miércoles, 20 de junio de 2018 Actualizado a las 00:54

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Crecimiento económico en tiempos de cambio climático

por 20 mayo, 2018

Crecimiento económico en tiempos de cambio climático
Quién se hubiera imaginado que en Mayo de 2018, en un estudio a 4.375 ciudades de 108 países para evaluar los niveles de contaminación del mundo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) revelaría que seis ciudades chilenas se encuentran dentro del Top 20 de las ciudades con mayor contaminación del aire en América. Muchos menos nos hubiéramos imaginado que Coyhaique sería la ciudad más contaminada de América. ¿Cuánto hay en Coyhaique? Los registros indican un promedio anual de 64mg/m3. Así de mal estamos haciendo las cosas.

Conseguir un crecimiento económico sostenible en estos tiempos de cambio climático es un tremendo reto para Chile. No se puede pretender en 2018 que vayamos a conseguir mejorar nuestra economía con el mismo modelo y las mismas herramientas aplicadas en la segunda mitad del siglo pasado. Tampoco podemos seguir ignorando que están ocurriendo en estos momentos enormes y rápidas presiones sobre nuestro clima que nos lleva a un inevitable calentamiento global, con alto riesgo a enfrentarnos a cambios no anticipados, imprevisibles, algunos de los cuales serán de gran envergadura e irreversibles. De aquí en adelante, para alcanzar metas de crecimiento sostenibles habrá que incorporar, por una parte, las variables del cambio climático y, por otra, incorporar los elementos de la economía verde, economía digital, transición energética, inteligencia artificial, genómica y robótica. En otras palabras, una ruta muy compleja y llena de desafíos que hasta ahora nunca habíamos enfrentado.

El sistema económico lineal que se viene aplicando desde los 70s en nuestro país (extracción, fabricación, utilización y eliminación) ya no da para más, alcanzó su límite. Hoy la prioridad es fomentar un sistema económico más verde, más circular, con mínimas emisiones, menos residuos y más reciclaje. Mientras no avancemos por esta vía vamos a quedar estancados. Adiós sueño de llegar a ser país desarrollado en un futuro cercano. La economía verde constituye hoy parte importante de los programas nacionales de mitigación y adaptación al cambio climático. Son las dos caras de la misma moneda con la cual se transa el desarrollo sostenible. De igual forma, tenemos que aprender más sobre los nuevos estilos de consumo, los modelos de negocio innovadores, los procesos de adaptación para convivir en una sociedad formada por humanos y máquinas, y la creciente personalización de servicios y productos.

En lo inmediato, tenemos que dar los primeros pasos hacia una economía descarbonizada y desmaterializada con acciones concretas y medibles. Es decepcionante constatar cómo los gobiernos chilenos de las últimas décadas, sin importar su orientación política, en mayor o menor grado, se dejaron cautivar por la tiranía del crecimiento económico no sostenible. (Ojalá esta tendencia no se transforme en abrumadora con el gobierno actual). Este bloqueo conceptual nos hizo mucho daño aunque en lo inmediato haya servido para satisfacer cuestiones de consumo y bienestar.

Lo más preocupante es que las autoridades actuales siguen abogando por todo aquello que signifique crecimiento económico a secas. No les importa, o les importan mucho menos los costos medioambientales o sociales. ¿Exageramos? ¿No es así? Quizás, pero es lo que se entiende de sus comunicaciones. De tanto escuchar, por una parte, la repetición obsesiva de las palabras “ crecimiento económico” y, por otra, constatar en los hechos el “evidente descuido a la protección ambiental”, no se puede sino concluir que ese es el leitmotiv que los rige. Ojalá nuestra lectura esté equivocada y las autoridades lo desmientan y lo demuestren con hechos concretos, no con palabras.

Lo más preocupante es que las autoridades actuales siguen abogando por todo aquello que signifique crecimiento económico a secas. No les importa, o les importan mucho menos los costos medioambientales o sociales. ¿Exageramos? ¿No es así? Quizás, pero es lo que se entiende de sus comunicaciones. De tanto escuchar, por una parte, la repetición obsesiva de las palabras “ crecimiento económico” y, por otra, constatar en los hechos el “evidente descuido a la protección ambiental”, no se puede sino concluir que ese es el leitmotiv que los rige. Ojalá nuestra lectura esté equivocada y las autoridades lo desmientan y lo demuestren con hechos concretos, no con palabras.

No olvidemos que la preocupación por el cambio climático en Chile no es un lujo, sino una “cuestión de supervivencia”. Chile es un país naturalmente expuesto a los eventos climáticos extremos, lo que exige mayor prevención tanto para la seguridad de las vidas humanas y conservación de los ecosistemas y su biodiversidad, como para las infraestructuras, calidad y cantidad del agua disponible para el consumo humano y para las actividades agrícola-industriales. Por ejemplo, las lluvias torrenciales están aumentando en intensidad y frecuencia. Las olas de calor son más frecuentes. Los años con record de temperaturas altas extremas son más comunes, los promedios continúan elevándose y todo hace prever que continuarán aumentando en intensidad y daños. El derretimiento temprano de las nieves en la primavera y la menor acumulación de nieves está disminuyendo nuestra disponibilidad de recursos hídricos y nos está provocando una larga mega sequía.

Estas tendencias nos confirman que el Cambio Climático nos afectará por el resto del siglo XXI y más allá. No se trata de un fenómeno natural que aparezca cíclicamente. Por lo tanto, no puede haber justificación alguna para no aplicar de inmediato medidas correctivas. Es urgente que apliquemos medidas concretas de mitigación, seguidas por programas de adaptación que nos aseguren una transición energética que vaya gradualmente dejando atrás el consumo de combustibles fósiles. Esta es la única manera de combatir los efectos del cambio climático, los cuales se sabe serán los más rotundos de la historia de nuestra civilización, ya que afectarán no sólo a nuestros patrones de producción y consumo sino también a nuestros estilos de vida.

Otra cuestión que está volviendo a resurgir y que requiere una cuidadosa revisión de nuestra parte se refiere a la frágil institucionalidad y legislación ambiental que se impuso al país. Ante la ausencia de una Política Nacional Ambiental que las sustente, tanto la débil legislación como la feble institucionalidad, se paralizan ante cualquier crisis, no importa lo irrelevante o importante que sea. Una muestra palpable es el intento de reinstalar el Proyecto Minero-Portuario Dominga, el cual fue rechazado por el Comité de Ministros de la Administración Bachelet. Una maniobra que sería inconcebible en una democracia digna de contar con una sólida gestión ambiental como nueva función del Estado moderno.

Muy poca gente duda hoy de la relación entre mayor concentración de dióxido de carbono en la atmósfera emitido por el hombre y la frecuencia de los eventos climáticos extremos. Crecen las protestas por el uso excesivo del coche y congestiones de tránsito cada vez más insoportables, calefacciones de carbón o con leña verde, incineradoras e industrias y mala calidad del aire en las ciudades que afecta directamente a nuestra salud. Por otra parte, vamos de sorpresa en sorpresa por los efectos nocivos de una alimentación inadecuada y excesiva obesidad; por el creciente despilfarro de unos pocos que aumenta la desigualdad con la mayoría; y, finalmente, por la creciente falta de cohesión social y el aumento de la inseguridad en la RM y regiones.

Y hablando de sorpresas, quién se hubiera imaginado que en Mayo de 2018, en un estudio a 4.375 ciudades de 108 países para evaluar los niveles de contaminación del mundo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) revelaría que seis ciudades chilenas se encuentran dentro del Top 20 de las ciudades con mayor contaminación del aire en América. Muchos menos nos hubiéramos imaginado que Coyhaique sería la ciudad más contaminada de América. El dato concreto es que la OMS recomienda una concentración máxima de 10mg/m3 de promedio anual de partículas en suspensión de menos de 2,5 micras PM 2,5 (las más dañinas para la salud por su gran capacidad de penetración en las vías respiratorias). ¿Cuánto hay en Coyhaique? Los registros indican un promedio anual de 64mg/m3. Así de mal estamos haciendo las cosas.

Por todo esto, escuchar hablar de crecimiento aquí, crecimiento allá, frente a la cruda realidad, sin consideración alguna a las nuevas condicionantes del cambio climático, hace temblar al país como en una cuerda floja. Suena casi como una broma de mal gusto. A pesar de ello, tenemos que mirar para adelante e insistir que urge definir nuestra ruta hacia el crecimiento económico sostenible en estos tiempos de cambio climático. En lo práctico, no olvidemos que el Estado chileno en el Acuerdo de Paris asumió el compromiso de disminuir las emisiones de gases con efecto invernadero para que el promedio anual de la temperatura mundial no supere los 2°C, evitándose así gran parte de los riesgos más peligrosos del cambio climático. De ello tendremos que rendir cuenta en el año 2030. ¿Seremos capaces de hacer nuestro aporte ó vamos a seguir haciendo las cosas como siempre? ¿Qué piensa usted?

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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