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La felicidad y el poder

por 8 noviembre, 2013

La promesa de Felicidad para el pueblo por parte de los gobiernos o Estados puede derivar en un peligroso malentendido, en el que la felicidad de cada uno se ligue con la particular noción de felicidad del líder de turno y su séquito. Cuando aquello ocurre, la idea de Felicidad puede derivar en instrumento contra la persona, destinado a subyugar toda subjetividad y diversidad humana, subordinando a la sociedad completa en favor de una tiranía o, peor aún, del totalitarismo.
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El concepto de Felicidad Nacional Bruta es tema de discusión académica y política. En términos simples plantea que el desarrollo debe ser un complemento entre lo material y espiritual, entre satisfacción y cifras macroeconómicas. Incluso líderes como David Cameron han planteado la necesidad de abordar los asuntos públicos desde dicha perspectiva.

El referente más citado en términos de medición de la felicidad es Bután, pequeño país asiático, sin salida al mar, regido por una monarquía parlamentaria (sólo desde 2008 hay elecciones democráticas sin sufragio femenino), con profundas raíces budistas, que anualmente mide su Tasa de Felicidad Bruta (FIB), donde se incluye entre otras cosas, el número de veces que se reza al día.

En Chile sería dudoso incluir el número de veces que se reza en nuestra tasa anual de Felicidad. Por eso, hablar de Felicidad en términos cuantitativos y absolutos es sin duda muy complejo. Hay muchas percepciones y subjetividades involucradas. Hablar de estándares de bienestar quizás sea más razonable. En ese sentido, el Informe de Desarrollo Humano elaborado anualmente por Naciones Unidas, intenta compatibilizar aspectos macroeconómicos con factores ligados al bienestar que bien podrían considerarse como variables que inciden en la percepción de felicidad de las personas. El Happy Planet Index también propone medir aspectos relativos al bienestar para hacer una especie de ranking de países. El índice de la OCDE, Your Better Life Index, también plantea considerar aspectos más allá del PIB.

La promesa de Felicidad para el pueblo por parte de los gobiernos o Estados puede derivar en un peligroso malentendido, en el que la felicidad de cada uno se ligue con la particular noción de felicidad del líder de turno y su séquito. Cuando aquello ocurre, la idea de Felicidad puede derivar en instrumento contra la persona, destinado a subyugar toda subjetividad y diversidad humana, subordinando a la sociedad completa en favor de una tiranía o, peor aún, del totalitarismo.

En ese sentido, una cosa es propender al mayor bienestar en una sociedad y otra muy distinta es prometer la felicidad y pretender instaurarla como algo definitivo desde el poder coactivo del Estado. Sin embargo, y eso es apreciable incluso en lo que prometen ciertos candidatos en diversos ámbitos, existe una creencia extendida –errada ciertamente– que presume que una cuestión tremendamente subjetiva y humana, como es la felicidad, depende lisa y exclusivamente del poder político (y no de cada uno), y que es posible instaurarla de manera definitiva, desde el comodín de siempre, el poder estatal.

Popper decía que: “De todo los ideales políticos quizás el más peligroso sea el de querer hacer felices a los pueblos. En efecto, lleva invariablemente a la tentativa de imponer nuestra escala de valores 'superiores' a los demás, para hacerles comprender lo que a nosotros nos parece que es de la mayor importancia para su felicidad; por así decirlo, para salvar sus almas…la tentativa de llevar el cielo a la tierra produce como resultado invariable el infierno. Ella engendra la intolerancia, las guerras religiosas y la salvación de las almas mediante la Inquisición”. Popper, K. (1945), La Sociedad Abierta y sus enemigos.

No es extraño entonces que la mayoría de los dictadores de la historia, en algún momento prometan la máxima felicidad para sus gobernados (o sometidos), eso sí con una condición: sólo bajo su mandato irrefutable y extendido. En aquello no sólo se esconde la vieja idea del Filósofo rey y la concepción mística –irónicamente moderna– del legislador como una especie de agente infalible que posee todas las respuestas para todos los asuntos y problemas humanos (como los supuestamente eternos dictadores hereditarios en Corea del Norte, o los supuestos conocimientos de Stalin), sino también la noción milenarista de la venida de un salvador que traerá consigo la instauración del paraíso en la tierra y la felicidad plena para la humanidad. Es decir, religión y mitología pura.

La promesa de Felicidad para el pueblo por parte de los gobiernos o Estados puede derivar en un peligroso malentendido, en el que la felicidad de cada uno se ligue con la particular noción de felicidad del líder de turno y su séquito. Cuando aquello ocurre, la idea de Felicidad puede derivar en instrumento contra la persona, destinado a subyugar toda subjetividad y diversidad humana, subordinando a la sociedad completa en favor de una tiranía o peor aún del totalitarismo. Así, como ocurría en Nosotros de Yevgeni Zamiatin y en 1984 de Orwell, donde cualquier individuo, grupo, idea o expresión que iba contra la particular noción de felicidad que el líder y sus servidores imponían al resto, era considerada contraria a la felicidad de todos. De ahí a la inquisición o al exterminio genocida hay pocos pasos.

Por eso, tampoco es raro que en Venezuela, Nicolás Maduro, en el cada vez más notorio proceso hacia un régimen dictatorial (con ley habilitante de por medio, con el supuesto propósito de luchar contra la corrupción o purificar a la nomenclatura), haya creado –al modo de 1984 de Orwell– el Viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo Venezolano. Organismo que sin duda está creado no para generar mayor bienestar al pueblo venezolano, sino para satisfacer los caprichos ególatras y megalómanos de un Maduro que, cada día, ve su poder más mermado, no sólo por su clara falta de carisma, sino por la crisis económica y social (Venezuela según Amnistía tiene uno de los índices de asesinatos más altos de América Latina) a la que ha llegado Venezuela.

Por eso, al hablar de Felicidad, y para no confundirla con bienestar, siempre es bueno recordar lo que decía Henry Thoreau: “El hombre es el artífice de su propia felicidad".

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