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65 años años después: Hitler y los alemanes

por 29 enero 2011

A quienes amamos la Historia nos sobrecoge observar hoy hechos que mañana serán hito, más aún cuando estos evocan con una nueva mirada un pasado con ecos intensos. Eso es lo que he vivido una fría y brumosa tarde en este enero berlines, al visitar la exposición Hitler y los alemanes: comunidad y crímen”.

Desde el 15 de octubre recién pasado y hasta el 6 de febrero del 2011, en el Museo histórico de Alemania, en Berlin, por primera vez después de 65 años se exhibe una muestra de la compleja relación del pueblo alemán con su “conductor” (Führer). Casi siete décadas pasaron para que los alemanes rompieran un tabú. Se trata de un hecho histórico. Hasta hoy las evocaciones del ayer fueron siempre para mostrar el holocausto y el dolor causado por el tercer Reich. Ahora, sin soslayar ni olvidar el horror, esta exposición ha ido más allá, lo que en aras de la sanación de una comunidad es un paso nada trivial.

Desde el folleto se explícita que el objetivo es mostrar cómo el contexto político, social y la sensibilidad del pueblo alemán subyacían tras el poder de Hitler. Más que en los atributos personales del Führer, su incontrastable poder se explica por la interrelación entre el carismático líder y las expectativas y conductas de su pueblo (2). Sé que esta reflexión desde hace años ha sido compartida por muchos analistas, pero es digna la valentía implícita en la sociedad alemana para mirar a los ojos su pasado –aunque ocurra varias décadas después.

La exposición no oculta que prácticamente todos los niveles de la sociedad contribuyeron a crear un culto al dictador hasta los últimos días de la segunda guerra mundial. "Hace falta explicar cómo el insignificante Hitler, un hombre que vivió 30 años en el anonimato, sin estudios ni experiencia política, pudo convertirse en ese salvador", declaró al diario El País de España uno de los curadores de la exposición, Hans-Ulrich Thamer. Según amigos alemanes una muestra así era una responsabilidad hacia las nuevas generaciones (de hecho se llena de un ávido público joven), que por décadas fueron educadas solo en un cuestionamiento culposo al régimen nazi y al holocausto, aunque sin nunca preguntarse sobre la figura del Führer y su relación con los alemanes. Esos mismos amigos me dicen que en el país ha sido por décadas tabú hablar de por lo menos dos cosas: de Hitler y de los judíos.

En más de 1.000 metros cuadrados y en orden cronológico se exhiben álbumes con fotos del Führer; abundante cine develando el ambiente triunfal y épico de la época; el símbolo de la esvástica en cajetillas de tabaco, en faroles de fiesta y en carros para repartir el diario del partido; dibujos infantiles y bordados a mano realizados por alumnos de colegios enteros como regalos para Hitler; tapices gigantes en su honor, juegos de mesa con él y la guerra como centro, junto a soldaditos nazis de plomo; carteles con la imagen de un niño discapacitado junto a un atleta que alerta sobre el riesgo demográfico si uno tiene más hijos que el otro; uniformes de prisioneros judíos e incluso dibujos realizados por niños en un campo de concentración.
 Ahí, ante nuestros ojos, la primera gran campaña de propaganda política co-ayudando en la construcción del Estado nazi, con su industria, crímenes, autopistas y festivales, y todo para explicar cómo, en una gran crisis del siglo XX, los alemanes vieron en Hitler y sus promesas una posibilidad de progreso material (sueño tan caro a esa época) y de sublimar el resentimiento y el orgullo herido posprimera guerra.

La exposición no oculta que prácticamente todos los niveles de la sociedad contribuyeron a crear un culto al dictador hasta los últimos días de la segunda guerra mundial.

Quiero aquí detenerme en dos imágenes que me impresionaron. Al inicio se exhibe la foto de una manifestación popular en los años posteriores a la primera guerra mundial, en un contexto de dolor enardecido ante las condiciones de la rendición. La imagen esta dispuesta de tal modo que recibe un haz de luz que solo ilumina a un sujeto aún anónimo y subsumido en una masa enorme: es Hitler. Gran detalle y efecto para dar cuenta de la emoción colectiva en que se inicia su ascenso al poder en la década del 30 del siglo pasado. De ahí en más, la muestra describe las políticas de gobierno, entre ellas las de exterminio, y lo que fue la colaboración y/o sumisión de la sociedad alemana de la época.

Es abundante la historiografía que ha analizado la relación entre el dolor y la humillación alemana posprimera guerra y la oferta de una nueva grandeza que encarnó el Führer. Otra literatura ha reflexionado sobre la presencia en el imaginario profundo alemán de una relación compleja con la autoridad, que en su lado A explica la capacidad para aprender con rigor la eficiencia y algunas estrictas reglas de convivencia social, mientras en su lado B explica la apertura ya sea a ejercer y/o subyugarse ante el autoritarismo. Y los teóricos posmodernos han problematizado lo que fue una modernidad de relatos totalitarios en que unos y otros se volvieron locos y los Hitler y Stalin de este mundo, como sombras terribles de lo humano, asolaron la espesura de occidente. Respecto a lo último, es fuerte en la muestra la propaganda con el odio anticomunista, más aún viniendo del nacional - socialismo –pues lector, trate usted de conectar con la época y reflexione sobre el apellido del partido-. Así como también son fuertes las imágenes de la muerte con la derrota definitiva del ejército alemán ante el “General Invierno”, hecho acaecido en la inmensa y feroz estepa de una Rusia entonces comunista.

La otra escena que me impresionó fue un desopilante contrapunto visual. Casi al cerrar la muestra se proyectan en 2 grandes televisores un discurso del Hitler real al lado del discurso de Chaplin en el film El Gran Dictador. Soberbio. Después de ver aquello he pensado que el genio del cine seguramente para dar credibilidad quiso ser sutil a la hora de parodiar a Hitler. Es que nada podría emular el histrionismo del orador, nada podría reflejar la rabia y pasión en su rostro, los gestos grandilocuentes y ridículos de sus manos, la ceguera y convicción que transmitía todo su cuerpo junto a la oratoria inflamada del tribuno. Ningún actor podría imitar a Hitler, pensó tal vez Chaplin, y por eso hoy, luego de ver ese notable montaje paralelo, pienso que él suavizó un poco al dictador con el fin de dotarlo ante el público de un realismo cierto en su fanática expresión.

Vivir esta experiencia me recordó el libro “Quiero dar testimonio hasta el final” de Víctor Klemperer (1881-1960), basado en dos mil páginas de anotaciones en sus diarios escritos entre 1942 y 1945 que narran con perplejidad su tiempo y su dolor. La obra, editada en español por Galaxia Gutenberg el año 2003, fue traducida y presentada por la filóloga y teóloga Carmen Gauger, quién vivió largo tiempo en Alemania la segunda mitad del siglo XX. La Gauger, en su discurso al presentar la obra (3), entregó su lúcida mirada: “la ignorancia respecto a los horrores del exterminio en que vivió la gran masa de alemanes no era tanto el efecto de una estrategia de ocultamiento por parte del sistema como una decisión conciente de cada individuo, la decisión de no saber más que lo justo. Primero, por el mito del Führer –y sus éxitos en una primera etapa- que llevó a aceptar las medidas antijudías como un pequeño “mal menor”, y por oportunismo y falta de valor civico. Y después, cuando el mito se derrumbaba a medida que se perdía la guerra, por una mezcla de indiferencia, miedo y conciencia de culpa, sin olvidar tampoco que a esas alturas el alemán medio sufría bombardeos diarios y lloraba a sus propios muertos”.

Tras esa sincera descripción, Gauger en su discurso nos ilumina con una sabiduría que ella quería para los nuevos alemanes, aunque en mi opinión se trata de valores fundamental para todos: “he pasado la mayor parte de mi vida en Alemania dedicada a la enseñanza... y sólo se me han ocurrido dos o tres reglas elementales: nunca sigas a un líder carismático y abre tú mismo los ojos. Práctica la desobediencia civil en las cosas pequeñas; sólo así podrás practicarlas algún día en las cosas grandes.”

Al inicio de esta crónica escribía que la muestra en comento era buena para la salud colectiva. Sabemos que todo individuo empieza a sanar de su trauma, de cualquier índole, solo conversando: pues qué, sino una conversación, es toda terapia. Lo mismo entonces ocurre con un pueblo. Este empieza a sanar cuando mira a los ojos su pasado, cuando no solo se culpa, sino también se atreve a aceptar, cuando se auto-comprende, se contextualiza y se explica, cuando asume sus errores y es capaz de lidiar con sus luces y sombras. Y eso, antes de esta muestra en el invierno de Berlin, en Alemania no se había hecho públicamente, o mejor dicho, los alemanes vivían sólo en la emoción culposa del flagelarse y del ocultar. Este es un primer paso para empezar a hablar y eso conlleva las complejidades y las fortalezas de la verdad y la libertad.

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