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Crónica

Los aterrados ojos de Ángel Parra

por 16 marzo, 2017

Los aterrados ojos de Ángel Parra
Gritos. Gritos. Vienen de la última cubierta. La más alta. ¡Alarma! Corro con el cubano escaleras arriba. Más escaleras. Más escaleras. ¡La Tita se tiró al mar! ¡La Tita se tiró al mar! Noche muy negra. Luna ausente. Agua negra. Patricio Castillo vuelve a gritar. ¡La Tita se tiró al mar desde aquí! Muestra el punto de la borda. Estoy a su lado con el cubano. Abajo se escuchan órdenes. Inconfundible acento cubano. ¡Todos a sus camarotes! ¡Todos a sus camarotes!

Despierto temprano. Mañana soleada. Julio 1978. Génova. Partimos de viaje a La Habana. No recuerdo si subimos a un bus. Tal vez caminamos al puerto. Somos la delegación del exilio chileno. Festival de la Juventud en Cuba. Estoy parado en el sitio de atraque. Miro hacia arriba: Leonid Sovinov. El barco soviético nos lleva a La Habana.

Mucha gente en el puerto. Viajan delegaciones de Europa. Unas quinientas personas. Subo las escaleras del buque. Veo una piscina en la popa de cubierta. El capitán del barco habla enredado español:

-También tenemos pista baile, tocan Moscovitas dice. Nos miramos entre algunos y sonreímos. Buena noticia. Los latinos somos juerguistas, aunque andemos en política.  

Miro alrededor y veo una melena inconfundible. Ángel Parra. Van los Parra a bordo. Días después me impactarán los ojos negros de Ángel, aterrados en la noche de altamar.

Prohibido entablar relaciones con compañeras del Konsomol. Ellas nos atenderán. Jóvenes rusas. Dos primeros días. Reuniones políticas para entablar relaciones internacionales. Tercer día. Algunos decimos ¡Basta! No queremos más reuniones que las estrictamente necesarias. ¡Hay que disfrutar el viaje! ¿Será único en la vida?

Orden. Prohibido llevar cámaras fotográficas. Al regreso a Chile en dictadura la inteligencia puede descubrir el viaje. Cuba. Pecado mortal. Buena pero lamentable medida. No tengo imágenes de esa odisea.

Sol. Piscina. Moscovitas tocan hasta las dos de la mañana. Pista de baile repleta. Después, a cubierta en popa alrededor de la piscina. Escuelas de Samba del Brasil. Inundan el aire fresco y húmedo de la noche. ¡A bailar de nuevo!

Ángel, Isabel, su hija Tita y Patricio Castillo, que ya no integra Quilapayún. Por las noches, de madrugada, los Parra cantan cerca de la piscina.

No duermo. Paso noches y madrugadas en cubierta viviendo el viaje. Lo exprimo como limón jugoso. El limón se vuelve miel. Cuando amanece vamos a desayunar. Se armó un grupo “interdisciplinario”. Se conformó así no más. Cuestión de piel. Somos unos diez. El desayuno se sirve temprano. No recuerdo la hora. Todo es a la carta. Incluye además almuerzo y cena. En el gran comedor sirven las bellas del Konsomol.

Una noche rompemos las reglas. En la semioscuridad encontramos la pasada. ¡A proa! Nos juntamos con las rusas del Konsomol. Una da el dato a la hora de la cena. Absoluto secreto. Algunas no hablan español. Otras un poquito dicen sonriendo. Pasamos un estrecho pasadizo. Segunda cubierta. Saltamos lonas. Cuerdas. Otros artefactos que llevan los barcos. Hablamos bajito con ellas. Mucha seña. Besos y caricias.

Cinco cubanos van a cargo del barco. Simpáticos. Habladores. Contadores de historias de la revolución.

Cantamos en cubierta las más conocidas de la revolución chilena aplastada. Cantan los Parra. Escuchamos. Salvo que inviten a cantar.

El Leonid sigue su marcha. Imperturbable, hasta entonces. Altavoces. Órdenes en ruso. Suena una sirena. Protocolo, ¡hombre al agua! Pero es ella. El Leonid se aleja. Se aleja. Atrás el mar negro. Noche negra. Cubierta vacía. El Leonid gira. Disminuye la marcha. Bote al agua. Reflectores. Órdenes en ruso. Círculo humano. Rueda de voces. Somos unos siete. Me salvé de irme al camarote. Está Ángel. Los cubanos de seguridad. Otro chileno que no recuerdo. Nunca olvidé los ojazos de Ángel. Miedo. Alarma. Incertidumbre.

María Giovanna me flecha. Italiana sarda comunista. Nos buscamos. Algunas noches pido a mi compañero desalojar el camarote. Habla poco español. Voy aprendiendo italiano. Me hace repetir malas palabras en sardo. Ríe. Cantamos en grupo las de la Guerra Civil española: A ese tren que va a Madrid / le agregaron dos vagones / Uno para los fusiles / otro para los cañones. Las italianas antifascistas: Una mattina mi son svegliato /e ho encontratto l’invasor / O bella ciao… bella ciao… bella ciao… ciao… ciao.  

Taca Taca nos hace gimnasia en cubierta. Romano grandote. Cara de niño bueno. Marca el ritmo:  tacataca… tacataca… Almuerzos y cenas grandiosas. Café cargado al desayuno. Me reanima las amanecidas sin dormir. Una ola crece y roba la paz. ¡Para qué quiero paz en esta selva revolucionaria!

Navegamos a Barcelona. El olor del barco se impregna de sal. Noches oscuras. Sin luna. Mar negro. El sol del día entibia la piel en la cubierta; las noches frías. Barcelona. Suben delegaciones españolas. Crece la selva revolucionaria. Moscovitas y danza. Sudor salado. Dos de la madrugada. Fin Moscovitas. Batucada alrededor de la piscina. Silencio. Alguien canta en solitario. No recuerdo quién. Estoy en el círculo que escucha. Un cubano de seguridad a mi lado. Comentamos algo. Gritos. Gritos. Vienen de la última cubierta. La más alta. ¡Alarma! Corro con el cubano escaleras arriba. Más escaleras. Más escaleras. ¡La Tita se tiró al mar! ¡La Tita se tiró al mar! Noche muy negra. Luna ausente. Agua negra. Patricio Castillo vuelve a gritar. ¡La Tita se tiró al mar desde aquí! Muestra el punto de la borda. Estoy a su lado con el cubano. Abajo se escuchan órdenes. Inconfundible acento cubano. ¡Todos a sus camarotes! ¡Todos a sus camarotes!   

El Leonid sigue su marcha. Imperturbable, hasta entonces. Altavoces. Órdenes en ruso. Suena una sirena. Protocolo, ¡hombre al agua! Pero es ella. El Leonid se aleja. Se aleja. Atrás el mar negro. Noche negra. Cubierta vacía. El Leonid gira. Disminuye la marcha. Bote al agua. Reflectores. Órdenes en ruso. Círculo humano. Rueda de voces. Somos unos siete. Me salvé de irme al camarote. Está Ángel. Los cubanos de seguridad. Otro chileno que no recuerdo. Nunca olvidé los ojazos de Ángel. Miedo. Alarma. Incertidumbre.

Chico, aquí hay tiburones, chico dice un cubano.

Ojos grandes. Opiniones. Pocas posibilidades de vida. Pudo cazarla la hélice. Pudo golpearse al caer. Perder el conocimiento. Ángel mastica palabras de tragedia. Pasan minutos. Más rueda de conversación. El Leonid avanza lento. Media hora. Cuarenta y cinco minutos. Una hora. Sirena. Alarma. Reflectores a lo lejos. Regresa el bote. Tita Parra lesionada. ¡Arriba! Silencio. El Leonid retoma su marcha. Tita salvada. Todos a dormir. Solo los cubanos y Ángel hablan con ella. Prohibido contar el episodio. Isabel duerme. Tita aparece de mañana. Algo rodea su cuello. Toma sol. Taciturna. A Lisboa. El Leonid atraca al puerto.  

¡Oa… Oa... Oa… queremos ver Lisboa! Gritamos. ¡Prohibido! Orden de los cubanos. Insistimos. Nada. Suben delegaciones portuguesas. Grândola Vila Morena/Terra da fraternidade/O povo e quém mais ordena/Dentro de ti ó cidade. Todos a coro. Retumba el Leonid. Cuatro años antes. Revolución de los Claveles. Militares revolucionarios. Derrocada la dictadura portuguesa de De Oliveira Salazar. 25 abril 1974.

Directo a La Habana. 15 días. TacaTaca… TacaTaca… Moscovitas. Noche. Pasaje secreto a proa. Rusas. Piscina. Amanecida. No duermo. Directo al desayuno. Risas cómplices de las jóvenes del Konsomol. ¡Nadie debe saber! Compañero, déjeme solo otra vez en el camarote. Tarde de sol. Óscar Cuervo Castro presenta Casimiro Peñafleta. Monólogo de un prisionero político. Gran concurrencia. Amores por doquier en la selva revolucionaria.

¡La Habana! ¡La Habana! Bajo las escaleras. Beso la tierra de Fidel y el Che. Todos a la Escuela Lenin. Programa completo cada día. Un grupo nos fugamos. Queremos conocer gente común. Solidaridad con Chile. ¡Venceremos! ¡Venceremos! ¡Allende! ¡Allende! ¡Fidel! ¡Fidel! ¡Al yanqui dale duro! Una cubana me saca a bailar el son. Me defiendo… pero… ¡Cuando Chile llora, el imperialismo tiembla, compañero! CDR. Comités de Defensa de la Revolución. Nos hacen homenajes. Pioneros nos llenan de regalos.

Último día. ¡Al estadio! ¡Al estadio! Marchamos bajo lluvia tibia. Llevo una bandera chilena. El cuero del estandarte se moja. Mancha mi camisa blanca. Jugo de guayaba por el camino. Lo regala la gente al paso. Ingresamos al estadio. ¡Hacen su entrada los compañeros de Chile! El estadio ruge. ¡Chile vencerá! ¡Chile vencerá! ¡Chile... Chile… Cuba te saluda! Mis lágrimas se confunden con la lluvia. ¡Habla Fidel! Está ahí, muy cerca. La voz inconfundible. ¡¡Hasta la Victoria, Siempre!! ¡¡Patria o Muerte, Venceremos!!

El Leonid se prepara. Todos sobre el puerto. Entrego carta sellada a un policía. Carta de despedida. ¡Para Mariel Ochoa, por favor! Nunca supe si llegó a ella. Mariel fue más que mi guía en La Habana. ¡Todos a bordo! La Habana está muy lejos.

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