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Carta Abierta a Gabriel Boric (y a una parte de su generación)

por 12 enero, 2017

Carta Abierta a Gabriel Boric (y a una parte de su generación)
Considero que, de todos esos ripios con los cuales parte de los tuyos construyen una identidad sobre la base de rechazar sin más la larga trayectoria de luchas sociales y políticas emancipadoras en Chile, el más injusto es el del veto implícito a todo lo que provenga de algún domicilio político cuyo origen fuese la Concertación o la Nueva Mayoría. El gesto, además, habla muy mal de una parte de tu generación y muestra la ausencia de una verdadera cultura democrática, una de las buenas tradiciones de la izquierda occidental no estalinista: se deben sumar siempre todas las voluntades de cambio y no excluir a nadie de los debates y la acción política.

Perdona, Gabriel, pero no acostumbro escribirles a los líderes políticos desde que descubrí, por experiencia personal, que son siempre iguales a sí mismos. Me atreví porque siento una empatía con tu liderazgo y porque creo, al igual que cientos de miles de chilenos y chilenas, que, junto con Giorgio Jackson, se perfilan como los líderes del recambio llamados a construir una alternativa real de gobierno al duopolio que domina el escenario político desde 1990.

Además, la oportunidad de desplazar los sistemas de poder oligárquicos se da raras veces en la historia, como ocurrió en 1826, 1938 o 1970. No pocos pensamos que la eventual irrupción de un Frente Amplio sería la principal señal de mejores tiempos, en que además –esperamos– puedas desempeñar un rol decisivo. De lo que digas, hagas o dejes de hacer, dependerá, junto al resto de los nuevos liderazgos, lo que pueda o no ocurrir en las elecciones parlamentarias y presidenciales de 2017.

Desde que supe que existías, allá por 2012, cuando le ganaste de manera irreverente y sorpresiva la presidencia de la Fech a una superstar Camila Vallejo, empaticé contigo y supuse que llegarías lejos. Un buen amigo me contó alguna vez que, aparte de tus talentos naturales, cuentas con un valor agregado que pocos tienen: el don de la ubicuidad, es decir, de estar siempre allí, en el momento oportuno en que las cosas van a pasar. Eso te permitió ser el relevo en la presidencia de la Fech y, luego, competir con éxito fuera del duopolio y hacerte con un escaño en el Parlamento allá en tu natal Punta Arenas.

Llevas el signo de los tiempos. Tu irreverencia, tu estilo franco y directo te ha generado la enemistad del establishment –o el duopolio– pero, a su vez, te ha permitido construir un gran capital político. Te reitero que, junto al diputado de RD, estás llamado a ocupar un rol relevante en la política chilena. Quizá no esté lejano el día en que te veamos como inquilino principal de La Moneda, haciendo los cambios que una mayoría del país y tú mismo reclaman.

No obstante, hay cosas en tu conducta que no comparto y me preocupan. La última, según mi modesta opinión, fueron tus declaraciones en torno a negarse a apoyar a Guillier en una eventual segunda vuelta contra la derecha, pronunciadas sin que aún sepamos qué propone, sin que tengamos candidato(a) para el Frente Amplio e, incluso, antes que este mismo se constituya, entre otras razones porque el movimiento que tú encabezas no ha ayudado a su irrupción pública por razones que no logro entender (sin ir más lejos, el 23 de diciembre, frente a la pregunta “¿existe algún plazo para concretar y darle esa estructura a este frente?”, contestaste que “los plazos no se decretan, se van dando al calor de la lucha política, y sabemos que es un proceso a mediano plazo y esto no va a suceder de aquí a la próxima elección”). ¿Entonces no quieres que el Frente Amplio esté presente en la elección de 2017? Se entiende poco, viniendo de quien ha sostenido la urgencia de conformar una alternativa a los dos bloques tradicionales.

Y como se trata de no repetir los errores que ya cometimos –dejar todo en manos del o los caudillos– creo necesario plantear el debate sobre este tema crucial para el futuro de la política democrática chilena.
No hace mucho seguí con preocupación y atención el innecesario protagonismo que alcanzaste en el quiebre de un joven y pequeño movimiento político como la Izquierda Autónoma (IA) y, entonces, consideré muy dura e injusta la crítica que te hicieron tus ex compañeros de viaje, en el sentido de sostener que estabas construyendo “un caudillismo poco democrático”. En especial cuando IA ni siquiera era un colectivo político en proceso legal de constitución.

Sin embargo, luego, cuando desde el movimiento que tú lideras se ha tratado de postergar la constitución del Frente Amplio y/o limitar su composición, con la crítica destemplada y sin argumentos –basada en la idea de quiebre generacional– a quienes fuimos parte de una coalición que fracasó; o cuando se ha tensionado su nacimiento de manera innecesaria, como lo hiciste cuando señalaste que por ningún motivo votarías por Guillier en segunda vuelta –lo que pudiese suponer un escaso compromiso con el candidato o la candidata que nos representará en primera vuelta, y porque le das un portazo a una discusión que tendrá oportunidad de producirse, colectivamente, como a ti te gusta decir en tus declaraciones, y cuando la ocasión lo amerite–, encontré que había algún fundamento en lo que decían tus detractores.

Quiero invitarlos, a ti y a los nuevos liderazgos, a reflexionar sobre las características de la cultura política que están construyendo y que, desde mi óptica personal, pareciera querer recrear un iluminismo generacional antes que un proyecto integrador de la izquierda chilena, del progresismo y de la sociedad en su conjunto, en la dirección de consagrar más democracia, prosperidad, derechos y responsabilidad con las futuras generaciones.

Considero que, de todos esos ripios con los cuales parte de los tuyos construyen una identidad sobre la base de rechazar sin más la larga trayectoria de luchas sociales y políticas emancipadoras en Chile, el más injusto es el del veto implícito a todo lo que provenga de algún domicilio político cuyo origen fuese la Concertación o la Nueva Mayoría. El gesto, además, habla muy mal de una parte de tu generación y muestra la ausencia de una verdadera cultura democrática, una de las buenas tradiciones de la izquierda occidental no estalinista: se deben sumar siempre todas las voluntades de cambio y no excluir a nadie de los debates y la acción política.

La descalificación generacional se extiende, asimismo, a gente que denunció las malas prácticas que se estaban apoderando de la coalición gubernamental mientras la mayoría señalaba que todo estaba miel sobre hojuelas, motivos por los cuales varios de esos actores políticos vivieron el destierro interno en sus colectividades, cuando no la expulsión por haber tenido la valentía de explicitarlas cuando nadie se atrevía, aunque todos sabían que la coalición se estaba pudriendo por dentro.

Sectores y grupos de las generaciones mayores perdimos –como otras tantas– esa batalla, pero la dimos cuando las papas quemaban, mientras la mayoría guardaba silencio.

¿Recuerdas aquello de que después de la batalla todos son generales? ¿O es que las batallas que hay que reivindicar son solo las que se ganan, en sintonía con el exitismo de la época actual? Te recuerdo que, empezando por la Revolución Francesa –que fue rápidamente derrotada por diversas variantes restauradoras por mucho tiempo– o nuestra propia Revolución de la Independencia –que previo a vencer sufrió graves avatares–, los avances civilizatorios y progresistas siempre enfrentan dificultades y derrotas antes de terminar prevaleciendo.

Se puede entender la desconfianza y la búsqueda natural de identidad política generacional propia, pero eso no puede extenderse a limitar la acción y convocatoria políticas para emprender nuevas tareas transformadoras, en especial cuando se está construyendo algo nuevo y mientras, ¡enhorabuena!, se multiplican los liderazgos de recambio. Pero estos, todavía, no logran convocar ni convencer a las nuevas generaciones de potenciales votantes, las que continúan brillando por su ausencia en los procesos eleccionarios. Nuestra democracia se sostiene casi exclusivamente por las generaciones que vivieron las luchas antidictatoriales.

Quiero invitarlos, a ti y a los nuevos liderazgos, a reflexionar sobre las características de la cultura política que están construyendo y que, desde mi óptica personal, pareciera querer recrear un iluminismo generacional antes que un proyecto integrador de la izquierda chilena, del progresismo y de la sociedad en su conjunto, en la dirección de consagrar más democracia, prosperidad, derechos y responsabilidad con las futuras generaciones.

No hace mucho tiempo tuve la grata oportunidad de presentar un buen libro de Francisco Penaglia, joven académico de la Universidad Alberto Hurtado, escrito en clave generacional (Subversión del régimen transicional. Del oscurantismo a la esperanza), cuyo prefacio fue redactado por los más diversos referentes de la nueva izquierda. Me llamó poderosamente la atención que ninguna de esas palabras introductorias mantuviera algún diálogo con el libro en cuestión, sino que solo fueran la expresión de monólogos consigo mismos, identitarios y autorreferenciales, centrados en los respectivos colectivos.

Y creo que eso es peligroso, pues cuando una cultura política que se define esencialmente como antineoliberal se construye en la sospecha y en el rechazo a todos los demás o sostiene que solo por representar el recambio generacional se posee “la verdad revelada”, estamos en realidad en presencia del más tradicional de los individualismos, aquel que lleva a fraccionarse permanentemente o a vivir de la autorreferencia narcisista, en vez de promover la acción colectiva sistemática, abierta y heterogénea contra las estructuras oligárquicas de poder –el 1% que concentra el tercio de la riqueza y que colonizó el sistema de representación política–, que son el principal problema de Chile tanto para las anteriores como para las actuales generaciones de ciudadanos que viven de su trabajo en condiciones precarias y frecuentemente abusivas.

Sabemos lo relevante que ha sido, en vuestra definición como organización, la experiencia política del Podemos español y el carisma de su líder. Pero de Podemos también hay que extraer toda su experiencia, incluso aquella que no suele difundirse: la tentación de caer en el liderazgo caudillista y con proclividad autoritaria, que tiene a esa organización sin posibilidades de crecimiento para transformarse en alternativa real de gobierno, con militantes y adherentes que ya empiezan a preguntarse si acaso no será el líder el problema.

Estimado Gabriel, con mucha valentía e irreverencia has sido protagonista de la irrupción de un nuevo estilo de liderazgo político que empatiza con una ciudadanía más crítica y menos benevolente con sus representantes, y parte de tu adhesión ciudadana viene de tu sinceridad y franqueza para decir las cosas por su nombre. Has hecho gran parte del esfuerzo, pero falta la otra mitad del camino: desempeñar un rol clave en la construcción de una alternativa real y competitiva al duopolio. Y, en ese esfuerzo, bajo los parámetros que ya han definido los constituyentes iniciales del incipiente Frente Amplio, no solo tienen cabida los propios sino también todos los otros que no están vinculados con el financiamiento empresarial y que no tienen domicilio en el duopolio, y que son la inmensa mayoría de los chilenos y chilenas que aspiran a un cambio de las estructuras de poder y a un mayor bienestar colectivo.

Cuando asumiste como parlamentario, tuviste un gesto que te ennobleció como dirigente y fue el hecho de que ese momento histórico lo dedicaras a recordar la memoria de Recabarren y Allende, figuras señeras de la izquierda chilena y fundadores de dos colectividades que, de un tiempo a esta parte, extraviaron su horizonte en el camino. Si hay algo que recordar de ambos son precisamente su capacidad para convocar, construir y aunar voluntades diversas.

Recabarren se destacó por construir una izquierda más colegiada y comunalista, muy distinta al PC estalinizado que resultó luego. Y Allende, ni hablar, nadie después de él ha vuelto a reunir al conjunto de la izquierda chilena y ofrecido a su pueblo el sueño de construir un Chile más justo.

Gabriel Boric, eres uno de los llamados a tomar la antorcha de Recabarren y Allende y continuar la posta que ambos emprendieron hace ya más de un siglo. De líderes fraccionales, la izquierda chilena ya ha tenido bastante.

Estamos ante un momento histórico en que podemos poner fin, luego de casi treinta años, al duopolio que hoy solo le ofrece al país más de lo mismo. El Frente Amplio no puede esperar más. Ya nos farreamos la oportunidad que brindaron las elecciones municipales. Que el individualismo, que también persigue a una parte de la izquierda, no impida construir lo que Chile necesita.

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