“Modernizar” la UDI: ¿avance o retroceso? - El Mostrador

Domingo, 19 de noviembre de 2017 Actualizado a las 08:43

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“Modernizar” la UDI: ¿avance o retroceso?

por 19 junio, 2014

No es imposible pensar que este proceso es la consecuencia natural del predominio de ciertos postulados economicistas en la UDI. Porque si sobre la base de ellos se ha ido identificando el bien común con la maximización de los intereses particulares, entonces este auge individualista en el ámbito cultural y social no es más que el corolario normal de eso. Quizás si la “renovación” hubiese partido en lo económico, hablando menos de economía libre y más de economía social de mercado, entonces la consecuencia lógica sería que la firmeza en los ideales de justicia y comunidad se mantuviera incólume. Es lo que, posiblemente, más hubiera gustado a muchos adherentes del partido de Jaime Guzmán.

Durante las últimas semanas hemos observado el proceso de “modernización” que pretendería llevar adelante la nueva directiva de la UDI. Así, se han visto aspectos interesantes, tales como la descentralización de la gestión y la renovación de los cuadros políticos. No obstante, no deja de llamar la atención el repentino –y a estas alturas, obsesivo– destape de varios dirigentes gremialistas que han tratado de congraciarse con la llamada “agenda progresista”. En palabras del Secretario General, Javier Macaya, se trataría de un esfuerzo de la UDI por dejar de ser percibida como una ONG que defiende tales y cuales posturas.

 ¿Qué reflexiones merece este fenómeno?

Todo partido político participa de la discusión pública intentando promover aquello que le parece bueno y justo para la sociedad, inspirado en un proyecto sociocultural y en ideales sobre la vida en común. Así, el ejercicio político consiste precisamente en ese esfuerzo de entrar en diálogo con humildad, pero también con identidad y perseverancia, al punto de estar dispuesto a contradecir planteamientos coyunturalmente predominantes si así lo exigen los principios que son la razón de ser de la propia colectividad. Porque los grandes líderes efectivamente empatizan y escuchan mucho, pero no por eso se equivocan en una máxima clave: responden a su visión del bien común, y no a la vorágine de las encuestas. ¿Cómo podríamos confiar en aquél que, aún escudado en atractivas cuñas y explicaciones, en los hechos está dispuesto a ceder en aquello que le da sentido a su obrar?

No es imposible pensar que este proceso es la consecuencia natural del predominio de ciertos postulados economicistas en la UDI. Porque si sobre la base de ellos se ha ido identificando el bien común con la maximización de los intereses particulares, entonces este auge individualista en el ámbito cultural y social no es más que el corolario normal de eso. Quizás si la “renovación” hubiese partido en lo económico, hablando menos de economía libre y más de economía social de mercado, entonces la consecuencia lógica sería que la firmeza en los ideales de justicia y comunidad se mantuviera incólume. Es lo que, posiblemente, más hubiera gustado a muchos adherentes del partido de Jaime Guzmán.

Por lo demás, esto de vestirse de ideas ajenas para ser más popular es una torpeza política. ¿Acaso creerá la “nueva UDI” que los simpatizantes de Andrés Velasco se sentirán llamados a los cursos de formación política que se hacen en la calle Suecia o en la Fundación Jaime Guzmán? ¿O que los promotores de modificar el concepto del matrimonio o legalizar las drogas apoyarán a uno de sus filas en sus planteamientos públicos y escrutinios electorales? ¿No se percibe que –especialmente en momentos de votaciones voluntarias– la merma de adherentes realmente motivados superará con creces esa supuesta ganancia (que nadie sabe muy bien en qué consiste)? ¿No acusaron recibo de que los partidos escogidos por los dirigentes de las ONG progresistas distan mucho de ser los pretendidos por los “modernizadores” de la UDI?

Esta táctica de aguar los ideales propios para ser más “efectivos” denota dos errores que –a la larga– destruyen todo proyecto político. Primero, la ausencia de un proyecto de sociedad propio, coherente con los ideales inspiradores, capaz de ser una alternativa creíble, atractiva y motivante para los militantes y la población en general. Y, segundo, la comodidad de preferir transar los ideales, en vez de esforzarse el doble por proponerlos adecuadamente: si se renuncia a persuadir, ¿qué sentido tiene estar en política? Porque la mística de la política deriva de largas horas de transpiración en los diferentes rincones del país, presentando lo que se piensa e invitando a adherir a ello; y de meditación, buscando respuestas coherentes a los nuevos desafíos y procesando las ideas de un modo atractivo, incisivo y motivador.

No es imposible pensar que este proceso es la consecuencia natural del predominio de ciertos postulados economicistas en la UDI. Porque si sobre la base de ellos se ha ido identificando el bien común con la maximización de los intereses particulares, entonces este auge individualista en el ámbito cultural y social no es más que el corolario normal de eso. Quizás si la “renovación” hubiese partido en lo económico, hablando menos de economía libre y más de economía social de mercado, entonces la consecuencia lógica sería que la firmeza en los ideales de justicia y comunidad se mantuviera incólume. Es lo que, posiblemente, más hubiera gustado a muchos adherentes del partido de Jaime Guzmán.

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