Imaginando el futuro - El Mostrador

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Ensayo

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Imaginando el futuro

por 13 febrero, 2014

Imaginando el futuro
León de Montecristo es autor de "El último rey" (Minotauro, 2012): http://leon-de-montecristo.blogspot.com/

fahrenheit2Los autores de fantasía y ciencia ficción tenemos una propensión a transformarnos en viajeros del tiempo. Tenemos sueños de engranajes y alas mágicas que nos llevan a abandonar nuestro presente para entrar en nuestros temores y deseos, para dejarnos llevar hacia los intrincados derroteros por los que la literatura quiera conducirnos. A la fecha, no conozco una mejor máquina del tiempo que el acto de imaginar las épocas de las que no hemos sido, ni seremos testigos. Ejemplos hay varios entre los autores clásicos del género, pero hoy recordaré sólo a algunos de mis favoritos.

El maestro Ray Bradbury, en su célebre “Farenheit 451”, imaginó un mundo distópico en el que los bomberos, en vez de apagar los incendios, se dedicaban a provocarlos, quemando libros. En esa novela, Bradbury habló de audífonos con micrófonos y de televisores ultraplanos, algo impensable en esos años y que hoy son una realidad. En el fondo, predecía un futuro dominado por la tecnología en la que, paradójicamente, el hombre estaría cada vez más aislado y más solo. Si miramos nuestro presente, no se equivocó. Y si alguien tiene a bien leer el primer cuento de “El hombre ilustrado”, ¿no verá un par de niños fanatizados por una especie de videojuego virtual?

En la novela “La máquina del tiempo”, una de las obras maestras de Herbert George Wells, un hombre del siglo XIX, el creador de la fabulosa máquina y protagonista de la historia, es capaz de adentrarse casi un millón de años en el futuro. Aquí, alejándose de la corriente imperante de su época —que tras la Revolución Industrial veía en el progreso material ilimitado el destino feliz de la humanidad— H.G. Wells describe, por el contrario, un mundo en decadencia en el que la raza humana se ha degenerado, evolucionado en dos vertientes diversas entre sí, una pacífica que vive en la superficie y otra que habita bajo tierra, que se alimenta de la primera. En ambos casos, la tecnología es precaria, pareciendo que, en vez de realizar un viaje hacia el futuro, se ha retrocedido miles de años en el pasado a épocas primitivas, aunque hay vestigios de la civilización humana que sobreviven en el relato.

Tal vez el más escalofriante de los futuros imaginados por los clásicos del género es el que escribió Aldous Huxley en “El mundo feliz”. Alejándose de la visión opresiva que propone Orwell en “1984” (que coincide con la teoría de la “sociedad de control” y con el elemento panóptico subyacente en ella, que en su momento propuso Foucault), la obra de Huxley nos propone, de forma irónica, un mundo que mezcla las dos grandes corrientes materialistas de su época, comunismo y capitalismo, en el que un “Estado Mundial” se hace cargo de las falencias del mundo sometiendo a la humanidad a una serie de banalidades que le permiten sobrevivir. Es un mundo hedonista que incentiva el consumo a través del control y que controla a través del consumo, que somete a las masas y las destina, en sus diferentes castas, para que cumplan su rol dentro de su posición social. No es muy diferente a lo que en nuestra época sucede con nuestro excesivo amor por el consumismo y por el placer de los sentidos, en que trabajamos y sudamos para comprar cosas y enriquecer a individuos de castas superiores. Somos esclavos libres del consumo y del placer.

Mi favorito, Isaac Asimov, imaginó una civilización de humanos conviviendo con robots primero y luego una humanidad que alcanza los confines de la galaxia, creando una civilización de más de doce mil años, en la que los androides, algo moderno y todavía inalcanzable en nuestro siglo XXI, no son más que parte de historias contadas por las abuelas a sus nietos para hacerlos dormir, como hoy en día podrían serlo los cuentos de hadas y ciertas leyendas. La Tierra, el planeta de origen, no es sino un mito más en ese imaginario. Pero el Imperio Galáctico es también una sociedad que se acerca a su aniquilación, sólo que aún no son conscientes de su actual decadencia.

El elemento común en todos estas predicciones literarias es precisamente que no hay un “mundo feliz”, se mira el futuro con temor, con desconfianza, porque el irreversible presente, siempre en cambio, se nos presenta demasiado agobiante para pensar de que las cosas mejorarán en los años que vendrán. Lo sé y lo entiendo pues yo mismo, al intentar escribir mis propios cuentos futuristas, he dado vida a mundos nebulosos condenados al abismo, en los que el ser humano recibe un merecido castigo por su comportamiento; al jugar a ser un vidente, invariablemente me convierto en juez y en verdugo de la humanidad.

Sin embargo, mi propia visión del futuro, lejos del poder vaticinador que otorgan las letras, es menos dramática y más optimista. Si tuviera que pensar en el futuro a partir de lo que veo en nuestra sociedad actual, como escritor supondría a nuestro planeta transformado en un nuevo planeta Marte, deambulando desolado y estéril, con débiles despojos de humanidad, alrededor de un sol indiferente que sólo observa un cadáver sin moradores dispuestos a adorarle. Y durante un tiempo llevaría a mis personajes al cénit del progreso material, a la vida eterna incluso, al consumismo extremo de los recursos materiales hasta cruzar el límite de la recuperación natural del planeta, justo antes de sumergirlos en un abismo frío sin cielo, ni nubes, ni mares, ni atmósfera.

Pero no es ése el futuro que veo para la humanidad.

Veo en este proceso de autodestrucción de nuestro género la promesa de un mundo mejor. La tierra necesita sufrir el paso del arado para llenarse de oxígeno, a veces el fuego y el agua la destruyen para llenarla de nuevos nutrientes y de paso despojarla de su maleza. La propia semilla debe morir para dar paso a la planta que vive en su interior. Del mismo modo, creo que este mundo necesariamente debe llegar al clímax de su corrupción, atravesar el fuego, la muerte y el granizo, para que, de sus restos, pueda emerger un hombre nuevo con una mayor conciencia de especie, con una visión unificadora y pacífica de la humanidad, libre de toda suerte de prejuicios, con la perspectiva de que todos somos ciudadanos de un mismo mundo.

El hombre del futuro debería obrar maravillas en el planeta, vencer las enfermedades, derrotar los prejuicios raciales, de género, sociales, políticos o religiosos, entender que el progreso material nunca será ilimitado si no va acompañado de un crecimiento en lo moral y en lo social. El hombre del mañana debería ver un venturoso nuevo amanecer y no la penumbra crepuscular que vive hoy en día. Probablemente, cuando ello suceda será el día en que al fin dejaremos de soñar y en el que desaparezcamos también los escritores de ciencia ficción: no habría presente del cual escapar. Bienvenido sea si es el precio a pagar por tan afortunado destino, para que nunca más un autor, al imaginar los días que vendrán, vuelva a pronunciar las célebres y tristes palabras que el gran Ray Bradbury dijo una vez: “En mis libros yo no estaba prediciendo el futuro. Yo quería prevenirlo”.

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