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Cónclaves y consensos

por 16 abril 2010

Cónclaves y consensos
La publicación perseguía tres objetivos políticos concretos: elevar a Carlos Ominami como la figura que lidera las fuerzas de centro-izquierda, cosa que nadie consiguió en la segunda vuelta presidencial; debilitar el llamado “Cónclave concertacionista”; y, finalmente, aportar argumentos a los sectores más conservadores de la DC para entrar al gobierno de Piñera.

El sábado 10 de abril El Mercurio publicó una nota llamada “Ex Comandos de Frei, MEO y Arrate se unen para impulsar manifiesto de rearme de oposición” en la que se afirma mi adhesión a un documento llamado “Nuevo Consenso Progresista”.

Es lamentable lo ocurrido pues pone en evidencia dos elementos preocupantes del momento en el que nos encontramos. Primero, la nota de marras falta a la verdad al informar mi adhesión al documento mencionado. Cuando se me invitó a discutirlo manifesté reparos profundos de forma y fondo. Es tal “la desviación” de la nota respecto a la realidad que en el encuentro hubo varias personas que cuestionamos el término “progresista” y consideramos insuficiente el documento como base para el diálogo posterior. Pero, como era de esperarse, nada de eso sale en la nota publicada en El Mercurio. La nota, asimismo, incurre en otra falta a la verdad cuando afirma que asistí en condición de representante del Juntos Podemos y de la candidatura de Jorge Arrate. ¿Cómo les explico a los autores que si hubieran hecho su trabajo de investigación correctamente habrían descubierto que no pertenezco a la coalición del Juntos Podemos y que tampoco podía haber asistido representando a Jorge Arrate porque las campañas presidenciales concluyeron hace algunos meses?

Segundo, la publicación perseguía tres objetivos políticos concretos: elevar a Carlos Ominami como la figura que lidera las fuerzas de centro-izquierda, cosa que nadie consiguió en la segunda vuelta presidencial; debilitar el llamado “Cónclave concertacionista”; y, finalmente, aportar argumentos a los sectores más conservadores de la DC para entrar al gobierno de Piñera.

La derrota de la Concertación se explica por su adopción del modelo de la dictadura, su temprana renuncia a cualquier intento serio de transformación y su cooptación por los grupos económicos de este país.

La nebulosa historia de El Mercurio es ampliamente conocida. De ahí que no me sorprendiera cuando rehusó a concederme mi derecho a réplica aduciendo que no es su “política” hacer desmentidos. Eso sólo evidencia su verdadera vocación. No persigue la descripción de la realidad, lo que busca es construirla y moldearla a sus intereses y los de quienes representa.

Este no es un hecho aislado, ni menos una conducta personalizada.

La reacción de la Concertación ante su derrota electoral fue pergeñar una reunión entre los mismos que propiciaron su derrumbe y evadir cualquier diálogo posible sobre temas sustanciales. ¿Para qué iniciar una caza de brujas buscando responsables, si saben que con eso nadie sobrevive?

La derrota de la Concertación se explica por su adopción del modelo de la dictadura, su temprana renuncia a cualquier intento serio de transformación y su cooptación por los grupos económicos de este país. En consecuencia, si ellos decidieron trasladar el debate hacia quien gestionaba mejor el modelo de la derecha, era inevitable que, como alguna vez dijera el diputado Aguiló, la ciudadanía terminaría eligiendo a los administradores originales del sistema.

Ese ciudadano que votó por Piñera, voto cuya racionalidad no consiguen explicar, no es otra cosa que el resultado de la gestión concertacionista: la profundización de este modelo injusto y depredador, así como el intento de acallar todas las fuerzas alternativas.

Son estas las viejas prácticas y formas de hacer política las que han llevado a la ciudadanía al desencanto.

El camino que nos espera para levantar las transformaciones profundas que requiere nuestra sociedad no será breve. Lo que ha logrado la derecha en el país es fruto de décadas de trabajo, por lo que no podemos pensar en medidas de corto plazo para revertirlo.

Los objetivos de transformar el país, tener una institucionalidad que vele por los intereses de las grandes mayorías y alcanzar la democracia plena se alcanzarán solo si existe valentía para desafiar el orden económico y político vigente, y, al mismo tiempo, si se modifican drásticamente las formas de hacer política.

Cada vez queda más claro que ello no depende de cónclaves, acuerdos firmados, congresos de militantes u operaciones con la prensa, y que hay una generación completa que, por el bien del país y la calidad de la política, debiera colgar sus botines mientras pueda hacerlo dignamente.

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