tipo de cosas que hace − y en las formas que la hace.  Si el único cambio fuese que tributasen un poco más, esos recursos podrían sin duda ayudar en lo paliativo a los daños colaterales que deja este “modelo”, como en lo social y el medioambiente, pero lo intrínseco de su ineficiencia productiva seguiría igual.  Por eso, en otra columna llamaba a esa forma de ver la solución a los problemas actuales, muy propio de cómo la centro-izquierda − y ahora aparentemente Guillier − ven su rol actual, el tipo “parada militar tailandesa”.

En cuanto a que este “modelo” es concentrador en el ingreso baste citar, una vez más, que el 0.01% de los chilenos y chilenas, unas 300 familias, se llevan 7 veces más como proporción del ingreso que sus homólogos − y harto más eficientes − en Corea.  ¡Y 7 veces más por hacer las cosas que hacen!  Asociado con eso, como dijo un titular, está la concentración (y poca diversificación) del mercado: “Grandes empresas en chile son el 1% del total, 85% de las ventas, y 50% del empleo.  Cómo puede haber gente que todavía insista en llamar a eso “economía social de mercado”.  ¿Social?  ¿Mercado?  ¿A dónde se escondió la competencia?

En realidad, este “modelo” es más bien un engendro donde el leitmotiv no es la generación de utilidades por trabajos operativos, sino la apropiación de todo tipo de rentas, como las que provienen del uso y abuso de la concentración oligopólica (abusos como en el cartel del papel), de la explotación puramente extractiva de los recursos naturales (donde están dichas rentas), en las asimetrías del mercado laboral, las que emergen de múltiples fallas de mercado, y en todas una variedad de rentas que puede aportar de gratis un Estado capturado (las rentas que creó la ley de pesca por las cuotas, y que luego se regalaron a perpetuidad a unas pocas familias (en lugar de licitarlas), es sólo uno de tantos ejemplos).

Por otra parte, nuestro sistema tributario es altamente regresivo (mientras menos se gana más se tiende a pagar en impuestos, como porcentaje del ingreso), y también ofrece todo tipo de oportunidades para la elusión y evasión − recordemos que sólo la evasión del impuesto a la renta llega al 31% de total, y la del IVA al 20%.  Y para qué decir de las opciones que ofrece al respecto el fácil acceso a paraísos fiscales.

Y si a ese supuesto “mercado” y sistema tributario se le suma las idiosincrasias de la actual institucionalidad político-económica heredada de la dictadura, no debería sorprender tanto que el 1% termine llevándose casi un tercio del ingreso.  ¿Creerán que eso es hacer Patria?

Quizás nuestros grandes empresarios (grandes en tamaño) deberían estar al menos un poco más agradecidos con la izquierda (ya no tan) “renovada”, a la que le deberían levantar un altar lleno de velitas y con un letrero que diga: “Gracias por los favores concedidos”.

Más aún, Andrónico llega a jactarse que hace cinco años (tras la compra de Enex, esto es, la compra de activos que ya existían − estaciones de servicio…), que su grupo no entra a ningún nuevo negocio en Chile − y que es poco probable que lo haga en el futuro, salvo en la minería extractiva.  A lo que agrega que Chile ya le quedó chico (pues para él parece que Chile no es un país tratando de ser nación, sino sólo un mercado limitado); por tanto su horizonte está afuera, vía fuga de capitales, pues hay que “internacionalizarse”; esto es, agregarle estaciones de servicio en Argentina a las que ya tiene en Chile.  Y sino, ¿por qué no especular comprando acciones de bancos españoles quebrados, cosa de beneficiarse del subsidio del Banco Central Europeo?

¿Qué tal si invirtiese esos mismos fondos en procesar el cobre que extrae de sus minas?  Pero con empresarios así, operando en mercados cautivos, es poco probable que eso ocurra − a menos que haya alguna compulsión para hacerlo.  Ejemplos obvios son un royalty de verdad y diferenciado a la minería (para castigar la falta de procesamiento local); una cuanta de capitales cerrada que impida la fuga de capitales (si quieren ganar plata, que inviertan en su país − como exigían los países industrializados cuando estaban en un nivel de ingreso relativamente similar al nuestro, y lo sigue haciendo hasta hoy mucho del Asia emergente); una política industrial inteligente, y más.  Acompañado, por supuesto, de una macro pro-crecimiento.  Sino, vamos a seguir atados a una economía con tan poco crecimiento de la productividad y tan poca diversificación productiva (dado su ingreso por habitante, una de las menos del mundo).

Entre las cosas que realmente me preocupan de nuestra economía (pero parece que no tanto a nuestro Banco Central) es el alza meteórica hasta hace muy poco del total de la deuda externa corporativa, parte de la cual se usa para financiar aventuras externas.  La deuda corporativa chilena en dólares ha sido la tercera que ha crecido más en el mundo emergente desde 2007 (después de China y Turquía), alrededor del 20% del PIB.  Y según el Instituto de Finanzas Internacionales (IFF) Chile tiene el segundo nivel relativo más alto de deuda corporativa entre los países emergentes − y para este informe este aumento es “preocupante” y puede ser “insostenible”.  Y un informe del BIS (Banco de Pagos Internacionales) ya nos colocaba como top-1 entre los endeudados emergentes en términos relativos al PIB (y por lejos).

Dado los bajísimos niveles de la inversión privada en Chile (en especial la no-residencial), será mucha osadía preguntar: ¿donde está la contrapartida de esa deuda en términos de nuevas capacidades productivas en el país?

Por su parte, dada su creciente fragilidad, la manía financiera internacional y los absurdos niveles de todo tipo de deudas nos puede llevar perfectamente a otra crisis global − hasta el Global Stability Report del FMI nos advierte que el escenario está dado para una moratoria masiva de la deuda corporativa de los países emergentes, ya que ésta casi se ha quintuplicado desde el 2004.  Por tanto, podemos volver a caer en el escenario en el que el Banco Central y otros organismos del Estado tengan que salir, como la caballería, al rescate (como en Chile en un pasado no tan lejano, y en la OECD desde el 2008).  Además, la combinación de que los pasivos se quedan en Chile y los activos emergen en los países vecinos, es la peor de todas.  Razón tendría entonces el arriero al cantar: “Las penas y las vaquitas se van por la misma senda, las penas son de nosotros (más deuda pública por rescates), las vaquitas son ajenas (activos corporativos en el exterior).

¿Porqué será tan difícil comprender que uno puede argumentar, simultáneamente, que nuestro “modelo” topó fondo − pues hace rato ya dio todo lo que podía dar −  y que necesita urgentemente de una gran re-ingeniería, al mismo tiempo que valorar logros del pasado (casi todos hace más de dos décadas)?  ¿Será tan difícil ver las similitudes de lo que pasa ahora y lo que pasó hacia el final del período de sustitución de importaciones, donde estados y empresarios también fueron incapaces de dar el paso siguiente − abrirse, progresivamente, primero a la competencia regional, y luego a la internacional − cuando dicho modelo también topaba fondo?

si llegamos a caer en dicha triste alternativa, por favor, que nadie reclame − pues va a ser una profecía casi autocumplida; y que nadie se olvide de sus respectivas cuotas de responsabilidad por haber contribuido, de distintas maneras, a generar tal apatía en aquellos ya cansados de dicotomías añejas (como la de entre eficiencia productiva versus derechos sociales y medioambiente), ya cansados de discursos ambiguos, de oligarquías rentistas, Estados eunucos, una delincuencia inaguantable, y ya cansados de tanta corrupción en el mundo civil (corporativo, político y burocrático), en el eclesiástico y el militar. La historia nos muestra que cuando hay espacios así para populistas de tercera, siempre surge un buen candidato para eso.

Quizás José Ortega y Gasset nos puede ayudar a entender nuestra perenne rigidez estructural cuando dice que el principal problema de América Latina era que habían demasiados individuos satisfechos consigo mismo, y con demasiado narcisismo − pues les gustaba mirar la realidad como espejo de auto contemplación.

El gran problema para los próximos cuatro años es que ninguno de los dos candidatos ofrece, o quizás siquiera se interese, en dicha re-ingeniería.  Eso no implica para nada que da lo mismo quien salga − pues al menos uno parece mirar (tímidamente) en dicha dirección.  Como decía Ken Galbraith, aquél gran economista norteamericano, ex-Presidente de la American Economic Association: a menudo “la política es el arte de elegir entre lo desastroso y lo desagradable”.

El “modelo” ha llagado a tal punto en su ineficiencia que, por ejemplo, el producto por trabajador apenas ha crecido en promedio al 1.3% anual desde 1998, commodity boom y todo; a esta velocidad nos va a tomar mas de medio siglo para duplicar nuestro nivel actual − y, literalmente, una eternidad (probablemente más de un milenio) para cerrar brechas productivas con los países desarrollados.  Y a los que les gusta mirar la productividad desde la perspectiva del “TFP”, ésta está básicamente estancada desde 1998 (se me olvidaba decir que todo es culpa de las reformas de Bachelet).  Por tanto, ciertamente no es coincidencia que aquellos que defienden el “modelo” a ultranza, añorando la continuidad de la indolencia, ya abandonan la transparencia de las estadísticas bien hecha y de los indicadores normales de crecimiento para concentrarse (abusando de la sociología) en idealizar factores como la “modernidad del consumo-a-deuda”, y supuestos índices de “felicidad” (con encuestas que hay que evitar hacerlas al fin del mes...).

Como decíamos en otra columna, cualquier cosa menos mirar cómo la especificidad de este “modelo” se da en la “reciprocidad en el daño” − en términos de la interacción nociva que desarrolla entre la ineficiencia económica, la falta de derechos sociales y el deterioro del medioambiente.  ¿Por qué tanta resistencia a buscar alternativas donde el motor del crecimiento provenga de las sinergias entre ellas, en lugar e insistir en uno donde lo que prevalece es el espiral de sus contradicciones?

No es muy difícil adivinar cual de las dos alternativas (un modelo basado en dichas sinergias o en las contradicciones) ofrece más rentas para apropiar…  ¿A quién más que aquellos que piensan dentro de la lógica de este tipo de modelo se le podría haber ocurrido implantar por tantos años un sistema de precios de la electricidad diseñado para que siempre pueda sobrevivir al productor más ineficiente − pues, dado el nivel de la demanda, su costo marginal es el que determinaba el precio?  Y en esta industria, ella tiende a estar altamente relacionada con el daño al medioambiente.  Neo-liberalismo en movimiento: o cómo premiar la ineficiencia.

Otros países han hecho el esfuerzo de buscar las sinergias que mencionábamos con mucho éxito, como por ejemplo los países desarrollados en el período de la pos-guerra, y varios en el Asia emergente en las últimas décadas.  ¿Por qué nos constará tanto?  ¿Y por qué en Chile se asume de inmediato que hay que ser perdido de izquierda para proponer algo así?

Finalmente, si seguimos en la inercia, creo que uno de los grandes problemas (sino el peor) al que nos pueda llevar esta flojera productiva (no creo que tenga otro nombre) − y de continuar el piloto automático que prefiere la centro-izquierda − es que la gran apatía política actual (donde ni la mitad de los inscritos vota en una elección presidencial) se transforme en un camino atractivo para una salida populista de tercera.  Parafraseando al poeta, el silencio de esa mayoría que ni vota es un silencio que escucha.  Y un silencio que cada vez puede estar más receptivo a escuchar discursos realistas-mágicos (en su versión más burda).  Recordemos que el mismo país que eligió a un Obama por dos períodos lo cambió por un narcisista de opereta.  Ya nos equivocamos − y muy mal − cuando hace casi medio siglo atrás decíamos “en Chile eso no puede pasar”.

Y si llegamos a caer en dicha triste alternativa, por favor, que nadie reclame − pues va a ser una profecía casi autocumplida; y que nadie se olvide de sus respectivas cuotas de responsabilidad por haber contribuido, de distintas maneras, a generar tal apatía en aquellos ya cansados de dicotomías añejas (como la de entre eficiencia productiva versus derechos sociales y medioambiente), ya cansados de discursos ambiguos, de oligarquías rentistas, Estados eunucos, una delincuencia inaguantable, y ya cansados de tanta corrupción en el mundo civil (corporativo, político y burocrático), en el eclesiástico y el militar.  La historia nos muestra que cuando hay espacios así para populistas de tercera, siempre surge un buen candidato para eso.

En resumen, Andrónico podría tener más respeto por la inteligencia del resto de los chilenos y chilenas cuando nos vienes a dar cátedra de cómo hacer Patria.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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