miércoles, 26 de septiembre de 2018 Actualizado a las 04:38

Historias de Sábanas

Costabal temporada 2: "¡No necesito saber ni una mierda más sobre esa mujer!... ¿o sí?"

por 22 abril, 2018

Costabal temporada 2: “¡No necesito saber ni una mierda más sobre esa mujer!… ¿o sí?”
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Capítulo 3

Furioso y sin ganas de nada, llego a mi casa. Agradezco que todo esté apagado, no tengo humor para nada, voy directo a la botella de whisky y sin siquiera buscar un vaso, la destapo y me bebo el primer trago que me quema hasta las tripas.

No puedo sacarme de la cabeza a esa desgraciada.

Cuando estoy empinando el brazo por cuarta vez, la luz del salón se enciende, achino los ojos y aun así puedo divisar su cabreo.

-¿Crees qué estas son horas de llegar? -me pregunta, acercándose con las manos en la cintura y agrega-. Ahogar las penas con alcohol no te ayudará en nada, hermanito.

-Buenas noches para ti también, hermanita -digo levantando la botella con una sonrisa petulante-. Y contestando a tus preguntas, es problema mío lo que hago.

-¿Sí? ¿Estás seguro?

-Absolutamente. -Y doy otro trago, aún más largo, el líquido pasa como si fuera agua por mi garganta-. No te metas en mis asuntos, preocúpate de los tuyos, es más, a esta hora -digo mirando el reloj-, deberías estar durmiendo.

-¿No me digas? -se mofa con chulería y eso hace que la odie un poco más-, pero da la casualidad que no puedo estar en mi casa y en mi cama, ¡porqué estoy cuidando a mi sobrina! ¡A la que, por cierto, deberías estar cuidando tú!
-Oh, gracias, ¿te prendo velas también? ¿Te hago un altar, qué quieres?

-¡Quiero que dejes de auto compadecerte!

-¿Es que acaso no entiendes cómo me siento? -le confieso desesperado tapándome la cara con el brazo-. Me quiero morir -susurro avergonzado-. Le estregué todo a esa mujer, le abrí las puertas de mi casa, de mi vida, ¡y ella qué hizo! Se acostó con…

-Mauricio -me detiene, arrodillándose en frente, quitándome el brazo de la cara para que la mire-, sé que es espantosa la sensación, pero de amor nadie se muere. Te deprimirás un tiempo, supongo que no tendrás ganas de trabajar, ¿pero morir? No, hermano, de amor nadie se muere, tú eres fuerte, ya pasaste por una situación como esta cuando sucedió el accidente…

-Este dolor es diferente, incluso me está quitando las ganas de… vivir.

-¿¡Cómo se te puede ocurrir decir una cosa así!? -me regaña enérgica-. Escúchame, Mauricio, tú no eres así, siempre has tenido una gran capacidad para superar las situaciones que la vida te va poniendo. Ves la vida con optimismo…

-Te aseguro que eso es lo que menos tengo en este momento, nunca me había sentido así, y no quiero… -me callo de pronto, estoy sacando a flote cosas que jamás imaginé sentir, no quiero ser débil ni sonar derrotado.

Luego de unos minutos en que ambos nos miramos, Macarena se acomoda en el suelo, toma un trago de mi botella y luego con parsimonia arremete de nuevo:

-Siempre he pensado que juzgar a una persona, no define lo que es ella, sino lo que eres tú, o en este caso lo que harías tú, Mauricio -suspira y a pesar de mi cara continúa-. Estoy de acuerdo con que su actitud no fue correcta, que te mintió, y… que actuó de la peor manera, pero… ¿estás seguro de lo que viste?

-¡Por supuesto que sí!

-Mauricio, por favor intenta razonar. Sé que no estás ciego, pero Beatriz no es una mujer que se comporte así, tú la conoces, yo la conozco y tú a veces eres un poco exaltado, y no me digas que no.
-Por la cresta, Macarena Costabal, sé lo que vi, y sé lo que escuché, no estoy loco -protesto enojado.

-Eso no lo tengo tan claro -bromea para que me tranquilice-, pero tal vez las cosas no sucedieron como las viste, te guste o no tienes que reconocer que esa mujer es especial, no por nada logró entrar en tu corazón, cosa que, perdóname que te diga, no ha hecho ninguna otra mujer. ¿Por qué no intentas hablar con ella de lo que pasó?

-No.

Macarena me mira como si de mi cabeza salieran cachos, y bueno, como es de irónica la vida, así es.

-¿Por qué no, Mauricio?

-¡Porque me engañó! -me exalto poniéndome de pie-, traicionó mi confianza, y en todos los sentidos, ¿sabes con quién estaba hoy? ¡¿Lo sabes?! -le grito.
Ella solo niega con la cabeza e intenta que me calle, pero ya no puedo.

-¡Con Bernardo! ¡Y además trabaja para él! Eso solo significa que también se lo va a tirar como lo hice yo.

-Tranquilízate por favor, cómo se te ocurre pensar una cosa así. Beatriz no es esa clase de mujer.
-Y tú qué sabes -gruño alejándome, estar a su lado me hace vulnerable, y no me gusta.

-Solo lo sé -responde sin más.

-Creo -le digo tomando más de un sorbo de la botella que ya está casi vacía-, que no la conoces nada, todavía tengo su olor en mi piel -sonrío sarcásticamente recordando lo de esta noche… con amargura.

-No… no puedes haber hecho lo que estoy pensando, dime que no por favor -me pide tomándome de la barbilla para que la miré.

-No soy adivino, no sé qué piensas -le suelto al tiempo que giro mi cara, pero terca, ahora la toma con las dos manos.

-¿Te acostaste con ella, hoy?

Mi risa retumba con ganas, al igual como lo hace el eco encerrado en una cueva.

-¡Acostarnos! -me mofo-. Follamos, Macarena, eso hicimos, sexo y nada más que sexo, para mí y por mí.

-Ay no, ahora sí que te volviste loco, ¡¿qué le hiciste?! -pregunta horrorizada retrocediendo dos pasos muy angustiada.

-¿Qué crees? -espeto.

-¡Dios mío! -exclama tapándose la boca.

-Dios no tiene nada que ver aquí, Macarena. Él ni siquiera tiene tiempo para los simples mortales como yo.

-Dime…

-Humillarla… -Y justo cuando voy a continuar aparece Sofía medio sonámbula restregándose los ojos y el silencio cae de inmediato entre nosotros.

-Papi -dice llorando, y corro a su lado.
-¿Qué pasa? ¿Qué tienes?

-Estaba soñando -hipa y me vuelve abrazar.

-Era una pesadilla, no es verdad -continúa Macarena poniéndose a su lado, pero mi hija niega con la cabeza.

-Yo quiero que pase.

-¿Qué quieres, princesa? -susurra Macarena acariciándole el cabello-, ¿quieres que mañana vayamos a comer helados, al parque?

Ella niega con la cabeza y sigue llorando, cosa que ya me está desesperando.

-Bueno, dinos lo que quieres y lo haremos.

-¡De verdad! -chilla y sus pequeños ojos se iluminan.

-Quiero…

-Ni un gato más en esta casa, si quieres un perro, un canario, o un hurón -dictamino con firmeza, pero ella niega con la cabeza-. ¿Entonces?

-Quiero ver a Beatriz, estaba soñando con ella.

-¡No! Ni media posibilidad, olvídalo, Sofía, esa mujer no existe más, ¡ni en tu vida, ni en la mía!

-¡Mauricio!

-Dije que no, Macarena, y no intentes hacer algo de lo que después te puedas arrepentir. Y estoy hablando en serio. Beatriz Andrade no existe, ¡no existe! -grito ofuscado mientras camino hacia mi dormitorio y doy un portazo.

Acostado y supongo por efectos del alcohol todo me da vueltas. «Maldita seas Beatriz» ¿hasta qué punto esa mujer me trastorna?, estoy agotado, no puedo más, quiero borrarla del mundo, de mi mundo, del de mi hija, pero cuando cierro los ojos lo primero que veo es su sonrisa y a continuación las lágrimas que vi hace un rato en su rostro.

Pero te lo mereces, no voy a sentir lástima por ti, me traicionaste. ¡Cómo pude ser tan imbécil! Nunca me había dejado manipular por una mujer y ahora….ahora solo por una cara bonita…

«Qué cara bonita, idiota», me digo a mi mismo, ojalá hubiera sido solo eso, es algo más, algo que nace desde aquí, desde este maldito corazón que no deja de latir, y ya no quiero sentir más. No por ti, mujer, non por ti.

Menos mal que mi madre y mi hermana se han preocupado este fin de semana de Sofía, y como ya comienzan las vacaciones se irán toda una semana a la playa, eso me deja tranquilo, creo que no estoy siendo un buen padre en este momento.

Por la mañana, a pesar de que Sofía hace un escándalo por no querer irse, logro despedirme de ella, que se va con su carita congestionada, me duele incluso a mí, pero es lo mejor.

Como ya se me ha hecho costumbre, el lunes paso por la oficina y todos agachan la cabeza, me encierro y comienzo a trabajar.

A media mañana entra Carmen con cara de asustada. ¿Seré un ogro?

-Señor Costabal, la secretaria del señor San Martín ha confirmado la reunión de hoy a las tres.

Arrugo la frente, ¿de qué mierda me está hablando?

-Genial -dice Agustín que viene entrando con varias carpetas-, confírmela por favor, Carmen, creo que es una muy buena estrategia conversar directamente con el enemigo, Mauricio, muy bien pensado.

Ante eso solo asiento, no he planeado nada, pero a Agustín le parece una idea genial, y no me voy a desdecir, ni menos decirle que al último lugar que me apetece ir es a esa oficina, y… con ella.

-¿Estás de acuerdo? -me consulta Agustín sacándome de mis pensamientos, en tanto me enseña algo en el computador, como idiota le digo que sí, porque no tengo ni idea de lo que me planteó.

-Si tú crees que es lo mejor.

-Sí, Raúl es un muy buen empleado y…

-¿Qué tiene que ver Raúl en esto? -pregunto antes de que continúe.

-¿No me escuchaste? Te acabo de decir que creo que Raúl debería subir de categoría, que es un buen empleado.

-Raúl -vuelvo a preguntar como idiota, la verdad ese tipo no me cae bien, y no sé muy bien por qué, ¿o sí?

-¿Qué otro Raúl conoces? Incluso María José está de acuerdo.

Afirmo positivamente, no tengo idea de lo que habla.

-¿Y qué es lo que pensaste exactamente para Raúl?

-Que sea el nuevo supervisor de contabilidad.

-¿Y quién hará su trabajo?

-Bueno, creo que a tu departamento le falta personal, deberías tomar un par de personas más.

-Ellos pueden seguir haciendo su trabajo como siempre, después de todo no lo hacen gratis.

-Pero terminarán estresados, y eso no nos sirve.

-Como digas, hablaré ahora mismo con María José para que se ocupe de eso.

-Perfecto -dice levantándose de la silla para irse-. Paso por ti a las 14:30.

Asiento con la cabeza, termino el correo que estoy redactando y decido bajar hasta donde está María José, y espero que no esté muy enfadada, este fin de semana ni siquiera le respondí el teléfono.

No sé cuál es la manía de la gente. A muchos los he visto temprano, y ahora me vuelven a saludar, respondo con una sonrisa fingida, hasta que de pronto me detengo en la puerta de la oficina, y escucho claramente un gemido a toda regla.

-¿Me extrañabas, extrañabas mis besos, mis dedos…?

¿Qué mierda está pasando ahí dentro? Claramente alguien está infringiendo la maldita regla de no confraternizar entre el personal, yo también lo hice, ¿pero de María José y Fabián?, eso sí que no me lo esperaba, no de la “señorita rectitud formemos algo más serio”. Suspiro para tranquilizarme, no porque me den celos, sino que una rabia enorme por no poder estar haciendo lo mismo. Y cuando ya no aguanto más porque los recuerdos se estrellan en mi memoria, golpeo fuerte un par de veces y entro.

-¿Lo están pasando bien?

-No… no es lo que crees, Mauricio -intenta disculparse en tanto se arregla la blusa, no es que los haya encontrado desnudos, ni follando, pero sí en una posición un tanto… indecorosa, como dice alguien por ahí, “en un cuadro plástico”.

-Últimamente esa palabra la escucho más de lo que quisiera -digo más para mí que otra cosa, y acto seguido abro la puerta para que Fabián se marche.

-Señor…- antes de que continúe mi mano lo detiene y lo miro literalmente con envidia.

-Fuera.

-Mauri, escucha.

-No quiero escuchar tus explicaciones -la corto levantando una ceja.

-Por favor -ruega acercándose, la detengo con una mano y con la otra doy un portazo que retumba por todo el lugar.

-De verdad que ustedes las mujeres son de otro planeta -espeto furioso-, hace un par de días me dices que quieres formar una familia, nos vamos a tu casa, ¡y ahora esto!

-Tienes razón, perdóname, pero te juro que no es lo que imaginas.

-¡Claro qué tengo la razón! -respondo molesto-. La mentira y el engaño tienen fecha de caducidad, María José, al final todo en esta vida se descubre, al mismo tiempo que la confianza se rompe para siempre.

-¡¡¡No!!!

-Cerremos el tema aquí, y no agraves la falta con una disculpa estúpida, tú tienes tu vida y yo la mía, punto y final.

-Pero yo te quiero a ti, Mauri -reclama lanzándose a mis brazos-, te quiero desde el día que te vi, te quiero como nunca pensé que lo haría, para mí nunca fue solo sexo, luego llegó Soledad y tú te fijaste en ella, ¡me aparté de tu lado! Eres muy importante para mí, yo… yo estoy dispuesta a hacer lo que quieras, perdóname por favor.

No puedo creer lo que estoy escuchando, esto es más de lo que imaginé, esto no puede ser verdad, y menos en la forma directa y clara en que me lo está diciendo.

Luego de un silencio incómodo la aparto de mis brazos, no quiero sentirla, la miro a los ojos y le digo:

-Todo lo que hubo entre nosotros pasó hace años, jamás te di esperanzas de algo más. Me casé con tu hermana porque creía que la amaba, pero jamás sentí algo más por ti, lo nuestro siempre fue solo sexo, lo pasamos bien, lo disfrutamos, pero nada más. Yo no te necesito, no te quiero como mujer, te respeto como la tía de mi hija, pero nada más.

-Dame una oportunidad, eres alguien muy importante en mi vida.

-Bonita forma tienes de demostrarlo -me sale del alma-, y no creas que te estoy recriminando por celos, porque no me importa.

-¡Pero a mí me importa! ¡Te amo! No puedo vivir sin ti.

-Acaba con el melodrama, María José, respétate -le digo cabreado por la situación-, entiéndelo de una vez, los únicos sentimientos que nos unen es porque somos familia, no siento nada por ti. ¿Es qué no te has dado cuenta?

-Siempre he guardado una esperanza, al menos déjame ser parte de tu vida.

-No.

-¿Por qué?

-Porque yo decido quien es parte de mi vida personal, y tú ya no lo eres más -le aclaro con dureza para que entienda de una buena vez.

De pronto, no sé cómo siento sus labios pegados a los míos, ni un solo músculo se me mueve, y aunque estoy tentado en quitarla con brusquedad, solo la aparto con energía tomándola por los brazos.

-Lo que sientes no es amor, amor es mucho más que esto, solo tienes un deseo sexual, y eso ya sabes bien con quién conseguirlo -le digo con tranquilidad apartándome por fin.

-¡Me ofendes!

-Digo lo que veo.

-No sabes lo que ves -grita poniéndose histérica, y ahora sí que no me interesa seguir conversando. Me doy media vuelta y me marcho, mientras ella se queda gritando dentro de su oficina.

Al pasar la secretaria me mira extrañada.

-No la molesten, acaba de perder un muy buen negocio.

La secretaria asiente con la cabeza, y justo cuando voy llegando al ascensor, Fabián llega a mi lado.

-Señor, ¿podríamos hablar un momento?

-Lo que hagas en tu vida privada, no me interesa, únicamente ten cuidado, podría haber sido otro el que entró.

-Lo sé, pero no es sobre eso.

-Entonces -pregunto levantando una ceja.

-Me gustaría que fuera en otro lugar.

-Si no es de trabajo lo que quieres conversar, no me interesa.

-Pero, señor…

-Escúchame bien, Fabián, no colmes mi paciencia, mira que últimamente no tengo ni quiero tener. Las amistades que tengas por fuera no me interesan. ¿Estamos claros?

-Es que hay más…

-Basta -lo corto entrando al ascensor-, no hagas que me arrepienta de mi decisión -digo y al fin las puertas se cierran.

Me quedo de espaldas y le doy un golpe al barandal.

Maldición, ¡todo el mundo cree que tiene derecho a opinar en mi vida!

¡¿Qué mierda se creen?!

Ofuscado termino dando un portazo en mi oficina, me asomo a la ventana y cierro los ojos. No quiero verla… y si no fuera por Agustín ni siquiera iría a esa reunión. Solo espero que no se aparezca.

Pensando en eso estoy cuando tocan a la puyera.

-¡Que! -respondo- ¡Ni un minuto me pueden dejar en paz! -resoplo al ver a Raúl.

-Disculpe, señor Costabal, necesito hablar con usted. Es importante.

Resoplo.

-Está bien, dime, qué es eso tan importante que tienes que hablar conmigo.

-Es sobre Beatriz -me dice y ahora sí que lo miro irritado.

-Raúl, esto es una oficina de contabilidad, si no es sobre eso de lo que quieres hablar, te puedes marchar ahora.

-Pero, señor… -insiste con convicción.

-Sal ahora antes de que te quedes sin ascenso, y por supuesto sin trabajo -le advierto con frialdad acercándome a él, amedrentándolo.

Y sí. Sé que estoy ejerciendo todo mi poder, pero que se joda él y esa…

-¡Necesita saberlo! -se exalta nervioso.

-¡No necesito saber ni una mierda más sobre esa mujer! Y que te quede claro, Raúl, ni tú ni nadie tiene derecho a meterse en mi vida privada. -Grito, y soy yo el que sale hecho una furia, ni siquiera me detengo cuando Carmen intenta hablarme.

Primero necesito calmarme, tomar un poco de aire.

Al llegar a la primera planta para poder por fin encender un cigarrillo, cosa que se me ha hecho una odiosa costumbre últimamente, diviso a María José discutiendo con alguien, aleteando igual que una gallina, hasta que me fijo bien y es… ¿Fabián?

«Vaya, vaya, cuñadita… quién te vio y quién te ve».

Cuando ya casi son las dos y ya llevo tres cigarros seguidos veo aparecer a Agustín, seguro el guardia que ahora me sonríe como idiota, le avisó a Carmen que me encontraba acá abajo.

«¡Que nada pueda hacer tranquilo!»

-Mauricio, disculpa la demora, ¿me estabas esperando?

«No lo esperaba, trato de no arrancarle la cabeza a todo el que me hable de esa zorra».

-No se preocupe, Agustín, ¿nos vamos?

Mientras caminamos, ¡él va dándome directrices a mí! De cómo llevar la conversación, que sea claro, pero enérgico, que educado pero que lo amedrente. Y cuando por ultimo me dice que cuide mi carácter y que no increpe a Beatriz por el asunto de los clientes, mi cabeza se gira como si fuera un robot para mirarlo fríamente y me dice:

-Sé lo que hizo, pero también creo que debe haber una explicación, conozco a Beatriz, ella no es así.

-Discúlpeme que le diga, pero ni usted ni yo conocemos a esa… mujer.

-¿Hablas como si tú supieras algo más? -me pregunta con suspicacia en cada una de esas palabras.

-En absoluto -respondo cortante, y desde ese punto seguimos en silencio hasta que llegamos al edificio, y Agustín es el que con caballerosidad pregunta por Bernardo San Martin.

De inmediato aparece un tinterillo y nos lleva a la sala de reuniones. Mmm no está mal, pero los muebles son tan viejos como matusalén, se respira antigüedad.

La puerta se abre de par en par y, por supuesto, aparece él, con ese aire de suficiencia y total desconcierto por no ser solo yo el que está en sus dominios.

Así que le sonrío con arrogancia sin siquiera despegarme del asiento.

-No esperaba verlos a ambos -dice a modo de saludo.

-No te preocupes, no te quitaremos mucho tiempo.

-Perfecto, porque es que justo lo que no tengo.

-Caballeros -comienza Agustín abriendo su portafolio negro de cuero sacando unas carpetas-. Sé que has contratado a Beatriz Andrade para que maneje acciones en la bolsa, pero me parece que no es ético que utilicen clientes de nuestra empresa para que se cambien con ustedes. Desde que tu padre inició esto hemos tenido acuerdos tácitos sobre la lealtad entre ambas compañías.

-Agustín -se acerca más a la mesa para tomar los papeles, en tanto yo tengo los puños apretados para darle su merecido-, está totalmente equivocado, Beatriz no trabaja conmigo como “broker” transando acciones en la bolsa…

-¿Cómo que no trabaja aquí? -lo corto exaltado-. Si yo mismo la vi salir con…

-No lo puedo creer -se mofa a viva voz cortándome la frase, y es cuando Agustín toma mi brazo en que me doy cuenta de que la he cagado.

-Bernardo, vimos los papeles firmado por Beatriz Andrade la semana pasada, no nos trates de hacer pasar por imbéciles.

Solo lo miro, porque ahora sí que deseo borrarle esa sonrisa de un solo puñete bien dado.

«¡Te vi imbécil! ¡Te vi en tu auto con ella! ¡Te vi cenando con ella! ¿Y según tú no trabaja aquí?».

-Denme un momento -pide con parsimonia y levanta el teléfono-, podrías traernos café a la sala de reuniones-dice y cuelga.

-No hemos venido a tomar café, venimos a dejar las cosas claras.

-Tranquilo, Mauricio, yo deseo lo mismo, no es mi intención tener problemas con una compañía como la de ustedes. Pero que una cosa no se les olvide, somos competencia, no aliados.

Justo cuando voy a responderle de mala manera al cabrón por tirar el guante sobre la mesa iniciando el duelo, entra una chica con el café, antes de que deje la bandeja sobre la mesa puedo sentir su olor y mi estómago se aprieta a tal punto que creo que mil agujas pinchan mis intestinos.

-¿Beatriz? -pregunta tan anonadado como yo, mi jefe.

-Don Agustín -tartamudea con asombro y una risita nerviosa, pero al ver que estoy al otro lado de la mesa, se pone pálida-. ¿Señor Costabal?

-Hola, hija…

-¿Pero qué mierdas haces tú sirviendo café? -gruño indignado, mirándola al tiempo que la cucharilla tiembla en su mano, ella ni siquiera me mira.

Noto como por el rabillo del ojo el cabrón de Bernardo está disfrutando de la situación, y más aún cuando le entrega la taza y le dice «aquí tiene señor».

-Gracias. Beatriz, podrías traerme las carpetas que están sobre mi escritorio.

Apenas sale, Agustín es quien lo increpa, ya no tan protocolarmente como siempre.

-¿A qué estás jugando?

-A nada, yo no juego, no es mi estilo.

-¿Y puedes explicarnos que mierda significa lo que ha acabado de pasar? -murmuro apretando los dientes.

-Ah -dice como si nada-, la asistente de mi secretaria nos ha traído café.

-¡Asistente! -exclamo furioso, sé lo que significa ese concepto para cualquier hombre, comenzando porque ese puto puesto no existe si no más para… prefiero no imaginarme nada.

-Beatriz está capacitada para mucho más que ser una asistente, Bernardo, y lo sabes.

-Ahí se equivoca, Agustín, no la conozco, por eso la voy a probar…

-¿Qué mierda acabas de decir? -. Me pongo de pie tirando la silla, perdiendo todos los estribos y si no es por el brazo de Agustín que me aprieta fuertemente ya estaría sobre él.

-No a la violencia, caballeros, por favor -comenta levantando las manos como si fuera una paloma inocente -. Y justo ella vuelve a aparecer, nos mira a todos sin entender nada, pero solícita se dirige a Bernardo.

-Aquí están, señor.

-Puedes retirarte, gracias, y reserva una mesa para dos en el restorán -le ordena solapadamente, pero cuando con descaro le mira el escote, se acabó.

-¿Qué mierda crees que estás haciendo? -bufo agarrándolo del antebrazo, apartando su mirada de ella, o de esa maldita blusa casi transparente que lleva puesta.

Agustín nos mira sorprendidos sin saber qué hacer, y a la única que habla, es a Beatriz para que se retire; ella como un conejo a punto de ser cazado sale rápido por la puerta.

-Sé lo que estás tratando de hacer -murmuro entre dientes solo para él.

-Solo le he pedido una reserva -se justifica mirándonos intercaladamente a mí y a Agustín como si no entendiera de lo que hablo.

-No te hagas el imbécil conmigo, San Martín.

-No todos somos como tú, Costabal, algunos tenemos principios.

-Te lo advierto, San Martín.

-Oh, disculpen -ignora mi advertencia-, Beatriz firmó esos documentos por mí, y solo para que les quede claro, ella ni siquiera sabía lo que la hoja contenía, estábamos ocupados en otra cosa.

Al oír eso dejo de escuchar todo y ahora me pongo frente a él, mirándolo con furia, esperando el primer movimiento para darle un puñetazo, pero tras un par de segundos, Bernardo espeta:

-No sabía que era tuya, ojalá viva lo suficiente… -ante esas palabras solapadas que envuelven un recuerdo retrocedo dos pasos, lo suelto y salgo de la sala de reuniones, choqueado y confundido.

Agustín me alcanza en el ascensor, durante unos minutos no dice nada, y cuando lo va a hacer me detiene.

-No soy estúpido, Mauricio, ¿Qué sucede?

-Jamás te consideraría así.

-¿Entonces? -pregunta con la convicción de saber algo. Pero no me importa.

-Entonces nada, solo creo que la señorita Andrade tiene más capacidades que solo servir café.

-En eso tienes razón, ya hablaremos de ese asunto, pero pareces cansado, porque no te vas a casa y descansas, tienes ojeras, y como diría mi mujer, una siestecita no te vendría nada de mal.

-Estoy perfectamente -aseguro y trato de sonar creíble, porque mi corazón no ha dejado de bombear aceleradamente, incluso supongo que mi presión estará por las nubes.

-Lo dudo, así que como jefe, te ordeno que te vayas a casa -me dice, y con eso damos punto final a la conversación.

En la oficina, nuevamente Raúl intenta acercarse, pero solo con ver el gesto de mi cara se aparta. Tomo mis cosas, le digo a Carmen que cualquier cosa me llame a la casa y me voy.

El silencio de mi hogar me relaja, y malditamente mil imágenes e ideas se me pasan por la mente, y siempre es la misma conclusión, ella y solo ella es la culpable.

La tarde pasa y solo soy consciente de eso cuando ya estoy en total oscuridad, y cuando voy a coger la botella que tengo al lado, se me cae.

-Idiota -murmuro tratando de recogerla, pero no veo ni una mierda, así que resignado enciendo las luces para ver, y al hacerlo siento que esto no es mi hogar, son solo paredes frías que no tienen sentido.

Voy a la habitación de Sofía y el color y su olor me reconfortan un poco. Me siento en su cama y me agarro la cabeza cuando veo una foto de Soledad y de ella. La tomo y murmuro:

-¿Me perdonarás alguna vez?

Por supuesto que no me responde, dejo el cuadrito en su posesión y veo como por detrás hay un dibujo. Ella y ese par de gatos.

Cierro los ojos con amargura y tiro lejos el marco y el vidrio se hace mil pedazos.

No puedo ni siquiera pensar con claridad. La ducha de agua fría al menos me quita el olor a alcohol, y me despeja un poco. Hasta que la tranquilidad se ve interrumpida por el timbre.

-¿Qué mierda quiere el conserje ahora? -murmuro mientras camino a abrir, porque además no toca una, sino ¡dos y tres veces!

-Que es lo que… -no termino la frase al ser consciente de lo que veo.

-Siempre gritando, definitivamente no tienes modales.

-¿Qué quieres?

-Hablar contigo.

-Si es de tu amiga, te puedes ir -digo cerrando la puerta, y justo cuando lo voy a lograr, un zapato masculino se interpone.

-¿Pero qué haces tú aquí y en mi casa?

-Señor, le dije que teníamos que hablar.

-Pues considérate despedido, Fabián.

-Oh, la madurez en persona ha hablado -agrega Francisca, abriendo completamente la puerta, y como si con eso no fuera suficiente, no está sola, además viene todo su equipo y él, ¿qué mierda hace Raúl aquí?

-Raúl, olvídate del ascenso, y a ustedes les digo que si no salen de mi casa ahora, llamaré a carabineros por invasión de casa.

-¿Casa? -habla la tal Claudia mirando el estropicio que tengo.

-Mira, Costabal, haremos esto fácil y cortito -empieza la feminista observando el lugar-, ante todo, entérate que esto de casa no tiene nada, parece…

-Un salón de departamento piloto -acota la única que hasta este momento me caía mejor, la tal Claudia-. Todo está perfecto, en su lugar, es como si no tuviera, vida.

-No he pedido a ningún decorador de interiores, así que guárdense su opinión.

-No hemos venido a hablar de eso -dice Raúl acercándose.

-¿Tiene un computador, señor Costabal? -pregunta Fabián con un pen drive en la mano.

-No.

-¡Pero si no eres pobre! -chilla la feminista poniéndose de pies abruptamente-, ¡¿y cómo trabajas?!

-No tengo que darte ninguna explicación.
-¿Una tv? -quiere saber Paula, que es la más suave de las tres.

Pienso en decirles que no, pero algo en mi interior me dice que eso no los va a detener, y antes de responder escucho un grito:

-En el único lugar decente de esta casa hay un televisor, en la pieza de la niña.

Y como si fueran un batallón ordenado, todos caminan directo a la voz de Claudia, que en cosa de segundos se ha adueñado de mi casa.

Y yo, pasmado, los sigo, aun sin entender nada.

-Costabal, esta niña debiste adoptarla, o habértela encontrado en la calle, es totalmente diferente a ti -dice Francisca.

-Por eso Bea la quiere tanto, ella es pura vida -continúa Paula.

-¿Qué mierda quieren todos ustedes?-me exalto-. ¡Los quiero fuera!

-Sí, señor, nos iremos, pero antes necesitamos que vea esto -acota Fabián encendiendo la pantalla, me giro y lo que veo es irreal, todas sentadas sobre la cama como si estuvieran esperando a ver una película de cine.

-Si quieres apagamos la luz -vuelve a la carga la insoportable-, las porno se ven mejor con la luz apagada.

-¿Qué mierda estás diciendo…? -gruño, no estoy entendiendo nada.

-Señor -me distrae Raúl y es él que con el control en la mano le pone play. Me quedo pasmado, viendo unas escenas que para mí pasan en cámara lenta.

Diferentes imágenes de ella y yo besándonos, tocándonos, y follándonos pasan por la pantalla, y cuando soy consciente que no solo yo las estoy viendo, como energúmenos intento apagar la pantalla, y como no encuentro el maldito botón digital y tampoco escucho a Raúl que me dice que me aparte, volteo el maldito aparato y por el ruido y el estropicio que hace sobre el mueble, sé que está arruinada.

Parpadeo sin entender nada, ¡nosotros! En la oficina, esto jamás me lo habría imaginado.

-¡Así que el par de imbéciles me quieren chantajear! -grito enajenado, abalanzándome sobre Fabián que no alcanza a reaccionar y me mira.

-¡Pero tú de verdad eres imbécil! -siento un tirón de pelo que me lleva la cabeza hacia atrás-. De verdad que eres un weon completo.

-Francisca, ¡suéltalo! -grita otra de sus soldados.

-¡Te voy a moler a golpes, Fabián! -gruño sin importarme nada.

Y de un momento a otro, me veo arrastrado hacia un lado, detenido por todos como si fuera un animal.

Las miro a todas.

Por un momento me bloqueo, tiemblo… no tengo habla, hasta que me sale la voz desde las entrañas.

-¡Pueden decirme qué significa esto!

-Si te calmas podemos -responde con suficiencia Claudia.

-Estoy calmado -grito moviéndome, soltándome del agarre de estas arpías y de el traidor de Raúl-. ¡Hablen!

-Bueno señor, la historia es complicada –empieza Raúl caminando por la habitación.

-Te escucho, Raúl -siseo.

-Antes que hables, Raúl -lo corta la feminista poniéndose de su lado, mirándome fríamente a mí-. Entérate que esto no lo hacemos por ti, sino por la tonta de Beatriz, y su maldita…

-Lealtad -acota Claudia.

-¿Lealtad?, veo que esa mujer les lavó el cerebro a todas -respondo bruscamente-. ¿Cómo se atreven a defenderla en mi casa, en mi cara?

-Señor Costabal, el día que nos vio almorzar juntos con Beatriz, el día que ella iba a firmar su anexo de contrato vio las mismas fotos que usted acaba de ver.

-¿Y? -pregunto en voz baja, con rabia.

-De verdad que eres tonto, Mauricio -suelta Paula, pero continua Raúl, que para ellas es como un gurú en este momento, ¡le obedecen!

-La jefa de recursos humanos le dijo a Beatriz, que si no terminaba la relación, estas imágenes se las enseñaría a don Agustín, que ella quedaría sin trabajo, y aunque a ella eso no le importó, cuando la amenazó con que además de todo a usted lo denunciarían por acoso laboral, ya no encontraría trabajo otra vez, y entonces usted y su hija sufrirían las consecuencias de la cesantía.

-¡¿Y eso le dio derecho a traicionarme?! -suelto bruscamente, demasiado confundido.

-¡Pero tú no entiendes! Beatriz lo hizo por ti y tu hija, ¡para salvarte el pellejo!

-Ella es inocente -habla Fabián-, lo hizo para salvar su trabajo, se sacrificó por usted.

-¿Sí? ¿Y eso le da derecho a hacer lo que hizo?

-¡No! -grita Paula.

-Sí, me traicionó. Ustedes estaban ahí, ¿a tanto llega su solidaridad de genero que aun así la van defender?

-Todo lo que viste en la discoteca fue para alejarte definitivamente, el beso, ese hombre, todo lo hizo por ti y Sofía -. En este momento, siento que la historia me la están contando desde muy lejos, incluso la habitación me está dando vueltas, estoy recordando paso a paso todo lo sucedido esas horas.

-…y lo que vi...

-Nada, todo fue mentira, un beso para que te fueras, luego se llevó al tipo a su casa, ¡no pasó nada! ¡Nada de nada! Solo le habló de ti y agotada se durmió. Te abrió la puerta no para que la vieras, sino porque pensó que éramos nosotras, fue ahí cuando nos contó todo, todo lo que hizo por ti.

-Yo también la juzgué al principio -murmura Claudia-, por su forma de actuar contigo.

-¿Me están diciendo que todo lo que pasó no sucedió? -pregunto confundido.

-No señor, nada sucedió, María José lo planeó todo, sabía de su romance, pidió las cámaras y gestó todo, esperando el momento perfecto para sacarla de juego. Yo lo sé porque mantenemos relaciones hace mucho tiempo, pero quiero a Beatriz, y no es justo lo que le hizo.

-Beatriz es además de tonta, completamente inocente, Costabal -afirma Claudia.

Los miro a todos alternadamente, siento que el mundo se está quebrando bajo mis pies y los recuerdos del viernes aparecen lacerantes en mi memoria.

-Por la puta, ¿qué hice? -murmuro agarrándome la cabeza, tratando de borrar esas imágenes de mi atacan…

-¿Qué le hiciste, hdp? -se abalanza Francisca como enajenada sobre mí.

-¡Creía que era culpable!

-No, no, ¡no lo era! Dime que le hiciste a Beatriz -me grita.

Logro soltarme y camino desesperado al salón, mi vista está nublada. Soy un ctm, me digo a mi mismo moviendo la cabeza de lado a lado, negándome a la atrocidad que cometí.

No sé ni me interesa quien se va o se queda. Solo siento que Claudia se acerca cuando la puerta se cierra.

-Hay más que no sabes. Beatriz renunció a todo, incluso a la indemnización que le pago María José, se quedó sin nada, nosotras prácticamente la obligamos a trabajar con Bernardo.

-¡¿Cómo?!

-Sí, no podía morirse de hambre, suficiente tenía con haberse quedado una semana encerrada llorando por ti, le dijimos que si no buscaba un trabajo en lo suyo, hablaríamos con sus padres, y ella no quiere decepcionarlos por nada del mundo. Es la primera en tener estudios universitarios en su familia, es el orgullo de su madre. Por eso acudió a Bernardo.

-No…

-Sí, y él, otro de tu especie -interrumpe Francisca-, le dijo que inventaría un puesto para ella, como asistente, y por supuesto Beatriz que no sé qué tiene en la cabeza se siente muy agradecida de él. Pero ese imbécil el viernes le insinuó cosas que…

-¡Qué! ¿Pero qué mierda me estás diciendo ahora?

-Pero, hombre, de verdad que eres tonto, Mauricio, le dijo que si quería recuperar el puesto que tenía en tu empresa debería esforzarse, y no precisamente trabajando.

-¡Hijo de puta!

-Por eso la llevó a cenar el viernes, y cuando se dio cuenta de sus intenciones decidió renunciar hoy.

-¡Lo voy a matar!

-Contrólate, por favor.

-¡Una mierda que me voy a controlar!, yo vi hoy sus intenciones -ladró furioso.

-Ya renunció, y por eso y porque hoy supo que…

-Cállate, Paula, eso no te corresponde a ti -la detiene enérgica Claudia.

-Bueno, porque no queremos verla sufrir más hemos venido a hablar contigo, Costabal, así que o le pones punto final a esta historia y hablas con la tal María José, o lo haré yo. A mí me da igual si te quedas sin trabajo, o te mueres de hambre, Beatriz no se merece lo que le está pasando.

-Lo que yo le hice tampoco -confieso con el dolor de mi corazón e inevitablemente lágrimas caen por mis ojos-. Nunca me va a perdonar.

-Lo hará, te ama demasiado, créeme que aunque me molesta profundamente, lo hará -dice en un susurro Francisca. Así como que no le gustara la idea.

Niego con la cabeza y la culpa me cae.

- Nada de lo que yo pensaba sucedió, todo lo hizo por mí y por mi hija, y me comporté como un animal el viernes.

-¡Si le hiciste daño no te lo perdonaré nunca! Me escuchas bien Costabal -dice con rabia ahora Claudia, alejándose como si fuera un monstruo, y sí, no tengo nada que decirle, lo soy.

Me encojo pidiendo disculpas sintiéndome culpable, las observo a todas mirarme y no necesitan palabras para entender lo que sucedió.

-Ahora ya sabes toda la verdad, y si te queda algo de dignidad, déjala en paz, tu maldito orgullo hizo que cavaras tu propia trampa, y por lo que veo, tu solo cavaste tu tumba. Se acabó, Costabal.

-¡No puede! -chilla la calmada de Paula-, no ahora que…

-Cállate -le gritan las dos y Claudia me mira-, me decepcionaste, siempre supe que eras un hdp y un cabrón, pero te di una oportunidad.

-No la… -intento defenderme ante este pelotón de fusilamiento.

-Ni se te ocurra nombrar esa palabra, por supuesto que no lo hiciste, pero lo que hiciste no tiene nombre -vuelve a hablar Paula-, yo me quedé con Bea el fin de semana, y si lo de tu cuñadita no la destruyó, lo que hiciste, tu, sí.

-Soy una bestia, si lo hubiera sabido antes -me lamento mirándolas, pero ahora ellas son unas rocas que me miran sin compasión alguna.

-Eres la bestia que siempre has sido, aunque un tiempo la tuvieras dormida -dictamina Francisca poniéndose de pie, y las demás la siguen-. Nosotras nos vamos, no tenemos nada más que hacer aquí.

-Y ni intentes buscarla, ¡no está en su casa! -exclama Claudia.

-Eso es lo que voy a hacer ahora -digo tomando las llaves de mi auto. Tengo que buscarla, explicarle y suplicarle su perdón, el agobio me está matando, todo esto es mi maldita culpa.

Ni siquiera con la muerte de Soledad me sentí así, entre lágrimas voy conduciendo, quiero darme contra la pared por imbécil, sé que no me va a escuchar, pero aunque tenga que derribar esa puerta la voy a ver.

Ni siquiera me estaciono, y mucho menos le respondo al conserje cuando me abre la puerta del edificio, corro por las escaleras hasta llegar al piso de Beatriz, y pego el dedo en el timbre.

Uno… dos… tres… cuatro segundos pasan y nada. Empiezo a golpear la puerta como enajenado.

-Mi vida, ábreme por favor, ¡sé que soy un cabrón! ¡¡Beatriz!! -grito, pero nada, silencio absoluto, hasta que las puertas del ascensor se abren y veo aparecer junto a don Hugo dos carabineros, no les doy importancia y sigo tocando la maldita puerta que no se abre, a vista y paciencia de todos los vecinos que me están mirando.

-¡Beatriz…!

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