sábado, 20 de abril de 2019 Actualizado a las 01:13

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La incansable búsqueda del bien común

La incansable búsqueda del bien común
Los movimientos sociales y las luchas populares nos recuerdan incansablemente que “este mundo” no es tal. O puede no serlo o que otro mundo es posible. Que las relaciones humanas construidas desde un horizonte ético humanizador son posibles y, más aun, se llevan a cabo en ciertas comunidades, pueblos, ciudades, microsociedades y territorios que han podido situarse desde otro horizonte cultural y mental, contra este poder hegemónico instalado. ¿Acaso no es tiempo de revisar políticas, decisiones y visiones respecto del agua, los bosques, la tierra y todo lo que ella nos provee para una vida buena y sana?
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Pareciera que la velocidad de las comunicaciones y el ritmo actual de vida, sobre todo en las grandes ciudades y capitales de nuestro mundo, no nos dejan tiempo, ni espacios para una acuciosa reflexión ciudadana respecto del porvenir. Sin duda, la universidad, los centros de investigación y organismos particulares sí se encuentran pensando el mundo, pensando la vida en común. Pensando Chile y todo lo que ello implica. Pero incluso ellos se ven empujados y ahogados por fechas, publicaciones, actividades y, en definitiva, el ritmo mismo en que el mundo parece funcionar. Todo ello es verdad y al mismo tiempo no lo es.

Hay pensadores, como el filósofo cubano-alemán Raúl Fornet-Betancourt, que critican fehacientemente la idea de que “nuestros tiempos” son solo estos: veloces, implacables, virtuales y sin capacidad de ahondar y enfrentar los problemas fundamentales. Esta idea instalada sobre “nuestros tiempos” respondería a intereses impuestos y una forma concreta de comprender la sociedad que corresponde a la imperante, aquella donde el capital financiero y el ideal del progreso continúan pisoteando otras formas de situarse en el mundo. Se nos adoctrina en esta idea hegemónica y se nos prepara para lidiar con ese mundo: competitivo, meritocrático, narcisista y moldeado para intereses de acumulación privada.

Con esas formas, también institucionalizadas, que se llenan de desconfianzas, corrupción y una serie de abusos que distancian a la ciudadanía del representante popular y su labor. Que distancian al político de la política. El político debe proponer, muchas veces, aquello que aun no existe, debe ayudar a visualizar lo que esperamos y deseamos como sociedad, debe instalarnos en ese horizonte de sentido que nos ayude a caminar juntos y convivir en esta aldea plural. La política no puede perder su dimensión poética. En el sentido de la poiesis griega. Su dimensión creadora y creativa, casi artesanal. Habrá que buscar, construir, trazar esas figuras que para el poder hegemónico parecen ridículas e ineficientes, pues ese mismo poder no ha hecho sino conducirnos a la barbarie y catástrofe.

Incansable búsqueda del bien común

Los movimientos sociales y las luchas populares nos recuerdan incansablemente que “este mundo” no es tal. O puede no serlo o que otro mundo es posible. Que las relaciones humanas construidas desde un horizonte ético humanizador son posibles y, más aun, se llevan a cabo en ciertas comunidades, pueblos, ciudades, microsociedades y territorios que han podido situarse desde otro horizonte cultural y mental, contra este poder hegemónico instalado.

Creemos que desde la política y la búsqueda del bien común es posible dar esta batalla. Batalla que, en definitiva, tiene que ver con lo humano. La construcción del ser humano se genera entre todos. La política es un eslabón más y apostamos a su fuerza constructora y transformadora. Sin embargo, no queremos ser ingenuos y sabemos que una primera lucha es con la política misma.

Con esas formas, también institucionalizadas, que se llenan de desconfianzas, corrupción y una serie de abusos que distancian a la ciudadanía del representante popular y su labor. Que distancian al político de la política. El político debe proponer, muchas veces, aquello que aun no existe, debe ayudar a visualizar lo que esperamos y deseamos como sociedad, debe instalarnos en ese horizonte de sentido que nos ayude a caminar juntos y convivir en esta aldea plural. La política no puede perder su dimensión poética. En el sentido de la poiesis griega. Su dimensión creadora y creativa, casi artesanal. Habrá que buscar, construir, trazar esas figuras que para el poder hegemónico parecen ridículas e ineficientes, pues ese mismo poder no ha hecho sino conducirnos a la barbarie y catástrofe.

La política, puede y debe seguir siendo ese espacio ciudadano para soñar y, como verdaderos arquitectos de la polis contemporánea, dibujar los planos inexplorados de ese tiempo, que, engañosamente, parece no detenerse.

Desde allí, ¿por qué no seguir pensando otros modelos y formas de reinserción a la sociedad para las personas que han delinquido? ¿Cómo no seremos capaces de dar pasos audaces en una educación más humana, integral, ecológica, social y preocupada de la comunidad que somos? ¿Cómo no podremos detener el flujo usurpador contra los recursos del planeta? ¿Cómo no podremos caminar hacia un país realmente sostenible, innovador y constructor de una economía del bien común?  ¿Cómo será posible no intencionar recursos, fuerzas y capacidades apostando por esos niños y niñas del Sename? ¿Acaso no es tiempo de revisar políticas, decisiones y visiones respecto del agua, los bosques, la tierra y todo lo que ella nos provee para una vida buena y sana?

Creemos que sí. Apostamos que sí. Y que la política es un canal privilegiado para pensarnos en ese “otro tiempo” más justo, más fraterno, más cooperativo y participativo, más respetuoso y sustentable.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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