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La crisis millenial: Notas sobre un desconcierto generacional

por 22 junio, 2017

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Tras la aparición en Providencia del joven extraviado la semana pasada, las expresiones de alivio en las redes sociales se tiñeron de sarcasmo y de desdén. Los diarios locales habían comunicado que el universitario sufría una crisis vocacional, que lo había llevado a deambular por la ciudad y a pasar las noches durmiendo en hoteles. No tardaron algunos —los de siempre— en salir a festinar con lo que calificaron como una «crisis zorrona», ironizando respecto de las condiciones privilegiadas del joven perdido.

Otros, no pudieron controlar las ganas de zamarrear al veinteañero y su escasa consideración respecto de todos quienes lo quieren y lo buscaron sin descanso. Se trataría, para ellos, de una «crisis millenial». Que fue la rabieta de un cabro chico malcriado. Que los jóvenes quieren aprender todo en una carrera de tres semestres para irse pronto a viajar por el mundo y ganar “experiencia”. Que sus crisis existenciales podrían haberse evitado con unos buenos coscachos cuando niños. Pienso que esta segunda vía de reclamos obliga a complejizar el análisis. A poner en pausa las ganas de repartir cachamales, para detenernos a mirar con otros ojos este desconcierto generacional.

Las quejas en contra de los millenial son un fenómeno tan global y masivo que bien podrían constituir un género en sí mismo. La columna que el diario El País publicó hace pocos días —Millennials: dueños de la nada— es, tal vez, su obra cumbre en el mundo hispanohablante: allí, Antonio Navalón describe a los nacidos entre 1980 y 2000 como “una generación que tiene todos los derechos, pero ninguna obligación”, y que viven sin proyectos, objetivos ni sentido de vivir. “Lo único que les importa es el número de likes, comentarios y seguidores en sus redes sociales”, agrega. La desmotivación estructural de los jóvenes sería, entonces, la causa de todos los males, incluyendo el apocalíptico arribo de Donald Trump al poder.

Resulta urgente, en este sentido, avanzar hacia una suerte de "educación emocional" que permita a los más jóvenes lidiar con las contradicciones y exigencias que les han tocado. Y a nosotros, de paso, que cada tarde llegamos a nuestras casas más taciturnos.

Despejando el dramatismo y las exageraciones, no es demasiado difícil empatizar con este diagnóstico, aun cuando sea impopular confesarlo en público. Quienes somos profesores universitarios, nos debatimos entre la indignación y el desaliento cuando observamos que nuestros estudiantes no resisten la crítica académica; se ven inmovilizados por la frustración y la desmotivación; o no acompañan sus diversas demandas políticas de un sentido de autoexigencia y responsabilidad. Lo más fácil es atribuir sus arrebatos infantiles a la ya mencionada «crisis millenial». Pero leer a las nuevas generaciones desde el marco en que nosotros fuimos socializados es, desde luego, un ejercicio pobre.

Esas “crisis vocacionales”, que a más de alguno le causan risa, son la fuente cotidiana de una angustia que no podemos continuar minimizando, ignorando, desoyendo. Desconozco si estos cuadros —depresión, agobio académico, crisis de pánico, desmotivación— son los mismos de hace unas décadas y hoy sólo tienen más legitimidad social o mayor reconocimiento médico. Pienso, por el contrario, que la cantidad de certificados psiquiátricos que hoy en día reciben las coordinaciones académicas invita a pensar en una verdadera epidemia de la tristeza.

Como sea, parecemos estar frente a una sensibilidad distinta, que no solía tener cabida en los espacios académicos hace quince o veinte años, y que obliga a quienes trabajamos con jóvenes a hacer frente a ciertas dimensiones afectivas para las que nadie nos ha preparado nunca. Resulta urgente, en este sentido, avanzar hacia una suerte de "educación emocional" que permita a los más jóvenes lidiar con las contradicciones y exigencias que les han tocado. Y a nosotros, de paso, que cada tarde llegamos a nuestras casas más taciturnos.

En Chile, las últimas décadas de movilizaciones estudiantiles son un sólido cortafuegos frente a los discursos anti-millenial. Fueron precisamente los jóvenes los que construyeron el imaginario impensado de una educación pública, gratuita y de calidad. Han sido tenaces, del mismo modo, a la hora de nombrar la violencia de género y denunciar la cultura de la minimización y el encubrimiento. Y a quienes estamos en la educación superior, nos obligaron también a revisar nuestras prácticas pedagógicas en el aula y a pensar formas más horizontales de construir comunidad universitaria. Es cierto que muchos de ellos quieren todo de inmediato; les paraliza el terror a equivocarse; y les cuesta trabajo persistir en desafíos complejos.

Pero no podemos dejar de preguntarnos por el contexto de ese joven, para quien de algún modo tuvo sentido desaparecerse del mundo ante una crisis vocacional; para que perderse haya sido su única alternativa. Tal vez nuestro desconcierto generacional nos impide hacernos las preguntas importantes, como cuando vemos «13 reasons why» y terminamos despreciando a la hermosa y suicida protagonista. Esa angustia y esa desazón son reales, y ya no conseguimos mucho cuestionando sus razones, su legitimidad y su validez.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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