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Del panfleto a las redes sociales

por 22 febrero 2011

Durante los aciagos años de la dictadura, implementos como  el viejo y querido  mimeógrafo, entre otros pocos, rudimentarios e ingeniosos artilugios mecánicos que para entonces se usaban para reproducir propaganda política,  representaron el único  medio disponible para plasmar ideas en el papel, reproducirlas y  ponerlas en circulación.

Para cualquier organización política o social comprometida en la lucha anti-dictatorial, disponer de un aparato semejante  representaba un auténtico tesoro, cuya incautación por los organismos de seguridad implicaba una  gran pérdida, una auténtica e irreparable desgracia. El otro factor a disponer consistía en la audacia y valentía de los seres humanos de carne y hueso involucrados en la osadía anti-dictatorial, como condición  irreemplazable  para poner el material artesanalmente  elaborado en movimiento. Cosa que se hacía en las llamadas “panfleteadas”, jornadas temibles y memorables, verdaderas experiencias iniciáticas, a las que se entraba y salía a las con unos característicos temblores en las piernas y en el  ánimo, los que perduraban hasta varias horas después de haber concluido la tarea y conseguido, con un poco de suerte, poner la propia humanidad a buen recaudo.

En aquellos tiempos, al fin de cuentas no tal remotos, ni hablar de  fotocopiadoras o  de scáners. Mucho menos de computadoras ni de otros medios para procesar textos, pues cuando mucho se podía acceder a una modesta máquina de escribir mecánica, y en el colmo de la sofisticación  y la fortuna a una eléctrica. Los teléfonos celulares representaban un sueño futurista y, por lo mismo, no había  disponible nada semejante a la capacidad de localizar a alguien en cualquier momento y en cualquier parte. Ni llamadas a teléfonos móviles, ni mensajes de texto ni de voz, nada de nada.

Quienes pretendan influir en el curso de los procesos políticos y sociales, y no tengan suficientemente en cuenta a las redes sociales corren el riesgo de quedarse parados a un costado del camino y reducidos a la impotencia.

Hace poco más de 30 años, el común de los mortales no podía disponer de ninguno de los medios de comunicación que hoy hacen parte rutinaria de nuestras vidas. Y aunque su ausencia no se hacía notar, puesto que se hacía lo necesario   con los recursos disponibles, hay que constatar que en verdad, si en los años ochenta hubiésemos dispuestos de internet y celulares, otro gallo hubiese cantado. Y probablemente nos hubiésemos ahorrado mucho tiempo y por sobre todo, infinidad de dolores.

Quién haya “picado” un sténcil, operado un mimeógrafo y,   muy especialmente,  quién  haya lanzado con sus propias  manos un puñado de  panfletos al viento de cualquier ciudad o pueblo de Chile, advertirá, más allá del tiempo transcurrido y el abismo tecnológico mediante,  la perfecta y  poderosa conexión existente entre su propia y artesanal experiencia y la de los jóvenes y no tan jóvenes que hoy, en todo el mundo,  con tan solo teclear  un escueto mensaje en sus celulares y oprimir  la tecla “send”, panfletean a su modo y   logran operar el auténtico  prodigio de aunar voluntades y ponerlas  en acción tras un propósito común. De un modo análogo, pero infinitamente más eficaz, a como lo  conseguía en otras épocas  el modesto trozo de papel volador salido de un mimeógrafo.

El panfleteador de nuestros propios grises años de hierro debe sentirse perfectamente  identificado con quienes hoy, escribiendo los ya míticos 140 caracteres en Twitter,  operando su propia actualización de Facebook o digitando cortos mensajes de texto en su móvil, consiguen ponen a circular sus propias ideas,  sentimientos y experiencias. Generando con algún otro una conexión capaz de producir identidad y convergencia de propósitos. De modo equivalente a la identidad que se producía antaño cuando alguien se inclinaba y recogía desde el suelo el pequeño papel que alguien había producido en una noche de activismo insomne y esperanza.

A propósito del cataclismo político que está teniendo lugar en el mundo árabe, los medios de comunicación y otros analistas han destacado el papel crucial que están desempeñando las llamadas redes sociales, al estar facilitando y, a la postre, haciendo posible el formidable ejercicio de soberanía popular que estamos observando, y que ya ha conseguido mandar directo al basurero de la historia, por el momento, a los regímenes autocráticos en Túnez y Egipto.

Como se ha destacado, dichos recursos comunicacionales  han reducido a la impotencia a los medios de comunicación más tradicionales como la radio, la prensa escrita y la televisión, por regla general al servicio de las  respectivas dictaduras, los que se han visto totalmente sobrepasados y anulados en su tarea de desinformación y manipulación  Las redes sociales  están sirviendo para  transmitir en tiempo real contenidos reivindicativos fundamentales y, por sobre todo,  para convocar a las multitudinarias manifestaciones  que están siendo la tónica y el sello característico de los acontecimientos.

La extraordinaria herramienta de acceso y transmisión de información que representa Internet en general, y los eficaces recursos para el activismo político que implican tanto Facebook como Twitter, están significando  una revolución copernicana y sin retorno posible en la forma contemporánea de hacer política.

No por otra razón, los regímenes autocráticos de todo signo  tratan por todos los medios de dificultar  el acceso de la población a tales herramientas tecnológicas, a las cuales temen como a la peste. Tanto o más, como los dictadores ochenteros temieron a la ira ciudadana organizada en la forma de grupos contestatarios armados y clandestinos con pretensiones subversivas.

El impacto de las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones, así como de las redes sociales en la actividad política en general está en pleno desarrollo y evidentemente, todavía no manifiesta todas sus imaginables posibilidades.

En el caso de Chile, pese a que las redes sociales ya nos han ofrecido más de un ejemplo de su potencial como herramienta de convocatoria social, no es sin embargo evidente que se estén sacando todas las conclusiones del caso. Es cuestión de dar un vistazo a las páginas web de las distintas organizaciones políticas y el uso poco extensivo de las redes sociales por parte de los líderes políticos y otros forjadores de opinión, para concluir en la existencia de un sensible retraso.

Quienes pretendan influir en el curso de los procesos políticos y sociales, y no tengan suficientemente en cuenta a las redes sociales y a las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones, corren el riesgo de quedarse parados a un costado del camino y reducidos a la impotencia. De un modo semejante, o quizás peor, al de una organización ochentera que experimento la desgracia de carecer de un mimeógrafo y de sus propios osados planfleteadores.

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