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Cultura - El Mostrador

"Ramal", de Cynthia Rimsky: una historia de viajes y relaciones extrañas en zigzag

por 20 octubre 2011

Cuando el final se aproxima, cuando la última estación aparece en el horizonte, se produce el giro dramático, el que escapa al tono y las voces que se instauraron en la lectura como costumbre, para así cerrar el viaje con la fuerza de la realidad y lo drástico de las decisiones y sus consecuencias.

Un recorrido de 80 kilómetros y tres horas de viaje. Diversas estaciones y las largas esperas porque entre un tren y otro pueden pasar hasta nueve horas. Desde la calle Maruri, en el viejo barrio La Chimba en las cercanías de la Estación Mapocho, hasta las casas de los diversos personajes que el protagonista encuentra en su andar. El protagonista debe recorrer y reconocer el ramal del tren que va desde Talca a Constitución porque está a cargo de un proyecto de recuperación, con el fin de promover el turismo en la zona. Es en esa odisea o viaje, que su vida, pasado y presente, se expresa en el libro con una prosa llena de parsimonia, perfectamente sincronizada con esa vida estacionaria fuera de la ciudad. Como si el tiempo se hubiera detenido en las inmediaciones del Ramal Talca – Constitución.

El viajero, es un padre y un afuerino (“el que viene de afuera”, como se lo denomina constantemente en el libro) que también emprende un viaje de comprensión, que lo haga entender la relación con su hijo y su ex esposa, especialmente con su aires arribistas que la llevan a despreciar la vieja casa familiar de Independencia. Vislumbrar su relación con la casa de Maruri, es ver también su relación con la herencia familiar y la distancia de sus relaciones interpersonales. Especialmente con su hijo, y la incapacidad de generar un vínculo que los una: “El hijo estaba en la casa de la madre y le creía a la madre, estaba tres días al mes en la casa del padre en Maruri y no creía en nada...”

En los siete capítulos que componen el libro, Cynthia Rimsky plantea una historia de viajes y pasos, de relaciones extrañas en zigzag. Los capítulos develan, sutilmente, visiones políticas, sociales y económicas, en un mundo alejado de la rapidez e inmediatez. De esta forma aparecen las precariedades de los habitantes y lugareños, sus desconfianzas, su punto de vista de hechos tan simples como el paso del tren que pareciera marcar el ritmo de vida. Los niños, para ir al colegio, deben cruzar un puente que coincide con la ruta del tren, por lo que deben esperar a que este pase para poder transitar hacia la escuela. Aún cuando la campana haya sonado ya.

En la última vuelta, como espectadores atónitos de lo inesperado, nos enteramos incluso del nombre del afuerino y la drástica decisión de su descendiente.

Por eso se lo plantean al protagonista de la siguiente manera: “Los alumnos de la escuela aprenden primero a traspasar el vacío y después a leer.”

El medio que los habitantes de las cercanías del Ramal tienen para trasladarse (y para comunicarse incluso) está amenazado y a punto de desaparecer, por lo que la presencia del extraño (que a medida que transita por el lugar se hace habitual) y el proyecto de recuperación les abre una pequeña ventana a la esperanza. Pese a los intentos fallidos que durante años solo han  terminado reafirmando su precariedad.

El relato avanza con la intensidad de los viajes lentos, llena de visiones, en vías a punto de colapsar y deterioradas estaciones que mantienen una tensión que se sustenta en el ir y venir de personajes simples. Además, posee un soporte visual que complementa la información entregada y cada foto permite comprender e interpretar de manera libre las palabras. Así se convierte al lector en cómplice de esa sensación de abandono y tristeza, como si la desolación debiese ser compartida.

Cuando el final se aproxima, cuando la última estación aparece en el horizonte, se produce el giro dramático, el que escapa al tono y las voces que se instauraron en la lectura como costumbre, para así cerrar el viaje con la fuerza de la realidad y lo drástico de las decisiones y sus consecuencias. En la última vuelta, como espectadores atónitos de lo inesperado, nos enteramos incluso del nombre del afuerino y la drástica decisión de su descendiente.

Ramal, Cynthia Rimsky. Fondo de Cultura Económica. 2011

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