jueves, 18 de octubre de 2018 Actualizado a las 12:10

Perfil del periodista que rompió hegemonía de la influencia editorial de El Mercurio en la elite

El fin de la era Bofill en La Tercera

por 14 agosto, 2013

El fin de la era Bofill en La Tercera
Quería irse después de las elecciones presidenciales, pero adelantó su salida para fines de este mes. Ayer, sorpresivamente, decidió dejar el diario que dirigió por 14 años, llevándolo a ser un medio influyente y a competir mano a mano con el diario de los Edwards en el control de la agenda. La noticia trascendió anoche, a las 21 horas, por un tweet del ex diputado Jorge Schaulsohn y coincide con la crisis editorial y de contenidos de Canal 13, que ayer fue querellado por un reportaje de Contacto, revelando un problema de control y gestión de los contenidos periodísticos en la estación de Andrónico Luksic.
  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

Cristián Bofill deja la dirección de La Tercera, medio en el que trabajó 14 años, desde que tomó su dirección en 1999. Su nuevo destino es el Canal 13, del grupo Luksic. Esta mañana, flanqueado por Catalina Saieh y Guillermo Turner –quien ocupará su puesto–, Bofill se despidió de editores y subeditores en el auditorio, porque hoy desaloja su oficina en Vicuña Mackenna 1962.

Entre Álvaro Saieh, dueño de Copesa, y Cristián Bofill, las cosas hace rato no estaban bien. Según fuentes que conocen la interna de Copesa, “primero Bofill era director del diario. Después Saieh le quitó el área económica del diario, que se la dio a Álvaro Donoso –quien tiene cargos ejecutivos en el grupo– y que revisa todos los contenidos. Después le quitó el área editorial y se la dio a Marco Antonio González. Es decir, Bofill sólo era director de Política y Reportajes. Hasta de Deportes estaba fuera”, sostiene una fuente que conoce el grupo Saieh.

“La noticia de ustedes puso en evidencia esto”, dice una alta fuente que ha conocido los detalles de Copesa, refiriéndose a la nota sobre la concentración mediática de Álvaro Saieh, publicada por este medio. “Ahí se decía claramente que él dependía editorialmente de Marco Antonio González, en un medio que está siendo fuertemente cuestionado porque su línea editorial está al servicio de intereses económicos y comerciales del dueño, por lo que publica y no publica”, suma datos la misma fuente.

Un ejemplo de todo lo anterior es el famoso episodio “N de la R” y que enfrentó al medio con el entonces ministro de Economía, Pablo Longueira.  “En un hecho inédito, Bofill firmó una carta de aclaración diciendo que él no había escrito ese ataque a Longueira, algo que puso encima de la mesa que no era director”, sostiene un conocedor del hecho.

Pese a esto, no era fácil la salida desde un puesto de ese nivel a otro similar. La compleja situación del Canal 13, que enfrenta dos millonarias demandas por un reportaje de Contacto,  y otros problemas como el enfrentamiento entre una animadora y un periodista de la misma estación por twitter, prendió las alarmas de Andrónico Luksic sobre la necesidad de ejercer con un urgencia un mejor control editorial y de los contenidos periodísticos.  Se juntaron el pan y la mantequilla. Así se  abrió un puente de plata para que Bofill finalmente dejara su mítico puesto en La Tercera.

En septiembre de 2003 las periodistas Marcela Ramos y Alejandra Matus realizaron un completo perfil sobre el renunciado periodista, que se publicó en la revista Plan B. Ahí describen el estilo de Bofill, así como sus obsesiones, objetivos y limitaciones en el apogeo de su influencia editorial y política. Abordan, además, en profundidad el objetivo de Bofill de abrirse espacio y quitarle el monopolio de la influencia a El Mercurio. A continuación se reproduce completo el perfil, incluidos dos recuadros que puede leer a la izquierda de su pantalla:

CRISTIÁN BOFILL: EL CUARTO PODER

Ahí está Cristián Bofill, en medio de la reunión de pauta, contando una historia. No es su mejor lado, el director de La Tercera es un hombre tímido que le hace el quite a los eventos sociales justamente porque le cuesta relacionarse con demasiadas personas al mismo tiempo. Pero ahí está, rodeado de un grupo de jóvenes editores con hambre de gol, con esa hambre de éxito que solo se tiene a los 30 años y que lo imitan concentrados. Bofill habla rápido, tiene los codos apoyados sobre la mesa y, a medida que la historia avanza, gesticula, mueve los brazos y las manos, ahora con los codos pegados a la cintura, como una señora regordeta que alega en la feria. Cuando está por llegar al desenlace, y como para prepararlos para el final divertido que se aproxima, dice eeeeeee y luego lanza un chiste, que la mayoría de las veces más que divertido es repetido. Pero todos se ríen. El mismo lo comprueba, recorriendo las caras una a una con su mirada. Luego enfoca al suelo, se pone serio, acomoda sus anteojos y sigue con la reunión.

La cita es en el “salón oval” (también conocida al interior del diario como pecera). Así llaman los periodistas de La Tercera a la sala de reuniones. Por su forma, pero sobre todo porque está ubicada a pasos de la oficina de Bofill, en el epicentro del poder de un diario cuyos dueños, desde comienzos de los 90, arrastran una sola gran ambición: conquistar al público ABC1, subirse el pelo, ser el medio de los poderosos, los influyentes y los arribistas. Con esa meta llegó Bofill en 1999, igual que el periodista Fernando Paulsen tres años antes que él. Pero Bofill lo ha conseguido. Hace meses logró que el directorio presidido por Álvaro Saieh aprobara nuevamente un aumento de presupuesto para debutar con una renovada Tercera: más grande, con más opinión y una diagramación seria y conservadora.

Hay reglas no escritas para quienes entran por primera vez al “salón oval”, son normas impuestas por el propio Bofill: no se puede leer el diario, hablar por celular ni hacer crucigramas. Como la oficina es transparente, el resto de los reporteros del diario sabe todo lo que ocurre allí con solo mirar las caras de los editores. Además Bofill tiene ritos. Si va a echar a un editor, por ejemplo, lo anuncia en la primera reunión de la mañana. Cuando eso ocurre él mismo se encarga de citar a todos los editores. Entonces sospechan: “ah, aquí va a decir algo”. Y están todos, todos menos la víctima. “tengo que hacer un anuncio. No es fácil para mí hacer esto. Pero González no trabaja más con nosotros, no nos va a acompañar mas”, dice. Hay veces en que el tal González está afuera de la sala, haciendo de testigo mudo de su sentencia, y luego de que Bofill anuncia su triste partida, lo invita a entrar, con un movimiento casi imperceptible. Luego enfoca al suelo, se pone serio, acomoda sus anteojos y sigue con la reunión.

Un largo pasillo atraviesa la sala de redacción. Los periodistas están sentados en pequeños cubículos separados por paneles que les impiden mirarse la cara. Al fondo cuatro relojes dan las horas de cuatro ciudades distintas: Santiago, Tokio, Paris y nueva York. “Él quería una redacción de un piso, grande, como la del Washington Post,” recuerda un reportero. El periodismo norteamericano es el gran modelo de Cristián Bofill, ávido lector de revistas como el New Yorker y Vanity Fair, seguidor de Ernest Hemingway y, más en privado, admirador de Jorge Luis Borges.

Al poco de asumir la dirección de La Tercera en la concertación se encendieron las alarmas. Muchos veían en Bofill la imagen del temido Pedro J. Ramírez, el polémico director del diario español El Mundo que hizo trizas la imagen de un líder que parecía imbatible: el ex jefe de gobierno, Felipe González. Tenían argumentos para pensar lo peor.  En la época que dirigía Qué Pasa, Bofill siguió en detalle la historia de “Pedro Jota” y la serie de reportajes sobre la guerra sucia de los GAL que terminaron con los 13 años de gobierno del PSOE.

Pero Bofill no tiene la personalidad avasalladora y exhibicionista de Pedro Jota, quien en la cúspide de su influencia se tomaba retratos con los pies sobre el escritorio, luciendo gustoso un par de coléricos calcetines. A sus 42 años, Bofill es un hombre gris que viste tonos pastel y tiene cara de niño mateo. Camina mirando al suelo y con un hombro más arriba, como si sujetara un teléfono. Habla rápido y quizás influido por los casi 20 años que vivió en Brasil, tiene una característica peculiar: no puede pronunciar ni la “s” ni la “z”. La transforma en “rs”, y con un inesperado silbido final. Cuando está contento, entusiasmado por un golpe periodístico o un buen tema de portada, se frota las manos y les dice a sus periodistas: “tenemos samba”. O, más bien, “tenemos rsamaba”.

Bofill no es Pedro Jota, pero ha logrado t5ransformar a La Tercera en un medio influyente y temido. Para eso se preparó concienzudamente. Leyó una y otra vez “La Guerra de Galio”, la novela de Héctor Aguilar Carmín que entrega un retrato crudo de la forma como el PRI dominó por décadas la política mexicana. Y mientras dirigía Qué Pasa, se reunió en más de una oportunidad con el español Víctor Pey, amigo de Salvador Allende y socio del mítico Darío Saint-Marie, Volpone: el hombre que al mando del diario Clarín torturó y dominó a la elite chilena durante los 50’ y 60’.

Ya sentado en la dirección de La Tercera, Cristián Bofill no solo logró quitarle lectores y avisadores a El Mercurio –el gran desafío de todo medio en Chile– sino que transformó al diario en un escudo de protección para su príncipe propietario: el empresario Álvaro Saieh.

Quienes conocen a Saieh cuentan que uno de los episodios que más lo marcó en los últimos años fue la violenta caída de José Yuraszeck tras el caso Chispas. Con Yuraszeck, un empresario de origen humilde que llegó a ser proclamado el zar de la electricidad en Chile, la elite no tuvo compasión a la hora de pasarle la cuenta. Saieh no quería para sí lo mismo. Ha luchado tanto por sus negocios como por ser aceptado, pese a su origen árabe, como un igual entre los grupos de poder. Y encontró en Bofill a su Maquiavelo, el fiel consejero que consiguió protegerlo al hacer de La Tercera una herramienta de poder.

Así lo reconoce un hombre de la Concertación que se encontró con Bofill muchas veces en La Moneda: “Detrás de su estilo atrevido y punzante no solo hay un joven periodista audaz, sino un grupo empresarial que identifica en este medio un elemento más por su disputa en el mercado. Entonces también se le respeta porque tiene un imperio económico detrás”, afirma.

LOS INTOCABLES

En la Tercera Bofill puede hacer todo lo que quiera, salvo una cosa: cuestionar el modelo económico y a sus principales actores, los empresarios. “Tiene carta blanca para referirse a cualquier político de gobierno e incluso puede tocar a los de derecha, si tiene buenas razones. Pero lo que tiene prohibido, y él lo sabe, es afectar los intereses económicos de los propietarios. El no puede decir nada de los Edwards, los Luksic o los Matte”, asegura una alta fuente de Copesa.

En un seminario sobre el rol de la prensa, un periodista le preguntó a Bofill sobre este tema. “¿Por qué no le das a las empresas?”, le dijo. La respuesta del director de La Tercera sacó risas cómplices: “porque la vida es dura”, dijo.

Esa es una clave del estilo Bofill: duro con los políticos y la corrupción del gobierno, duro con la delincuencia común y los desórdenes estudiantiles. Implacable en los casos Coimas, Sobresueldos, GATE. En el peak de los escándalos de corrupción que azotaron al Ministerio de Obras Públicas, un periodista recuerda a Bofill en la puerta de su oficina llamando a gritos a los periodistas de Política y reportajes. “A reunión”, los citaba. Pero cuando se trata de los hombres de empresa, La Tercera nos entrega sobretodo notas curiosas, interesantes, divertidas, como que el mayor de los Luksic celebrará su cumpleaños número 50 en la cima del Everest.

Bofill, cuentan algunos de sus amigos, siempre ha soñado con derrocar a un presidente, como hizo el Washington Post con Nixon. “Le encantaría tener su Watergate y botar a Lagos”, revelan.

En los días más intensos del caso GATE, cuando un tercio de La Tercera se dedicaba al tema y los antecedentes apuntaban a demostrar la relación del Presidente Lagos con el uso indebido de los dineros fiscales, Bofill recibió el siguiente recado de los dueños de Copesa: “Ojo: una cosa es sacarle la chucha al gobierno y otra es desestabilizarlo”.

El mensaje fue obedecido. Otra característica de Cristián Bofill es su pragmatismo. “A Bofill le causa placer hacer caer a un político. Si fuera por él le tiraría a todo el mundo, pero es un hombre práctico y no tiene nada de suicida. El quiere servir bien a sus dueños”, cuenta un ex ejecutivo de Copesa.

EL ESTILO BOFILL

Los periodistas que trabajan para Cristián Bofill salen a la calle a buscar historias con tres ingredientes: personaje, conflicto y poder. “Los análisis los hacen los analistas. La noticia la hacen los personajes, no los hechos”, son algunas de las máximas que este hombre suele repetir a sus colaboradores.

Los reporteros de Política, Economía y Reportajes son los que concentran su atención. De allí salen las grandes historias y los títulos, esos inolvidables títulos que anuncian “el peor momento de…”, “las claves de…” o “la historia oculta de…”. Del resto de las secciones –Crónica, Espectáculos, Deporte- se preocupa su segundo abordo: el subdirector de La Tercera, Claudio Gaete.

Pero veamos a Cristián Bofill en acción, interesado en la presa que cazó, por ejemplo, un periodista al que llamaremos Aníbal Romero. Bofill lo invita a su oficina y lo recibe con un halago inesperado: “cómo está el gran Romero”. Luego va directo al punto: ¿qué datos tenís? El periodista duda. Ha estado toda la semana encima del tema y siente que aún faltan piezas que le den sentido a la historia. Pero Bofill quiere ese reportaje para titular el domingo. El diario de ese día es el que más le preocupa –sueña con sacar un ejemplar que pese varios kilos, como El País de España o Clarín de Buenos Aíres- pues mide fuerzas con El Mercurio y dicta la pauta de la semana, “Qué datos tenís?”, insiste Bofill y se lleva la mano al mentón, señal inequívoca de que llegó la hora de hablar. La oficina de Bofill es blanca, no hay cuadros ni nada que ayude a distraer la atención de los ojos del director, que miran fijo y luego al suelo. Cuando está nervioso, Bofill cambia de posición. Cruza las piernas, apoya los codos en el escritorio.

“Eeeh, bueno tengo que la persona llamó, que hubo una reunión, pero no me quieren confirmar de qué…”, relata el periodista. “Entonces están preocupados”, lo interrumpe Bofill y se arma rápidamente el cuadro. “Dame el número” pide y se comunica con el personaje central de la historia. Con voz amable le cuenta lo que le ha dicho el periodista, luego añade nuevos datos, que no tiene pero sospecha. Entonces vendrá el golpe maestro: Bofill asegura que están decididos a publicar. A cambio de eso, tiene algo que ofrecerle: la posibilidad de una entrevista, “le puede convenir, nosotros igual vamos a publicar”. A la vuelta de unos minutos, el periodista está asombrado: “Bofill consiguió lo que quería. Sin tener muchas cartas, ganó la partida”, resume.

Con un olfato político envidiable, Cristián Bofill formula tesis y se las arregla para probarlas. Si los datos no sirven de prueba, bueno, peor para los datos. En esos casos se aplica otra de sus máximas: “no dejes que la verdad te arruine una buena historia”. Hay temas que a lo largo de su carrera se han transformado en verdaderas obsesiones personales: Cuba, el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, Marcelo Schilling y “La Oficina” y, ahora último, el papel del general Luis Emilio Cheyre en la comandancia en jefe del Ejército.

Al olfato hay que agregarle los inolvidables títulos. ¿Quién no ha comprado La Tercera alguna vez desesperado por leer la gran historia que propone en portada? ¿Quién no ha sufrido la enorme desilusión posterior?, tras enfrentarse a textos como el siguiente, un clásico entre los clásicos del estilo Bofill: “El Presidente Ricardo Lagos evitó conversar con la prensa (…) El ministro Insulza no contestó a las consultas que se plantearon sobre la materia. En esta misma línea, el vocero de Palacio, Francisco Vidal, afirmó que La Moneda no comentaría públicamente el tema (…) Pese a este hermetismo, altas fuentes de Palacio dijeron que la revelación de estos nuevos antecedentes fueron analizados –“aunque no en profundidad”- durante el comité político realizado la noche del domingo en la residencia particular del mandatario”.

O sea, no pasó nada, pero igual algo pasó.

Cuando el tema lo entusiasma, el propio Bofill toma el teléfono o pide un auto del diario para salir a reportear. Un ex asesor del Ministerio del Interior recuerda haberlo visto muchas veces en La Moneda en la noche.

“Llegaba pasadas las ocho de la noche y entraba por la puerta de Moneda. A la guardia se le avisaba antes: ‘va a venir el director de La Tercera’ les decíamos para que no lo pararan”.

La relación de Bofill con el ministro del Interior José Miguel Insulza, es de sobresaltos. Hay semanas en que Insulza lo invita a tomar desayuno a su casa, hay otras que ni siquiera contesta el teléfono. Otra fuente de Bofill en La Moneda, revela este asesor, es el vocero de Gobierno: el PPD, Francisco Vidal. Cada tanto también conversa con los asesores el segundo piso, fundamentalmente con el más influyente de todos, el hermético Ernesto Ottone. Este tiene una marca que pocos pueden igualar en la Concertación: es uno de los pocos hombres que La Tercera jamás ha tocado.

“Uno siempre está en pie de guerra con La Tercera, pues las relaciones son de terror. En el fondo tienes la sensación de que Bofill no te anda fiscalizando, sino que te va a derrocar, va a hacer que te echen del ministerio”, reconoce una alta fuente gubernamental. Y  hace la siguiente analogía: mientras El Mercurio es un boxeador, La Tercera hace las veces de karateca del periodismo. “Cuando suena la campana, El Mercurio deja de pegarte, porque terminó el round. El karateca, en cambio, sigue, dale que dale”.

En el mundo concertacionista, Cristián Bofill goza de excelentes contactos. Con el ex ministro PS Enrique Correa hablan seguido por teléfono, lo mismo que con el senador Carlos Ominami y el abogado PPD, Jorge Schaulsohn: dos hombres que también son cercanos a Álvaro Saieh. Más a la derecha, se lo vincula con los abogados Luis Hermosilla –uno de los panelistas más temidos de la plaza– y Darío Calderón, reconocido por sus buenas relaciones con los poderes fácticos.

En los tiempos que dirigía Qué Pasa, se afirmaba que Bofill tenía contactos con personal de inteligencia del Ejército y agentes “ad honorem”, como el ex comisario de investigaciones, Jorge Barraza. En la misma línea se lo vinculó con otros hombres de dudosa reputación, como el informante Lenin Guardia, quien actualmente se encuentra preso por el caso de las “cartas-bomba”.

Sobre sus amigos, poco se sabe. Una periodista que trabajó con él por años menciona apenas dos personas: Bernardita del Solar, periodista y ex brazo derecho de Bofill en Qué Pasa y Jorge Mitarakis, asesor de Sebastián Piñera en los gloriosos tiempos de la Patrulla Juvenil de Renovación Nacional. La misma fuente cuenta que periódicamente Bofill almuerza con el embajador de Brasil en Chile, Gelson Fonseca Junior, y los fines de semana, suele ir con su familia al Country Club. Con su esposa, la brasileña Paula Rondanelli, hablan en portugués y, para las vacaciones, Bofill, Rondanelli y sus tres pequeños hijos parten a “Las Tacas”.

EL GRAN GOLPE DE BOFILL

El secreto mejor guardado de Cristián Bofill está en sus años de universidad, en Sao Paulo, Brasil.

Llegó a ese país a los 13 años, junto a sus seis hermanos y sus padres, Matilde Rodríguez y Guillermo Bofill de Caso. Este último es hermano de Gonzalo Bofill, un influyente empresario viñamarino, dueño de un porcentaje del Sporting Club y de Carozzi. Pero según fuentes cercanas a la familia, desde hace tiempo están distanciados, “pues Gonzalo es por lejos el más exitoso de la familia y tiene una personalidad demasiado dominante con sus hermanos”.

En 1981, Bofill ingresó a la Facultad de Comunicación Social Cáspero Líbero, la más antigua escuela de Periodismo de América Latina. Y uno de sus primeros trabajos fue como  asesor de prensa del Sindicato de los Metalúrgicos del estado de Sao Paulo, que por entonces presidía Joaquim Dos Santos Andrade. De esta relación laboral, que Bofill mantuvo por al menos dos años, han surgido las versiones que lo vinculan al Partido Comunista, pues Dos Santos, su jefe, era militante del PC brasileño, de línea pro soviética. No obstante, fuentes de esa colectividad y de la dirección local del Frente Patriótico Manuel Rodríguez aseguran que si bien Bofill era un simpatizante de izquierda” en esos años, nunca militó formalmente en esa en esa colectividad.

“Recuerdo una ocasión, creo que fue en 1983, en que fuimos invitados a ver la película Missing. Hay una parte en que el actor principal, Jack Lemmon, dice algo así como: ‘Si esto hubiera ocurrido en Estados Unidos, los culpables estarían presos’. Cristián se indignó tanto que al terminar el filme sobre la dictadura chilena arengó a sus compañeros de curso gritando: ‘¡Qué democracia nos quieren enseñar estos gringos, si ellos han sido los mayores violadores de derechos humanos en América Latina!’”, cuenta un amigo de la universidad de esos años.

Para sus amigos, Bofill era claramente un hombre “antidictaduras, antipinochet”, aunque evitaba dejarse ver en actos de solidaridad o protestas frente al consulado chileno.

A pesar de esa clara inclinación hacia la izquierda, al terminar sus estudios Bofill fue contactado por el profesor Carlos Alberto di Franco, para ofrecerle una beca en la Universidad de Navarra, conocida por sus estrechos vínculos con el Opus Dei. Bofill aceptó y estuvo un año especializándose en un programa para estudiantes de América Latina que ofrecía la universidad. Allí conoció a otro periodista que hasta hoy es su amigo: Mauricio Gallardo, editor general de Las Últimas Noticias.

“En Navarra le vino una duda existencial. Había desarmado su mundo y lo estaba rearmando. Entonces conoció a Mauricio y se apoyó mucho en él”, recuerda un cercano de ambos.

De regreso en Brasil, consiguió un trabajo en la agencia de noticias UPI. En paralelo, fue contratado por horas en la sección internacional del diario O’ Estado de Sao Paulo, que por formato y contenido se puede comparar con El Mercurio. Así, durante el día, Bofill escribía para la UPI y después de las 6 de la tarde, trabajaba en el diario.

Desde entonces demostró su fuerte instinto competitivo y no soportaba que otros colegas lo “golpearan”, en particular cuando se trataba de Chile. Hacía 1986, cuentan quienes lo conocieron en esa etapa, Bofill mascullaba su ira contra el FPMR porque prefería filtrar las informaciones concernientes a las actividades de ese grupo al diario liberal Folha de Sao Paulo antes que a él. “De hecho”, revelan las fuentes, “en septiembre de 1986, el Frente confirmó la autoría del atentado a Pinochet, autocrítica incluida, a través del periodista brasileño Clovis Rossi y rechazó la idea de comunicárselo primero al chileno Bofill”.

Diez meses más tarde, sin embargo, el FPMR se había dividido en dos y la fracción autónoma, partidaria de continuar con las acciones armadas en contra del régimen militar secuestró en Chile al coronel Carlos Carreño.

El gran hito en la vida de este periodista fue haber sido el primero en informar sobre la aparición en vivo, en Brasil, de ese coronel. Desde entonces se crea en torno a su figura el mito de un hombre con muchas fuentes y conexiones.

Bofill se había especializado en reportajes sobre los movimientos de resistencia armados en Chile y el resto de Latinoamérica. Por ejemplo, con la ayuda de los contactos que había hecho en la izquierda, viajó a El Salvador para hacer un reportaje sobre la guerrilla que estaba a punto de tomar la capital. Eran los años en que este periodista visitaba con frecuencia un restaurante ecológico, con aires postmodernistas.

“Eso fue muy gracioso”, cuenta un testigo de las desventuras de Bofill en Centroamérica. “Los guerrilleros le ofrecieron, como gran cosa, porque en medio de la sierra era difícil para ellos conseguir y alimentar gallinas, unos huevos, en señal de amistad y agradecimiento. Bofill los rechazó, diciendo que él no los comía y los guerrilleros lo expulsaron de su territorio”.

Resguardados en el anonimato, fuentes ligadas al FPMR-A confidencian que Bofill no fue escogido para informar sobre el secuestro del coronel Carreño. “El simplemente estuvo en el lugar correcto, a la hora correcta”, afirman.

De acuerdo a esta versión, cuando el FPMR-A decidió que iba a entregar a Carreño con vida, contactaron en México al destacado periodista brasileño Newton Carlos y le pidieron consejos sobre la mejor forma de entregar esta información a los medios. Carlos les dijo que lo mejor sería que lo dejaran a las puertas de un medio de derecha. Y así se escogió al O’Estado. “Como Bofill era chileno y trabajaba en la sección internacional, fue bendecido para dar la noticia”, aseguran las fuentes.

Con posterioridad, el diario le pidió que entrevistara a los jerarcas del FPMR-A para que explicaran quién, cómo y por qué había secuestrado al coronel. Nuevamente, Bofill acudió a los voceros que conocía en Sao Paulo para que le hicieran un contacto en Buenos Aires. “Pero en medio de la división, el atentado y el secuestro, fue imposible que lo ayudáramos. Incluso tratamos de persuadirlo de que desistiera de sus intentos de viajar, pero él insistió”.

De acuerdo con esta versión, Bofill gastó unos cinco mil dólares intentando contactar a algún líder del FPMR en Buenos Aires y regresó con las manos vacías. “Lo que yo sé  es que por este incidente el diario le pidió que se fuera”, asegura una fuente consultada.

No obstante, otras lo desmienten y afirman que Bofill, tras el golpe por el caso Carreño, “iba para arriba” y se fue por voluntad propia a trabajar como subeditor de la prestigiosa revista Véja.

No mucho después recibió la oferta de trabajar junto a Roberto Pulido en la edición general de la revista Qué Pasa en Chile. Sin falsa modestia, antes de despedirse de sus amigos en Brasil, les dijo: “Hoy en día, yo soy el periodista más famoso de Chile”.

CABALLO CANSADO

Hay una historia que les encanta contar en Qué Pasa y que seguro Cristián Bofill también saborea, como una buena metáfora de su imagen de periodista impecable. El día que asumió como editor general de la revista, el 16 de agosto de 1990, nevó en Santiago, un hecho que no ocurría hacía 19 años. Luego de la nieve, vino un temblor.

Muchos años después, cuando Bofill asumió la dirección de La Tercera, no pasó nada extraordinario en la capital. Pero en el edificio de Vicuña Mackenna se derrumbaron egos, paredes, e incluso cayeron sillas por las escaleras. El arribo de Bofill era el símbolo de un triunfo personal sobre su histórico rival: el periodista Fernando Paulsen, quien tres años antes había asumido la dirección del diario con el mismo objetivo que Bofill: subirle el pelo, hacerlo más influyente y atractivo para los ABC1.

“Bofill se sentía listo para asumir ese cargo y compitió secretamente por conseguirlo. Para él fue un duro golpe ver llegar a Paulsen, una estrella de la televisión en aquellos años. Sin embargo, mantuvo la calma. El estaba seguro de que tarde o temprano Paulsen caería”, recuerda un ejecutivo de Copesa.

Dos traspiés provocaron la abrupta salida de Fernando Paulsen: el fracaso del diario La Hora en sus intentos por competir con La Segunda y el duro enfrentamiento con el directorio por la publicación de un “off the record” de Pinochet, que el general, todavía poderoso y lejos de Londres, desmintió.

Los brazos derechos de Paulsen eran Alberto Luengo, editor general, y Luis Álvarez, jefe de informaciones. Todos ellos encabezaron un proceso de renovación de planta periodística y un cambio de diseño del diario. Pero al poco llegar de Bofill barrió con todo lo que oliera a Paulsen. Mandó a demoler las oficinas de Luengo y Álvarez para construir la suya. Eliminó el timbre que Paulsen había instalado para llamar a los editores a la reunión de pauta. Por último, puso una condición irrenunciable ante el directorio: él no se preocuparía de La Hora, un invento que desde un comienzo consideró fracasado.

A muchos de los editores que Paulsen había nombrado, Bofill los echó. Eran hombres y mujeres que en su mayoría superaban los 40 años. “Caballos cansados”, los llamó Bofill en privado.

Entonces irrumpió la sabía nueva en La Tercera, decenas de periodistas impetuosos a los que Bofill logra transmitir su entusiasmo caiga casi quien caiga, entre otras cosas porque trasnocha junto a ellos si hay una buena nota que lo justifique.

“Es como un animal del periodismo, llega temprano, se va tarde y si sale a almorzar afuera es por trabajo”, dice uno de ellos. “Tiene la inteligencia para hacer que los periodistas que trabajan con él se la crean y se sientan entusiasmados”, revela otra profesional.

Muchos de ellos se sienten agradecidos, pues en pocos meses han logrado ascender de reporteros a editores y en el salón oval sus ideas se escuchan con atención. Pero la caída puede ser tan brusca como el ascenso. A Bofill le gusta el ímpetu, pero no que lo contradigan o le discutan sus ideas con demasiada fuerza.

Y es que el director de La Tercera es un hombre de reacciones inesperadas, sorprendentes. Como lo ocurrido horas antes de que este periódico saliera a las calles. Bofill se enteró de que estábamos escribiendo sobre él y tomó el teléfono, presuroso, para saber de qué se trataba el artículo o con quiénes habíamos hablado. Al respecto podemos decir solo una cosa: las declaraciones “provienen de fuentes bien informadas”. Ah, y que hay algo innegable en toda esta historia: hoy en día, no se mueve una hoja en Chile sin que Cristián Bofill lo sepa.

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV