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Mantuvieron relación por vario

Cultura - El Mostrador

Isidora Aguirre, el gran amor chileno del poeta salvadoreño Roque Dalton

por 24 mayo, 2005

A treinta años del asesinato del escritor, la dramaturga chilena, autora de la célebre ''Pérgola de las flores'', recuerda detalles de la intensa relación que vivió en La Habana con el escritor trágicamente fallecido en 1975, la visita de Dalton a Chile durante la época de la Unidad Popular y cómo vivió la noticia de su muerte.
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"Hasta que esa mirada fija empezó a inquietarme. Diría que me provocó una leve comezón, un ardor en la piel antes de filtrarse poros adentro. En fin, diría cualquier cosa, maestro, pero la verdad es que supe, y con certeza, que respondería 'sí, afirmativo', de proponerme usted lo que fuera."



(Carta a Roque Dalton)



Y diciendo que sí, asintiendo, como hechizada con los ojos de ese poeta combativo, de ese salvadoreño de buen humor, de ese Roque Dalton rebelde, comenzó la historia. Una historia de amor sin posesiones, sin anillos, sin mentiras. Una que no exigía fidelidades ni cartas. Una que se sobrepuso a la muerte. La historia de Isidora y Roque.



El romance entre la dramaturga chilena, autora de "La Pérgola de las flores", "Los que van quedando en el camino" y "Retablo de Yumbel", entre otras, y el poeta, está plasmado en la novela Carta a Roque Dalton , publicado en 1990, 15 años después del asesinato del salvadoreño en su país natal.



En el mes aniversario de la ejecución y el nacimiento del autor de Taberna y El turno del ofendido , la escritora nacional lo recuerda en Chile y en Cuba, en la política y en la literatura, en la vida y en la muerte. Roque según Isidora.



Capítulo 1: La hipnosis de La Habana



"A esas alturas sus ojos se habían posado sobre los míos con algo de parasiempre y notemeescapas (. . .) Se instaló junto a mí y me preguntó con su voz más gentil: '¿Qué le parece, maestra, si nos vemos más seguido?'. Porque supe en el acto que se trataba de una declaración de amor, y de una vez nos bautizamos: maestra y maestro. Como quien dice, boda y bautismo"



Cuba, 1969. Isidora Aguirre era invitada como jurado del género Teatro en el concurso "Casa de las Américas", en La Habana. Roque Dalton estaba concursando en poesía con su obra Taberna . Ella no sabía casi nada de él. "En el 69 yo tenía 48, pero trabajaba de 30. Tú ves que ahora tengo 86 y trabajo de 60. Yo nunca representé la edad que tenía, y mis amores siempre fueron 10, 15 ó 20 años menores", explica.



"Llegué de jurado a la Casa de las Américas por segunda vez. Nunca había oído hablar de Roque, salvo en la revista de la Casa de las Américas. Me lo imaginaba, por el nombre, alto y fornido, pero era delgado y más bien bajo. Roque se parecía mucho a Al Pacino, aunque no tan atractivo, claro. Yo sabía que Roque escribía, pero no en qué género. Él, en cambio, sí sabía de mí, conocía algunas de mis obras."



"Hicimos un paseo todos los invitados, y en ese paseo lo conocí. Yo iba con Alejo Carpentier conversando, no me di cuenta de nada. Ya en la tarde, llegamos a una casa preciosa, y de pronto noté que Roque me miraba. Cuando salí al pasillo lo vi, y él me estaba mirando con unos ojos muy brillantes. Tenía un poder mental enorme, y me hipnotizó."



"Me sacó a bailar un tango que cantaba Pablo Milanés. Y cuando nos vinimos, ya era tarde, subió a la micro. Se sentó a mi lado y me dijo, "qué le parece, maestra, si nos vemos más seguido?". Eso bastó. No hubo más explicaciones, ni negociaciones, ni promesas, ni miedos, ni batallas de orgullo. Sólo una cena compartida en el hotel, calles que llegaban al mar, y un sol alumbrando la pasión de esa "hermandad amorosa", como la denomina la escritora. "En ningún momento ninguno de los dos pensamos que íbamos a pedir cuentas. No. Lo de nosotros era absolutamente libre, como un lazo mágico. Había algo que me atraía en él como persona, y que naturalmente tenía una respuesta física, pero era el complemento de la atracción anímica", recuerda.



Capítulo 2: Santiago y la hermandad indestructible



"Me estaba usted doliendo por todo el cuerpo. Sólo cuando nuestra relación se convirtió en esta hermandad indestructible (. . .) terminaron los sobresaltos y el mundo recuperó su ritmo."



Hasta marzo de 1969 se quedó Isidora Aguirre en La Habana, buscando caracoles en las playas, hablando de la revolución, leyendo poesía con un Dalton de 34 años, que por ese entonces descollaba entre los compañeros de generación con el filo de su poesía, irónica y descarnada. Luego voló de regreso a Chile.



Casi cuatro años después, en diciembre de 1972, el poeta vino a visitarla. Se quedó cerca de un mes, siempre en casa de Isidora. Durante esa época salieron, fueron a bailar, y retomaron esa amistad amorosa que había surgido en La Habana. "Era una relación de independencia total. Él estaba fascinado de tener esta relación conmigo y yo fascinada de tener esta relación con él. En absoluto era una cosa de que nos íbamos a casar, o que nos íbamos a volver a ver. Si nos veíamos de nuevo, qué bueno", dice. "Sencillamente me hipnotizó. Él me miraba fijo y yo sabía que a todo lo que me propusiera yo iba a decir sí". El pacto implícito era no exigir, dejar fluir. Y dar paso a la risa, que era una de las características más marcadas de Dalton. "Tenía un sentido del humor muy fino. Uno lo pasaba muy bien con Roque, siempre se estaba riendo", asegura.



Ese enero de 1973 él se fue de la casa de Isidora después de regalarle un libro de poemas con la amorosa consigna revolucionaria "hasta siempre". Como un vaticinio de la despedida final. Como un anticipo de nostalgia. Luego la llamaría desde Cuba para darle las gracias por la hospitalidad. Eso fue todo. Dos años después era asesinado por el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) en El Salvador, acusado de ser agente infiltrado de la CIA. Fue dopado y muerto de un balazo. Años después, Joaquín Villalobos, líder del movimiento guerrillero (actualmente radicado en Gran Bretaña) que después fue una de las vertientes que confluyó en el FMLN, reconocería que la muerte del poeta fue uno de los más graves errores de su vida. Isidora no volvió a hablar con Roque.



Capítulo 3: Dalton, el muerto indócil



"Pero, si no hacía tanto que estaba usted sentado en un escaño de mi cocina, ante una taza de té y un pan tostado, leyéndome sus últimos escritos (. . .) Pasa que no debió ausentarse, dando un paso fuera de este mundo, pasa que me duele pensar que no volveremos a estar juntos. Pasa, que pudimos vernos una vez más, una vez más..."



El impacto de su muerte fue mayúsculo. El poeta Enrique Lihn se lo contó, cuando todavía no se confirmaba la noticia. Ella estaba en un estudio de televisión, y preguntó a una bailarina salvadoreña si era verdad. Ella se lo confirmó, haciendo un alto en el bamboleo de sus caderas, sin darle mayor importancia. El duelo fue extenso, hasta vencer la muerte. Hasta traerlo de vuelta a su casa, hasta encontrarlo otra vez en las playas de La Habana.



Desde sus 86 años (que en realidad son apenas 60 para ella), Isidora Aguirre no tiene cuentas pendientes con el pasado. Sólo la alegría de lo que vivió, a corazón abierto, con su poeta salvadoreño. Él le ha seguido haciendo regalos después de su muerte. Como la emoción de ver en la pantalla a Al Pacino, que se le parece. Como las visitas nocturnas que a veces le hace. Como la primera computadora que se compró gracias a él, porque cuando terminó de escribir Carta a Roque Dalton , la editorial, desde España, quedó encantada, y le mandó cuatro mil dólares. Con ese dinero ella compró un PC. Un PC en el que hoy guarda una foto de ellos dos juntos del día en que él obtuvo el Premio de Casa de las Amnéricas en 1969.



"Siento como si él siguiera vivo y estuviéramos separados temporalmente. Al final de la novela yo lo hago entrar a mi pieza , porque eso pasó, yo sentí que él vino a verme", confiesa.



"Siempre lo recuerdo caminando por esas calles que bajan al mar, cerca del malecón, en La Habana, por donde anduvimos. Íbamos todo el tiempo juntos, y siempre digo 'ahora usted andará caminando sin mí por esas calles '.



"Tengo una manera muy especial de recordar. Yo revivo lo que pasó. Roque se me presenta cada vez que aparece en la pantalla Al Pacino, por ejemplo. Y me emociona, porque es muy parecido. Veo a Roque, no veo a Al Pacino. Y no tengo un recuerdo triste de él. Siento una riqueza por haber estado tan cerca, haberlo conocido, haberlo amado y haber sido su amor. Es una riqueza de la que no tengo ni nostalgia, siquiera, sino que es algo positivo. Tengo una cierta facilidad para traer al presente los recuerdos. Los incorporo. Roque está incorporado a mi presente."





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