sábado, 22 de septiembre de 2018 Actualizado a las 18:06

Historias de Sábanas

Fin de la primera temporada: “No fue culpa de la lluvia ni de mi jefe, ¡me pasó por caliente!”

por 14 enero, 2018

Fin de la primera temporada: “No fue culpa de la lluvia ni de mi jefe, ¡me pasó por caliente!”
  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

Capítulo 19

Si me hubieran dicho en algún momento de mi vida que estaría compartiendo mi cama con Mauricio Costabal y Soledad, no me lo hubiera creído jamás, y al pensarlo me muerdo el labio para no reír, pero a la gata no le hace gracia y al moverme me entierra las uñas para que no me mueva, así que obediente me apego aún más al cuerpo de mi hdp favorito, y sin saber cómo me quedo completamente dormida.

No sé cuánto tiempo pasa hasta que me despierto. Me siento totalmente atrapada, y como si eso fuera poco, no solo su brazo me rodea, sino que su pierna también, ¡así quien puede dormir! Al menos yo no. Cuando intento despegarme un poquito, Mauricio gruñe como si fuera un animal, pero sigue durmiendo. Aprovecho de acomodarme y, como estamos desnudos sobre mi cama, me quedo embobada, admirándolo, y acaricio su espalda.

Cuando ya son casi las cuatro de la madrugada, creo con el dolor de mi corazón que es hora de despertarlo.

-Mauricio -susurro bajito, pero nada-, es tarde.

Su única respuesta es volver abrazarme, y ahora sí que no me puedo mover, su reacción es tan rápida que hasta Soledad se asusta y salta lejos. Desde la puerta me mira como diciendo “y ahora qué” me muevo un poco y logro zafarme de su agarre, me acomodo de lado y empiezo a darle pequeños besos en su torso. ¡Dios! Esto es una delicia, ¡todo de este hombre me encanta! ¿Me estaré volviendo loca? ¿Más aún?

En un acto inesperado Mauricio literalmente salta sobre mí y ahora sí que no tengo ni una sola posibilidad de moverme.

-Creí que estabas durmiendo –expreso, y él en respuesta mueve sus caderas hacia adelante, cosa que me indica que está listo para la acción. ¡Otra vez!

-Lo estaba, pero alguien interrumpió mi sueño, y por eso debe pagar, señorita Andrade -sonríe con picardía y me da un cálido beso en la frente, a lo que en respuesta le hago un puchero.

-No estoy interrumpiendo su sueño, señor Costabal, estoy simplemente siendo responsable -él levanta una ceja para que siga explicándole, “hombres, claramente piensan con la cabeza de abajo”-. Tienes que irte a tu casa.

-No quiero -susurra cerrando los ojos.

-Pero tienes que hacerlo, mañana llevas a Sofía al colegio, y supongo que tu hermana querrá irse a su casa.

-Puedo irme de acá a las seis de la mañana.

¡¡Dios!! Nada me encantaría más, pero la maldita vena responsable que muy dentro habita en mí me dice que no es correcto y niego con la cabeza.
Mauricio abre mucho los ojos en forma desaprobatoria a lo que digo, y claramente no le importa mucho, ya que se queda en la misma posición, toma mis manos y las levanta por sobre mi cabeza.

-¿Segura que quieres que me vaya?, ¿ahora?

En cosa de segundos mi vena responsable se va a las pailas, tenerlo desnudo sobre mí hace que me excite de inmediato, se me seca la boca con lo que sé que va a pasar a continuación. Me mira por unos segundos deteniéndose justo en mis senos.

-No quiero que te muevas, y espero que puedas obedecer una simple y pequeña orden.

-¿Qué… qué vas a hacer? -pregunto realmente interesada.

-Nada que no te guste, o que ya no hayamos hecho antes -confiesa con fanfarronería-. ¿Dejarás las manos arriba? -me pregunta ahora sentándose sobre mí. Asiento con la cabeza lentamente porque no sé si podré realmente dejar las manos arriba y no tocarlo, pero al menos lo intentaré.

 -¡Te quiero, Beatriz! Te necesito a mi lado siempre -me dice jadeando, sin dejar de moverse-, quiero que te vayas a vivir a mi casa –susurra.

Su sonrisa me dice que está disfrutando de lo lindo, y que ya tiene algo planeado en su cabeza, y claro, no tengo que ser adivina para saber qué es. Lentamente se agacha y primero besa mis senos con mucho cuidado, para luego empezar a lamerlos como si fueran un verdadero manjar. Por instinto mis manos bajan a su cabeza y son sus dientes los que me advierten que no lo haga.

-¡Mauricio! -chillo en protesta, y en respuesta sin sacar sus dientes me hace subir las manos y lame con suavidad entreteniéndose más de lo que yo quisiera porque siento que me estoy quemando. Su lengua húmeda y caliente me tiene totalmente desesperada. ¡Y yo que lo quería echar!

Justo cuando voy a mandar mi promesa a la mierda, él levanta la cabeza y susurra soplándome los pezones, erectándomelos aún más.

-¿Tiene calor, señorita Andrade? -pregunta y mira directamente mis brazos que están levantados-, te voy a morder de verdad la próxima vez.-Me advierte y juro que estoy a punto de contestarle y mandarlo a la mierda, pero cuando su boca baja de nuevo, mi calentura gana y jadeo de auténtico placer, en tanto él ya comienza a bajar por mi vientre y juro que nunca en mi vida me hubiera imaginado que una lengua (¡pero qué legua!) en mi ombligo hiciera estragos en mi entrepierna, que se abre solita para recibir lo que viene.

La lentitud de su lengua es una verdadera tortura, lo sabe y por supuesto que lo está disfrutando. Jadeo como si hubiera corrido una maratón. Y juro que lo intento, intento no bajar las manos, pero es que me tiene desesperada y mis caderas también lo saben y se empiezan a mover, apurándolo, hasta que cuando al fin llega a mi pelvis simplemente mis manos bajan su cabeza un poco más, ¡¿y qué hace él?! ¡Me muerde el clítoris!

-Sube las manos -me ordena en su todo habitual hablándome entre dientes, y antes de que me lo repita junto mis manos y me afirmo del cabecero de mi cama. Su lengua comienza a lamerme sin parar, mi cuerpo lentamente se va perdiendo en un cúmulo de sensaciones placenteras. Cuando uno de sus dedos se introduce dentro de mí, friccionándome, siento que ya no puedo más. No sé si es su lengua, sus labios o sus dedos, pero una corriente eléctrica empieza a recorrerme desde la punta de los pies subiendo rápidamente hasta mi vientre, arrastrando toda mi cordura a su paso. Y así sin mucho más y sin aviso previo, estallo.

-Ya… para… para –pido, ruego, porque de verdad siento que el corazón se me va a salir. Utilizando la poca fuerza que me queda y, sin importarme las consecuencias, bajo las manos y lo agarro del pelo para que suba y me penetre como tanto lo necesito.

Y así lo hace, de una sola embestida llega al final, y aunque en un principio me resisto toma mis labios y, sintiendo mi propio sabor, alarga mi placer. No sé cómo y en un movimiento muy de cabrón voluntarioso, me tira hacia su cuerpo y ya es imposible que estemos más pegados, ni aire pasa entre nuestros cuerpos. Sus labios me están devorando y aunque me asfixie aquí mismo, no pienso separarlos. Esto es más de lo que nunca imaginé. Incluso puedo sentir latir el corazón de Mauricio, y cuando creo que ya no puedo respirar, el beso es reemplazado por pequeñas mordidas que son simplemente deliciosas.

-¡Te quiero, Beatriz! Te necesito a mi lado siempre -me dice jadeando, sin dejar de moverse-, quiero que te vayas a vivir a mi casa –susurra, y antes de poder entender, contestar o reaccionar su boca ataca la mía y él, con una última embestida, llega al final, arrastrándome a mí también.

Yo… ya he dejado de pensar. Mi cabeza cae hacia atrás. Nos separamos. Con cuidado, él me acomoda en la cama, como si fuera una muñeca de trapo. No tengo ni un poquito de fuerzas, mi energía ha sido consumida completamente.
Pasan unos segundos en silencio, hasta que Mauricio se pone de lado me mira y pregunta:

-¿No me responderás nada?

-Qué quieres que te diga -reconozco bajito, porque no sé si me lo dijo en un momento de euforia o de verdad.

-Perfecto, veo cuánto te importo, o sea para ti no soy nadie -responde en tono osco, poniéndose de pie, comenzando a vestirse.

-Mauricio, escúchame, esto…

-No quiero escucharte ahora -me corta sin siquiera mirarme, termina de vestirse y a pesar de que creo que no lo hará, rodea la cama y me da un frío beso en los labios, luego sale de la habitación y tiene un pequeño encontrón con Soledad, porque hasta acá escucho su maullar y el improperio que Mauricio le da.

Me agarro la cabeza a dos manos y me tiro hacia atrás sobrepasada totalmente por la situación. ¡A quién le dicen así y de sopetón que se vaya a vivir a su casa! ¿Y su hija? ¿Y su familia? ¡Dios! ¿Y calienta José? No, esto es demasiado incluso para mí. ¡Es una locura sin pies ni cabezas, si no nos conocemos tanto!
Pasan veinte minutos, ya casi son las seis de la mañana y yo aún no me puedo dormir. La verdad es que no sé qué hacer. A pesar de la hora tomo mi teléfono y le escribo a mi feminista favorita, para cualquiera no sería la persona más idónea para preguntar, debería ser Claudia, pero sé que ella me dirá la verdad.

*Sé que es un poco tarde, tal vez veas el mensaje por la mañana, pero necesitaba contártelo. Parece que Mauricio me dijo que me fuera a vivir con él.

05:52

Cierro los ojos para infundirme valor, pero el tono de llamada entrante me hace saltar. Lo cojo y al ver quién es aprieto más los ojos.

-¿Te desperté?

-No, si estaba cenando -me responde con voz de sueño.

-Perdón.

-Me puedes explicar en castellano y si fuera posible en mi idioma qué es lo que me escribiste, o estás ebria y no sabes lo que dices -me suelta un tanto enojada.

-Lo… lo que leíste.

-¿Cómo que parece que te dijo? Sé clara, o anda a lavarte la cara y así te despejas y me cuentas mejor -me dice y desde aquí sé que ha encendido un cigarro, ¡y eso que nos dijo que los dejaría!

-Estás fumando -la acuso.

-Sí, claro, tengo siempre uno en mi velador cuando los nervios me atacan, y con la bomba que me tiraste amerita no uno, sino una cajetilla, pero no tengo. Así que te puedes explicar, “cómo es que crees”.

-Bueno, eh…, estábamos, ya tú sabes en qué, y de pronto me suelta que me vaya a vivir con él, así de repente, de rompe y raja.

-¿Y tú que le respondiste, Beatriz Andrade?

Mierda, si es nombre y apellido es porque la conversación es seria.

-Le dije… le dije…

-¡Dime de una vez que le dijiste, mujer, por el amor de Dios! -chilla cortándome toda la inspiración.

-Nada, ¡le dije que no sabía! -exclamo de vuelta, tirándome sobre la almohada.

-Beatriz -habla muy pausada y despacio-, dime por favor que me estás tomando el pelo y no le respondiste soberana estupidez.

-Cómo que soberana estupidez -me defiendo, volviéndome a sentar.

-Por supuesto que es una estupidez, cómo mierda se te ocurre responderle eso a Mauricio, tú sabes, o mejor dicho, ¿te imaginas cuánto lo debe haber pensado ese hombre para pedírtelo?, ¿y qué haces, tú? No le respondes, y como si eso fuera poco, ¡no lo tomaste en serio! Qué tienes en la cabeza a parte de pelo, ¡acaso las neuronas te flotan! -me grita exasperada y eso me molesta.

-¿Me puedes decir qué te pasa? Se supone que eres mi amiga, no la de él para que lo estés defendiendo tanto -le suelto.

-¡Beatriz Andrade! No lo estoy defendiendo, ese hdp me cae como patada en el hígado, que te quede claro, pero una cosa es eso y otra muy distinta que vea la situación tal y como es.

-¿Y cómo es según tú?, ¡ah…!

-¿De verdad quieres que te lo explique?

-Si no, no te lo estaría preguntando.

Francisca suspira no una, sino dos veces, le da un par de caladas a su cigarrillo y como si fuera mi madre empieza a hablar pausadamente:

-El cabrón te abrió las puertas de su casa, de su vida y de su corazón, y no conforme con eso es capaz de decirte que quiere que vivas con él, con todo lo que eso significa.

-Claro, mucho, imagínate yo tengo mis cosas mis…

-¡Pero tú eres tarada! -me vuelve a cortar con un solo grito-, deja de pensar que eres el centro del universo, aquí en esta historia no lo eres, ¡es su hija! Esa niñita es su vida y él, por muy cabrón que sea, te está ofreciendo absolutamente todo, te está abriendo la puerta a su vida, a su hija, que es lo único que tiene en esta vida, ¿que no lo ves?

-Visto así -murmuro.

-Bea…, no es visto así, es así, vamos, amiga, piénsalo un poco, piensa en cómo es él y todo lo que le debe haber costado…

-Me lo dijo cuando estaba a punto de acabar -ahora soy yo la que la corta, tanta defensa férrea hacia Mauricio me pone los pelos de punta.

-¡Con mayor razón entonces! Ese es un momento mágico en que no solo son los cuerpos los que se conectan, sino que el alma y el corazón se unen en un solo ser, sintiendo lo más bonito que existe, es más que amor, más que calentura, más que sexo, es…, es un todo, es lo más importante que tiene un ser humano, porque no se gana, no se compra, solo se siente, y esa conexión la tienes solo con la persona indicada, ese que no solo te movió las hormonas, es la persona que tocó algo tan profundo de ti que crees que cuando no estás con él estás vacía, es como si te faltara una parte. ¿Me entiendes?

-Fran… -susurro asombrada.

-Qué, ¿crees que yo no tengo sentimientos? -ahí vuelve la Fran de siempre.

-No, es que no pensé que…

-Ese es el problema, amiga, no estás pensando, y eso sí es grave. Te voy a hacer una sola pregunta y contéstamela con total sinceridad, aunque no sea bonita la respuesta. ¿Te ves criando a la hija de Mauricio junto a él?, ¿te imaginas caminando por el parque con ese hombre cuando sean viejos?
Lo pienso un momento y no sé por qué el corazón se me acelera.

-Sofía es una niña increíble, y aunque la he visto muy poco, siento que la quiero.

-Eso no es lo que te pregunté, yo también quiero a la hija de mi vecina, es una niña muy simpática. Respóndeme realmente la respuesta.

Lo pienso unos segundos y mi sonrisa se enancha de solo pensarlo.

-No sé si me veo criándola, esa es la verdad, pero sí me veo al lado de Mauricio y de Sofía, me gusta su compañía, me gusta sentirme parte de la vida de esa pequeña y que ella me considere, quiero enseñarle cosas, quiero mostrarle que la vida es linda a pesar de lo que le pasó a su madre, y bueno… con Mauricio me veo de todas formas, solo que nunca me lo había planteado así.

-Entonces, amiga.

-Entonces no sé -resoplo agotada mentalmente-, tengo 25 años.

-¿Y qué? ¿Eres queso, vino o algo por el estilo que te estás midiendo en años? -resopla.

-No, claro que no, pero… y si no me la puedo y los defraudo, esto no es como cambiarse de trabajo, ¡es serio!

-¿Puedo hacerte otra pregunta?

-Obvio.

-Cuando te viniste a estudiar a Santiago, y vivías en la pensión de la señora Ana, ¿siempre pensaste en que terminarías la carrera?

-No…

-¿Pensaste que a los 23 años estarías pagando un dividendo?

-Me ayudaron mis padres…

-Estúpida, respóndeme como adulta.

-No, jamás pensé que todo me saldría tan fácil -contesto con total sinceridad.

-Es por eso, amiga, es porque todo te ha salido más fácil de lo esperado que ahora tienes miedo, y crees que no te la vas a poder, pero escúchame bien, Beatriz Andrade, eres una mujer fuerte, valiente y decidida, solo tienes que darte un voto de confianza. ¡Tú puedes! Y aunque solo lo reconoceré esta vez, Mauricio Costabal es el hombre de tu vida. Date esa oportunidad, no seas como yo que teniendo todo para ser feliz, dejé ir a Roberto por cobarde.

-Y si…

-Y si nada, el que no se arriesga no cruza el río, y es peor, ¡se ahoga!

-Voy a hablar con él mañana.

-¡No! Llámalo ahora, ¿por qué vas a esperar?

-Porque son las seis de la mañana ponte tú.

-Ah, y a mí sí me puedes llamar -me aguijonea-, deja de ser cobarde y llámalo ahora.

-Fran…, gracias.

-Las gracias las hacen los monos en el circo, las amigas estamos para esto, pero una cosa sí te diré, sigo pensando que Costabal es un cabrón.

-Te quiero, loca.

-Y yo a ti, ¡pero llámalo!

Y así, sin más, me corta el teléfono. Miro el aparatito y marco su número, mientras espero camino por mi habitación que huele a él, a sexo y a amor. Y tras esperar el tercer pitido la llamada se corta. Miro el teléfono sin entender y vuelvo a marcar, pero ahora se corta al segundo toque.

«Qué te has creído que no quieres hablar conmigo, imbécil».

Vuelvo a marcar el teléfono y sucede lo mismo de nuevo, al hacerlo por cuarta vez y obtener la misma respuesta me rindo. Me siento en el sillón del living y de inmediato Soledad se sube a mis piernas.

-¿Verdad que es un tonto Mauricio?

La gata me mira, me mira y me mira, hasta que como si entendiera lo que digo me hace un desprecio y gira la cabeza.

-Ah, claro, ¿tú también lo vas a defender, también crees que yo tuve la culpa? -le hablo a Soledad como la loca de los gatos, y cuál es mi reacción al escuchar un “miau” tipo afirmativo para que, a continuación, se vaya con la cola bien en alto la desgraciada. Haciéndome sentir culpable de verdad.

Al otro día muy temprano llego a la oficina, y aunque estoy tentada en pasar por el cuarto piso, sigo de largo en el ascensor. Mi trabajo ahora está varias plantas más arriba.

Rápidamente me sumerjo en el trabajo, ¡me encanta! Y cómo si eso no bastara mis compañeros, en su mayoría todos hombres, son de lo más amables, ni cuenta me doy en cómo se me pasa la mañana, y justo cuando dan la una y me estoy levantando para ir a almorzar, aparece don Agustín.

-¿Beatriz, qué te parece si almorzamos juntos?, no hemos tenido tiempo de celebrar tu ascenso.

-Eh… sí claro, don Agustín, ningún problema –respondo y pienso en que la posibilidad que tenía de ver a Mauricio se ha esfumado como el agua entre mis dedos, no me contestó ni una sola vez el teléfono durante la mañana, y para colmo de males le pidió a Carmen que no le pasara llamadas y como si eso fuera poco, desconectó su directo.

El gran jefazo va hablándome algo trivial, mientras bajamos por el ascensor, hasta que de pronto las puertas se abren en Recursos Humanos y, cuál es mi sorpresa, al ver a calienta José y a Mauricio parados enfrente, ¡sonriendo!

-¡Don Agustín! -exclama la jefa de RRHH entrando feliz, le da un par de besos en las mejillas y se pone a su lado. Mauricio pasa por mi lado sin siquiera mirarme y lo saluda protocolarmente.

-Estábamos viendo el contrato de la señorita Andrade -habla el cabrón, dando una explicación que sé que va dirigida a mí, pero si él no me quiere mirar, ¿por qué tengo que hacerlo yo?

-Ya es hora de almuerzo, hombre, no hablemos de trabajo, de hecho en este momento vamos a celebrar con Beatriz.

-Maravilloso -aplaude ella-, nosotros también vamos a almorzar, ¿podríamos hacerlo los cuatro?

-No es necesario que interrumpamos la celebración de la señorita Andrade -le responde Mauricio y, mirándome, prosigue-, me imagino que tienen muchas cosas por qué brindar.

-A mí me parece perfecto -dictamina el gran jefe-, almorzamos todos juntos, después de todo, tú eras su jefe anterior.

-¡Sí!-vuelve a chillar la insoportable-, esto será como un cambio de mando.

-Mejor dicho, imposible.

-Yo no tengo nada que celebrar, tengo demasiado trabajo.

-Pero tiene que almorzar, señor Costabal -me atrevo a decirle.

-No tengo hambre, anoche comí algo que me cayó pésimo al estómago.

-¿En serio? ¿Y qué fue? -pregunta María José, tomándolo del brazo. Él se deja.

-Algo que seguro no estaba lo suficientemente maduro –suelta, mirándome directamente.

-Con mayor razón entonces, hombre, te vienes con nosotros.

Ante esas últimas palabras, el señor Costabal no tiene nada que objetar y los cuatro caminamos por la calle hasta llegar a un restorán en donde comen los más altos ejecutivos de la ciudad. Es un lugar refinado y he escuchado que la comida es deliciosa.

Al llegar, nos llevan a una mesa reservada para don Agustín, él de inmediato pide pisco sour para brindar.

Intento ser educada y responder a todas las preguntas que me hacen, conversamos un poco de todo, pero cuando ahondamos en la familia, María José salta de verdadera alegría.

-¿Estás emocionado, Mauri, por lo de esta noche? Porque lo que es yo, estoy que me subo por las paredes de los nervios.

-¿Qué hay esta noche? -pregunta don Agustín, y justo cuando mi cabrón favorito va a responder se le adelanta María José.

-Sofía tiene su primera presentación en una obra del colegio.

Mi cabeza se gira automáticamente hacia Mauricio, es como que estuviera esperando una explicación, ¿por qué no me lo dijo?

-¡Vaya! Me imagino que debes estar muy emocionado- interrumpe mis pensamientos el gran jefazo.

-Sí, mucho, aunque podría estarlo más -dice y de inmediato se da cuenta de su error.

-Si es por el trabajo, no te preocupes, tómate la tarde libre.

-Gracias, pero no es necesario, tengo todo cubierto, María José la ayudará en todo lo que necesite esta noche.

-Vaya… -se me escapa del alma con un dejo de rabia, pena y dolor.

-Así es, señorita Andrade, ¿tiene algo que acotar?

-No, o en realidad sí -le digo molesta-, uno nunca termina de conocer a las personas.

-Lo mismo digo yo, sobre todo al sexo femenino, muchas veces no son capaces ni de entender ni de pensar, pero sobre todo de madurar.

-¿De qué hablas, Mauricio?-interroga don Agustín, que no entiende nada.

-Nada, fue solo un pensamiento hablado, nada que valga la pena repetir –recalca, escrutándome con la mirada. Siento que una daga se clava justo en medio de mi pecho.

María José, que de tonta no tiene un pelo, se queda mirándolo muy pensativa para mi gusto, es más, incluso ahora es como si un rayo callera por su cabeza iluminándole las ideas, ¿cuáles? ¡Ni idea!

Pido permiso para ir al baño, necesito tomar un poco de aire y reponerme de lo que he escuchado, sé que está dolido, pero tampoco es para que diga esas cosas, me duele, y me afecta de verdad. Después de mojarme la cara vuelvo, y ahora veo a un tipo bien parecido conversando animadamente en la mesa, en otro momento lo habrías encontrado atractivo, pero al lado de Mauricio, al menos para mí todos se opacan. El nuevo comensal al verme se levanta de mi asiento.

-Disculpa, estaba usando tu silla.

-No se preocupe.

-Claro que sí, que imprudencia de mi parte.

-Bernardo, acerca otra silla y comparte con nosotros -le dice don Agustín y ahora la cara de Mauricio ha cambiado. El tal Bernardo se sienta a mi lado, se presenta y me da un sonoro beso en la mejilla, que siento que dura un poco más de lo debido.

-Hace mucho que no te veía, Mauricio, ¿mucho trabajo?

-Lo normal -responde seco y cortante.

-Pero he sabido que tu cartera de clientes se está agrandando rápidamente, nos dejarán fuera si siguen así -bromea sonriendo.

-Me imagino que a ti también te ha ido bastante bien, eso al menos se rumorea.

-Pero claramente no tanto como a ustedes -habla mirando a los hombres-, nosotros no tenemos este tipo de bellezas en la consultora.

-Te dejaré mi curriculum si necesito trabajo algún día -responde María José, coqueteándole directamente, ¡descarada!

-¿Y el tuyo? -me pregunta a mí.

-Yo estoy celebrando mi ascenso justamente ahora -contesto levantando la copa.

-¡Mejor aún! Carne fresca para el mercado bursátil.

-¿Y crees qué esto es una carnicería? -bufa Mauricio apretando los dientes.

-Todo se vale, y si trabaja con Agustín, es buena de verdad -responde cerrándome un ojo.

-Así es, Bernardo, pero la señorita Andrade está fuera de tu alcance -comenta el gran jefazo sin darle importancia a lo que dice el nuevo invitado.

-Todo es negociable en esta vida, y sobre todo en este medio -dice y delante de todos saca su tarjeta de presentación y me la entrega-, cuando quieras pactamos una reunión, y no tiene que ser únicamente de trabajo.

En ese mismo instante veo cómo la cara de Mauricio se transforma y arrastra su silla hacia atrás en un gesto bastante violento para mi gusto, yo para poner paños fríos a la situación le devuelvo con una fingida sonrisa la tarjeta.

-Estoy muy bien en mi puesto de trabajo, Bernardo. Muchas gracias de todas maneras.

Con eso la bestia que está a mi lado parece quedarse más tranquilo. María José nos lleva por una conversación diferente para que todos podemos participar. Aunque de igual forma este hombre se las arregla de repente para decirme uno que otro cumplido, y la verdad es yo ya me estoy incomodando, sobre todo cuando en un acto relajado pasa su mano por el respaldar de mi asiento.

-Bueno -digo para zafarme-, antes de volver a la oficina tengo un par de cosas que hacer, si no le molesta, don Agustín, me gustaría retirarme ahora para no llegar atrasada.

-No hay problema, hija.

-Yo también me voy -anuncia Mauricio poniéndose la chaqueta.

Él sale primero, y yo apuro el paso para alcanzarlo, cuando estamos afuera literalmente corro para alcanzarlo, lo tomo del brazo para detenerlo, pero él hace un movimiento y me suelta.

-¿Por qué no me contaste lo de Sofía?

-Porque hoy es miércoles, tu día de chicas -se mofa abiertamente.

-Pero esto es importante para ella.

-¿Y eso acaso te importa?

-¿Podemos hablar?

-No tengo ganas.

-Mauricio, por favor, no seas niño chico.

-¡Yo! Niño chico -se gira hacia mí con la mirada furiosa-, ¿estás segura que soy yo el pendejo en esta relación?

-Tenemos que hablar, pero calmadamente.

-No tengo tiempo ahora -espeta y sigue caminando, lo primero que pienso es en seguirlo, pero sé que estando así no conseguiré nada, y lo que tengo que hacer ahora es realmente importante, y claramente no tengo mucho tiempo.

Voy directo a una juguetería y compro un peluche con forma de gato, pido que me lo envuelvan de morado y luego voy a la oficina de mensajería exprés, quiero que Sofía reciba esto en su casa antes de la presentación. Le escribo unas líneas deseándole suerte y diciéndole que estoy segura que todo saldrá maravilloso, que ya me contará todo el fin de semana. Y con mi cometido hecho vuelvo feliz a mi trabajo.

A las cuatro de la tarde, cuando estoy totalmente imbuida en un informe financiero, sacando cálculos para entregárselo a un compañero y que así pueda poner las acciones en la bolsa, con muy mala cara aparece por la mampara de vidrio el señor Costabal, ni siquiera saluda a la secretaria de don Agustín y entra directamente hasta su oficina, varios minutos después, con el mismo semblante enojado pero creo que un poco más relajado, sale y se para frente a mi escritorio y con voz autoritaria me ordena:

-Vamos, necesito los informes de “Social Company” para la auditoria interna –levanto las cejas y la boca automáticamente se me abre, ¿qué mierda es “Social Company”?-. Es para hoy, señorita Andrade, muévase.

Ante esas palabras claramente no tengo mucho más que decir, me levanto de la silla y lo sigo al ascensor. Y cuál es mi asombro cuando en vez de apretar el botón que indica el piso cuatro, aprieta el del subterráneo.

-¿A… adónde vamos?

-Bueno, no querías tanto hablar conmigo -dice con una sonrisa verdaderamente maquiavélica.

-Pero podía ser en otro momento, cuando estuvieras más… ¿tranquilo?

Nos subimos a su auto y a él ni siquiera le importa quién nos pueda ver, acelera de tal forma que los neumáticos rechinan en el pavimento encerado. Pasan varios minutos y solo hay silencio, como sé a lo que vamos y es él quien no me quiso escuchar ni anoche ni hoy, espero a que comience. Miro los árboles pasar, hasta que al fin suelta la primera frase:

-¿Tan poca cosa me consideras en tu vida que ni siquiera puedes darme una respuesta? -lo dice con un tono lleno de reproche, tan bajo que me aterra. Cierro los ojos, no quiero discutir y menos mientras va manejando.

-No quiero discutir en el auto, es… peligroso.

-Tampoco quiero discutir, Beatriz, pero explícame por qué mierda no eres capaz de darme una respuesta, positiva o negativa. –sus manos aprietan tanto el manubrio que sus nudillos están casi blancos y sé que está tratando por todos los medios de controlarse-. ¡Pero dime algo!

-Anoche no te puse tanta atención, o sea, no es que no te escuché, pero me lo dijiste en un momento tan… ¿extraño?

-¿Extraño? O sea que tú crees que yo voy por la vida diciendo «te quieres ir a vivir conmigo» sin pensarlo ¿y solo porque estaba acabando?

Lo miro mordiéndome el labio.

-Me estás malinterpretando.

-¿Crees qué no entiendo lo que me acabas de decir? Crees que puedes decirme «¿Qué quieres que te diga?» a una pregunta tan importarte sin hacerme mierda por dentro -me mira fugazmente y un auto nos toca la bocina,

haciéndolo volver la vista al frente.

-Nunca pensé en hacerte daño -murmuro bajito.

-Exacto, no lo pensaste, ¿y sabes por qué?

Niego con los hombros y vuelvo a mirar hacia afuera, prefiero esto a verle su cara llena de rabia y rencor.

-No pensaste porque eres una pendeja arrebatada que jamás ha medido las consecuencias de sus actos.

-Me vuelves a decir pendeja y juro por Dios que me bajo del auto -le respondo girando la cabeza como la niña del exorcista, ¿y su reacción cuál es? Descargar su rabia contra el manubrio, gira bruscamente y de pronto se detiene en seco, si no es por el cinturón de seguridad seguro me estampo contra el parabrisas.

-¡Eres una pendeja! -se exalta.

Sin siquiera mirarlo, me desabrocho lo más rápido que puedo el cinturón de seguridad y me bajo del auto, porque lo que siento en este momento no es sano, quiero partirle la boca de una sola bofetada, y como estoy loca después…, después me gustaría quitarle el dolor a besos.

-¡Si yo soy una pendeja, tú eres un soberano cabrón! Pero al menos lo pendeja como dices tú se quita con el tiempo, en cambio lo tuyo es crónico e irreversible, y por si fuera poco ¡va en aumento! -le grito a todo pulmón y esta vez es a mí a la que no le importa quién nos mira o escucha, ¡se pueden ir todos juntos a la mierda!

Mauricio no me responde nada y yo sigo furiosa caminando, hablar con ese hombre es imposible, no razona, no piensa y lo peor es que no es capaz de entender nada porque su mente es más cerrada que un cuadrado. Menos mal que estamos cerca de la oficina, solo quiero llegar y estar tres pisos separada de ese maldito hijo de su santa madre, que no la ofendo únicamente porque me cae bien. ¡¡Pendeja yo!! ¿Y él qué es?

Mientras voy a paso firme y sin siquiera darme cuenta, siento como me toma del brazo y me gira poniéndome justo en frente de él. Ruge como animal rabioso, toma mi cara con sus dos manos y su boca se apega a la mía bruscamente, sin pedir permiso. Con los ojos abiertos como plato, veo como la gente que pasa por el lado nos mira y comenta. Su boca furiosa, ayudada por sus dientes, me obliga a abrir la mía y es cuando su lengua rabiosa y cálida entra, calmándolo al menos un poco. El beso deja de ser tan violento. Tengo una y mil sensaciones. Mi razón se nubla. Mis manos toman vida propia y me traicionan abrazándolo.

Mauricio apega las manos a mi espalda y me acerca tanto que incluso puedo sentir los botones de su camisa en mi pecho aprisionándome. Cuando a él le vuelve la cordura, porque sería mentira arrogármela yo, vuelve a tomar mi cara, pero esta vez con tanta suavidad que me emociona, «sí, así de tonta soy».

-Necesito una maldita respuesta -gruñe volviendo a ser el animal de segundos anteriores.

Me aparto un par de centímetros y alzo la vista, está nervioso y podría jurar que su barbilla está temblando.

-¿Habrá alguna vez que podamos tener una discusión normal, cómo la gente civilizada?

-Es que tú me desesperas, nunca sé qué esperar de ti.

-Esa nunca ha sido mi intención, al menos no anoche -reconozco con total sinceridad.

-Entiendo que fue precipitada mi propuesta, pero no tengo quince años -

Niego con la cabeza con la culpa instalada en mi semblante-, siempre he intentado mantener el control de mis actos, tengo mis arrebatos, no lo niego, pero sé lo que quiero y lo que pienso, te lo comunico abiertamente, pero tú-. Menea la cabeza como buscando la frase correcta para no volver a cagarla-, eres tan impredecible que nunca sé cómo vas a reaccionar, rompes el molde, mis reglas y me haces desear cosas que jamás imaginé que quería volver a experimentar, pero esta vez es diferente, no es por obligación, no es porque es lo que corresponde, es simplemente de aquí –dice, agarrando mi mano, llevándosela a su agitado corazón-. Quiero estar contigo siempre, quiero que seas parte de mi vida y yo de la tuya, ¿es irracional lo que te estoy pidiendo?
Suspiro desde lo más profundo de mí y niego con la cabeza, tomo su mano y ahora soy yo la que la pone sobre el corazón.

-A veces -tomo aire-, para salir del infierno tienes que hablar con el mismísimo diablo.

-No entiendo.

-Anoche… anoche después que te fuiste hablé con Francisca -ahora es él quien levanta una ceja asombrado-, y fue ella la que me hizo entender lo que realmente me pedías.

-¿Y…? -pregunta tan despacio que apenas lo oigo, y ahora sí que está temblando, y no me lo estoy imaginando.

-Quiero…, pero también deseo hacer las cosas bien. Esto es una decisión importante en que no solo estaremos nosotros dos y no quiero ser una imposición para nadie, eso resultaría mal y Sofía terminaría odiándome en su adolescencia, y yo… yo la quiero demasiado para soportar su indiferencia.

-¿Solo a Sofía la quieres?

-¿Ahora quién es el pendejo? -digo utilizando esa palabra que tanto odio.

-Beatriz… -suspira exasperándose.

-Mauricio… -repito su misma expresión.

-No empieces de nuevo a ser…

-Prométeme que nunca más me volverás a decir pendeja.

-Beatriz -ahora ruge de nuevo.

-Júramelo -le ordeno cuando en realidad se lo estoy pidiendo.

-Eres mi pendeja favorita.

Achino los ojos mirándolo feo y él de inmediato borra esa sonrisa burlona de su cara.

-Te prometo por Sofía que nunca más volveré a llamarte así -dice poniéndose el puño solemnemente sobre el corazón.

Me lanzo a sus brazos y menos mal que tienes buenos reflejos, me ataja con sus dos manos.

-¡Sí Mauricio! Quiero ir a vivir a tu casa contigo, con Sofía, con Pasqui, ¡y con…Soledad!

Ante mi respuesta empieza a reír como nunca antes lo había oído y comienza a girarme en círculos, como si me hiciera el avioncito. Ríe, me besa, río, lo beso.

-Te amo.

-Yo más mi vida, ¡yo más!

Segundos después, un par de chicos nos chiflan y mi adorado cabrón pone mala cara, juntos, de la mano, caminamos de vuelta al auto.

-Este fin de semana hablaré con tus padres.

-¡Ya! -chillo-, dije sí, pero no mañana.

-¿Y para qué vamos a esperar?

-Porque… porque tienes que hablar con Sofía, tu familia, no sé, digo yo.

-Solo me importa lo que diga Sofía, y con ella hablaré esta noche.

Me apego lo que más puedo y mi cabeza cae sobre su hombro, y como si estuviéramos coordinados ambos suspiramos al mismo tiempo al llegar al edificio.

Con un extenso beso en los labios nos separamos, sé que hoy se irá con calienta José, pero por primera vez ni siquiera me molesta. Estoy nerviosa, pero feliz. Le deseo toda la suerte del mundo y le mando montones de besos a Sofía y al fin baja en su piso prometiéndome que en la noche me llamará.
Cuando dicen que uno camina sobre las nubes, es verdad, así me siento yo en este momento, tengo una sonrisa de oreja a oreja imposible de borrar de mi cara. El resto de la tarde sucede en un abrir y cerrar de ojos.

Por suerte, ya que nos juntamos ayer, hoy no me veo con las chicas, y lo primero que hago cuando llego a mi departamento es contarle a Soledad, ¿y la gata qué hace? ¡Mueve la cola como si lo aprobara!

A las diez de la noche Mauricio me llama y me dice que Sofía está feliz con la noticia y que me espera con ansias. Hablamos casi hasta las tres de la madrugada, menos mal que tiene minutos ilimitados, porque lo que es a mí ya se habría agotado el plan.

Al despertarme por la mañana quiero verme sexy, hoy almorzaremos juntos, y de solo pensarlo mi corazón se acelera, pero rápidamente me acuerdo que hoy es jueves y tengo reunión en RRHH para firmar mi nuevo contrato. ¡Ahora sí será verdadero mi ascenso!

Al llegar a la oficina me encuentro con Bernardo, que parece totalmente despreocupado, pero hay algo en él que me hace pensar lo contrario, cuando me ve, rápidamente se acerca.

-¡Beatriz! Espero que las flores de ayer te hayan gustado. Tal vez fue muy pronto, pero fue un impulso que no quise dominar.

«Flores », pienso tratando de recordar algo, pero claramente yo no recibí nada, hasta que es Bernardo quien habla y me saca de mis pensamientos.

-La recepcionista dijo que trabajas en el piso cuatro, es más -dice sacando un papel de su chaqueta-, Carmen firmó la recibo.

-Oh, sí, sí, es que ayer -miento como Pinocho-, llegué tarde y estuve el resto del día en la sala de reuniones -me disculpo con la nariz un centímetro más grande.

-Entonces -dice metiéndose las manos en los bolsillo-, espero que leas la tarjeta y me des una respuesta -sonríe, me cierra el ojo y camina hacia la salida.

Tomo aire un par de veces para calmarme y espero de todo corazón que no sea lo que estoy pensando.

Como llego justo, el maldito ascensor está lleno, y para subir tendría que esperar al menos dos vueltas más, decido irme por las escaleras. Con un deplorable estado físico, llego al piso de mi futuro no marido, porque de matrimonio no hemos hablado. Me acerco hasta Carmen y ella, al verme, pone una sonrisa fingida y nerviosa, luego aprieta sus labios y levanta sus hombros, con eso me lo dice todo. No le pregunto nada y camino directo a la puerta del señor Costabal, entro sin tocar y él me recibe con una gran sonrisa, pero a medida que me acerco se le va borrando de la cara.

-¿Hay algo qué me quieras decir? -pregunto con calma.

-Sí, que me encantó tu voz erótica de anoche, y quiero repetirlo, tengo hasta un par de ideas para realizar.

-No sobre eso, algo sobre la tarde.

-No -dice todo lo suelto de cuerpo que puede, volviendo a tomar el lápiz para anotar algo.

-¿Seguro? ¿Seguro qué no te adueñaste de nada que no fuera para ti?

Levanta la cabeza, se sienta recto y mirándome a los ojos sin amilanarse ni un poquito me responde:

-Si lo dices por las flores que te envió ese imbécil, están en la basura.

-¡En la basura! ¡¿Pero por qué?!

-Cómo qué por qué, porque nadie tiene derecho a invitarte a salir, y menos a mandarte flores-responde tranquilo y seguro de sí mismo.

-¡Leíste la tarjeta! -lo acuso.

-Sí, y como veo que Bernardo sigue rondándote voy a aclarar las cosas directamente con él, tú no te preocupes.

-¿Qué no me preocupe?, pero tú te estás oyendo, Mauricio -lo tuteo en la oficina, cosa que hago solo cuando el enfado me empieza a ganar-, tú no tienes derecho a hacer eso, puedo resolverlo yo misma diciéndole que no, ¡como una mujer grande! -exclamo recalcándole la palabra-, no necesito que tú lo hagas por mí.

-Eres mía y mi deber es proteger tu integridad.

-¡Qué! ¿Pero de verdad te estás escuchando?- Y cuando afirma positivamente, mi paciencia se agota-, ¡estamos en 2017! No en la edad media, ¡no eres un caballero de brillante armadura ni yo una doncella en apuros! Debes respetar mis derechos, si no, estamos mal.

-Beatriz -se acerca ahora un poco apenado-, no lo tomes así, mi vida, sé que puedes defenderte, pero sé lo insistente que puede llegar a ser Bernardo.

-No quiero que vuelvas a hacer una cosa así nunca más -le advierto y ya sé que soy un flan, y derritiéndose.

-Bueno, mi vida, pero ahora dame el beso de los buenos días o si quieres háblame como la mujer sexy y desenfadada de anoche, me gustó -sonríe con picardía.

-¡Mauricio! -chillo pegándole en el pecho, enrojeciéndome, una cosa es por teléfono y otra muy diferente en vivo y en directo, así que le doy un casto beso en los labios que me sabe a poco y moviendo las caderas exageradamente para ponerlo caliente, (más de lo que está) me voy a mi piso. Hoy es uno de los días más importantes para mí, no solo firmaré el contrato, sino que también… ¡afinaremos los detalles de mi mudanza!
¡¡Estoy feliz, no… lo siguiente!!

A media mañana mientras estoy de lo más concentrada trabajando en un informe, se acerca Patricio, otro compañero, y me mira con una gran sonrisa en la boca y unos papeles en la mano.

-¿Adivina qué es lo que tengo aquí?

Lo miro sin entender nada, pero cuando gira el informe, alucino.

-¡No…!

-¡Sí! Tu análisis de ayer fue aprobado para la bolsa, ¡harás tu primera compra de acciones!

En el mismo momento en que chillo, porque sí, chillo de felicidad, me lanzo a sus brazos y nos fundimos en una pequeña celebración ¡Sííí! ¡Este día no podría ir mejor!

Hasta que de pronto siento que alguien carraspea detrás de nosotros, y no tengo que ser adivina para saber quién es, incluso sin que me hable, sé que es él.

-¿Perdón? -bufa parado con las manos cruzadas a la altura del pecho.

-¡Mi informe va a la bolsa! -le digo con toda la alegría que tengo, conteniéndome para no lanzarme a sus brazos y celebrar con él.

-Felicitaciones -es todo lo que dice y pasa directo a la oficina de don Agustín, dejándome totalmente estupefacta. Pero eso no apaña mi felicidad, tomo el informe y bajo a mostrárselo a Raúl, si tengo que celebrar con alguien, ese mi querido Raúl.

Al llegar, él está sumido en su trabajo frente al computador, saludo a mis compañeros y cuando Raúl levanta la cabeza, le enseño desde lejos los papeles, él sabe lo que son, rodea la mesa y ahora sí que nos fundimos en un gran abrazo de felicitaciones.

-¡Estoy orgulloso!

-Esto no lo hice sola, tú me enseñaste mucho.

-Ven acá, modesta -me dice y vuelve a abrazarme.

-¿Hoy es el día de los abrazos y yo no me enteré?

-Señor Costabal -exclamo separándome automáticamente de Raúl-, solo vine a mostrarle el resultado del informe.

-¿Y también irá a mostrárselo al portero del edificio?

Eso me molesta, sé por qué la pesadez, pero este hombre se está pasando y bastante.

-Si ya terminó, puede volver a su departamento y dejar que mi gente trabaje tranquila.

Lo miro achinando los ojos y contesto:

-Sí, señor Costabal, tiene toda la razón, para celebrar con mis amigos tengo la hora de almuerzo -le digo en broma, solo para molestarlo, porque sé que esa hora es nuestra.

Las aletas de su nariz se dilatan y la vena del cuello, esa que le late solo cuando está furioso, ya se le empieza a notar.

-Lo siento -habla sardónicamente-, no podrá celebrar hoy. –Y sin decir ni media palabra más, entra a su oficina dando un portazo que retumba en todo el lugar.

Me despido de todos y quedo en celebrar mañana con Raúl, justo cuando estoy llegando a mi piso, la secretaria de don Agustín me avisa que debo bajar al tercer piso, que la jefa de RRHH me está esperando.

 -Me pasa que se acabó, me voy de la empresa y de la vida de Mauricio -respondo furiosa, desquitándome con la servilleta de género que está perfectamente doblada en forma de cisne o pato, o qué se yo.

Sin hacerla esperar ni un minuto más, voy a su oficina. En el camino me encuentro con Fabián y al contarle también me abraza, y menos mal que esta vez no me vio mi adorado señor Costabal, porque esto fue con beso y escándalo. Me arreglo un poco la blusa que me quedó chueca y toco la puerta de calienta José. Me dice que entre y me recibe con una extraña sonrisa y los ojos más brillantes que nunca he visto.

-Beatriz, buenos días. Felicitaciones por su salida a la bolsa.
«Y ésta cómo sabe».

-Gracias…

-Si te preguntas cómo lo sé, es porque en esta oficina no sucede nada sin que yo lo sepa, lo vea o me entere.

Trago saliva y juro que las rodillas me empiezan a temblar.

-Está… está mi contrato listo, no quisiera ser mal educada, pero tengo mucho trabajo que hacer -me mira ahora sin la sonrisa en su cara, poniéndose seria.

-Ya que estás tan apurada, iré directo al grano. ¿Te has divertido siendo el pasatiempo de Mauricio?

-No soy un pasatiempo…

-Ay, ¡por favor! -dice cortándome con su mano levantada, haciéndome callar-, ahórrate los detalles que no me interesan.

-Entonces qué tiene que ver esto con mi contrato.

-O, nada, absolutamente nada porque no hay contrato.

-¡¿Qué?!

-Te lo voy a explicar, porque como dice Mauricio que vienes de un colegio con números, capaz y la comprensión lectora no es tu fuerte.

-Auditiva -la corrijo con ganas de matarla.

-Bueno, como digas, no me gusta el melodrama y de esto no haré un circo, seré directa y clara, mañana entregarás tu carta de renuncia -mis ojos se abren tanto que casi chocan con el pelo.

-Yo no voy a hacer eso -respondo segura y con violencia.

-¿Estás segura?

-¡Por supuesto que estoy segura!

-Te equivocas -manifiesta y de nuevo aparece esa maldita sonrisa, da vuelta la pantalla del computador y me quedo de piedra viendo imágenes nuestras besándonos y otras cosas un poco más subidas de tono-, bueno, también tengo videos, pero no tengo ganas de volver a mirarlos. -Estoy sin habla, y ella añade-, renunciarás mañana, y no solo eso, también terminaras tu relación con Mauricio.

-Voy a renunciar -digo a penas, porque sé la regla que he incumplido-, pero no terminaré con Mauricio, incluso nos iremos a vivir juntos -suelto de sopetón esa información, y aunque sé que la sorprendo ahora empieza a reír tan fuerte que su maldito ruido retumba por todo el lugar.

-Beatriz -se jacta aun riendo-. Te hacía más inteligente. Renunciarás y saldrás de la vida de Mauricio para siempre y todo por una simple razón -trago saliva y ella añade-: si no lo haces estas fotos y videos irán a parar directamente a don Agustín y a la mesa directiva, ya sabes cómo son de respetuosos con las reglas de la empresa, y claro, no te despedirán solo a ti, sino que a Mauricio también, y aunque me duela decirlo, sus papeles quedarán manchados porque será acusado de acoso.

-¡Él nunca me acosó! -chillo un tato desesperada.

-Pero eso solo lo saben ustedes dos, y créeme que con los antecedentes sicológicos de Mauricio no le será fácil encontrar trabajo de nuevo, y… ¿de qué van a vivir? ¿Cómo va a alimentar a su hija? Eso es lo que quieres para Mauricio y Sofía, ¿llevarlos a la miseria? ¿Qué el vuelva a recaer?, ten por seguro que su familia no lo va a volver a ayudar.

-¡Eres una víbora!

-Víbora, zorra, me da igual lo que pienses de mí, y ahora por favor vete, tengo muchas cosas que hacer -comenta bajando la cabeza para escribir algo-, tú ya sabes qué hacer, y las consecuencias que pueden traer tus actos. La decisión está en tus manos, Beatriz.

-Me das asco, eres su cuñada, no te importa su felicidad.

-Me importa más de lo que crees, pero esa no está junto a ti, así que si lo amas como dices, no arruines la única oportunidad laboral de ese hombre, porque créeme que no volverá a encontrar pega en su rubro nunca más y lo verás trabajando de manisero en la calle, y no quiero ni pensar qué sería de la pobre Sofía pasando hambre otra vez. Ah, y por supuesto, esto queda solo entre tú y yo, si no, don Agustín recibirá el correo de igual forma.

Ya no puedo seguir escuchando, mi mente de inmediato recrea la maldita escena en mi cabeza y veo a Mauricio en un carrito y a Sofía mal vestida a su lado. Cierro los ojos un momento y me voy directo al baño, todas mis ilusiones se acaban de ir a la mierda. Mi cabeza va a mil por hora rememorando toda la situación, pero no tengo alternativa, y tengo claro lo que tengo que hacer. Hasta que dan la una no hago absolutamente nada, no tecleo ni una sola letra.
Como zombi, porque me acaban de matar en vida, bajo al cuarto piso.

-¿Pasa algo, Bea? estás pálida -me dice Raúl con el semblante preocupado.

-Nada, solo vine a buscarte para almorzar.

-¿Segura?

-No estaría aquí si no fuera así -le digo de mala manera y justo cuando vamos saliendo aparece el hombre de mis sueños, y como soy estúpida y de verdad, además de las ganas que tengo de llorar lo encuentro más hermoso que nunca.

-¿Adónde vas?

-A almorzar con Raúl -le suelto, tomo del brazo a mi compañero y rápidamente salimos por el ascensor, dejándolo totalmente asombrado.

Cuando nos sentamos a almorzar comida china, cojo un arrollado y al morderlo me quemo hasta el alma.

-¡Por la cresta! -grito lanzando lejos la masa, segundos después Raúl me mira seriamente.

-¿Me puedes decir qué te pasa?

-Me pasa que se acabó, me voy de la empresa y de la vida de Mauricio -respondo furiosa, desquitándome con la servilleta de género que está perfectamente doblada en forma de cisne o pato, o qué se yo.

-¿Cómo? ¿Qué has dicho, tú y el señor Costabal?

-Sí, y no me preguntes más, no ahora por favor, y si te lo estoy contando es porque necesito tu punto de vista, no como amigo, sino como empleado de esta empresa y que lleva años trabajando en este rubro.

-Dime.

-María José me ha amenazado con contarle todo a don Agustín, tiene fotos y videos juntos de nosotros aquí en la oficina.

-¡Aquí! ¿Pero cómo se les ocurrió hacer algo así?, la oficina está llena de cámaras, tenemos un circuito cerrado de televisión.

-Raúl -suspiro-, no necesito una clase de vigilancia ahora, quiero saber qué pasaría si el gran jefazo ve esas fotos.

-Siento decirte -comienza a hablar muy complicado-, que los desvincularían a los dos de las empresa y el señor Costabal sería el más perjudicado.

-¿Por qué…? -pregunto bajito.

-Porque él es tu superior y tú una subordinada, podrían acusarlo de acoso aunque no fuera así, y bueno, se sabe que el señor Costabal no llegó a esta empresa particularmente por meritocracia, sino que con ayuda, y con los papeles manchados le costará mucho encontrar trabajo, este mundo es de tiburones, él es bueno y buscarán cualquier cosa para ponerle la pata encima.

Me agarro la cabeza a dos manos, la maldita de María José tenía razón.
No como absolutamente nada más y cuando pasa la hora de almuerzo ya sé que tengo que hacer, aunque se me rompa el corazón. Me despido de Raúl y subo a mi oficina, le mando un mensaje a las chicas por el grupo de wassap “De las Brujas”

*¡¡Hoy vamos al bar a celebrar!!

02:10

De inmediato Claudia y Paula me responden que sí, en tanto Francisca tarda un poco más, ¡cómo me conoce esa mujer! Sabe que hay algo raro, pero termina aceptando de todos modos.

Sigo mirando la pantalla sin ver nada hasta que llama él, mi voz tiembla cuando lo escucho.

-Sé que no te hablé de la mejor manera, pero deseaba almorzar contigo y hablar de nuestras cosas.

-Tenía que celebrar con Raúl -él bufa por el otro lado, pero no dice nada durante unos segundos, hasta que agrega-, ¿celebramos hoy después del trabajo? Incluso podrimos ir con Sofía a un restaurant de hamburguesas, son realmente buenas.

Cierro los ojos y me trago el nudo de emociones que tengo en la garganta para ser una perra desgraciada.

-Lo siento, voy a celebrar con las chicas en el bar, y ahora tengo que dejarte porque me llama don Agustín, y a él no lo puedo hacer esperar.

-Beatriz… -es lo último que escucho antes de cortarle el teléfono.

Cuando son las 5, ya no aguanto más y sin decirle a nada me voy, como no quiero encontrarme con nadie bajo por las escaleras y me voy directo al bar. Tengo una mezcla de pena, de rabia, de odio y un gran instinto asesino hacia María José, simplemente me cagó la vida y esperó hasta el último momento para darme el tiro de gracia, y sí, ganó, ganó porque no puedo ser yo la que le cague la vida a Mauricio y a Sofía, no cuando después de años están saliendo adelante. Cierro los ojos para que las lágrimas no se me escapen.

Cuando llego al bar, los chicos me reciben felices, solo les hago una mueca y les pido algo fuerte. Me traen un ron y antes de que le pongan bebida me lo tomo al seco y de inmediato pido otro y juro que ya estoy un pelín mareada, pero no me importa, como las chicas aun no llegan me voy a la pista de baila y me empiezo a mover. El lugar es oscuro, da igual si es noche o día, aquí todo siempre parece de noche, un hombre se acerca y ambos comenzamos a movernos hasta que veo a mis amigas y le digo que lo dejemos para otro rato.
Me acerco a ellas y pido una botella entera de champagne, ni siquiera me molesto en usar una copa, esas se las lleno a las chicas y yo bebo directamente de la botella.

-¡Salud! ¡Por los nuevos tiempo y porque la vida te da sorpresas!

-¿Estás bien? –quiere saber Claudia.

-Perfecto, pero vamos a bailar.

La primera en seguirme es Paula, que rápidamente se pone a bailar con un chico bien parecido y a ella parece gustarle, así que me quedo sola bailando, hasta que aparece alguien y juntos comenzamos a movernos, porque con tanto alcohol en el cuerpo ya no sé ni siquiera si bailo. Varias canciones más adelante y una piscola más en el cuerpo, él pone su mano sobre mi cadera, mi primera reaccione es repelerlo, solo quiero olvidar, pero él claramente parece querer un poco más. Así que decido dejarlo e ir a la barra por un cóctel más.

-¿Se puede saber qué te pasa? -me pregunta de mala forma Francisca, o la psíquica como la acabo de bautizar.

-Nada, estoy celebrando.

-Pues yo no veo eso, creo qué estás emborrachándote por rabia. ¿Qué te hizo Costabal?

-Nada, ese hombre no me ha hecho nada, yo se lo voy a hacer a él -le digo, chocando mi cerveza con su vaso de champaña.

-¿Qué estás diciendo?

-Eso, que se acabó, no quiero responsabilidades.

-¿Pero tú eres tarada o weona?

-Las dos, amiga, ¡las dos! -chillo alto para que la voz no se me escuche rota como la tengo, pero como hoy es un día de mierda, Costabal aparece por la puerta y antes de que me vea camino directo a la mesa donde está el tipo, y le digo “tipo” porque ni siquiera se su nombre, y para que me haga caso le doy un piquito en la boca y lo saco a bailar.

La canción es rápida, pero de igual forma soy yo la que me apego a él coqueteándole, y él que es hombre y básico se deja mientras sus manos recorren mi espalda de una forma que me da asco.

De pronto siento que me giran del brazo y me encuentro con un enajenado Mauricio.

-¿Qué crees que haces? -ruge.

-¡Celebrar!

-Estás ebria, nos vamos -me ordena y comienza a tirarme, a los pocos metros me suelto y le planto cara en medio de todo el mundo.

-No me voy a ir porque quiero celebrar aquí, con gente de mi edad que solo quiere pasarlo bien sin compromisos, no con un hombre y su hija comiéndome una hamburguesa, ¡y eso hasta temprano porque al otro día hay colegio! -le grito siendo lo más víbora que puedo, necesito terminar esto ahora y dejarlo libre.

-¿Qué estás diciendo?

-Que te vayas y me dejes bailar con -lo busco entre la gente y cuando lo encuentro lo apunto-, ¡con él! ¿Es mucho pedir?

En ese momento se acerca Francisca que también me toma del brazo.

-¿Qué crees que estás haciendo?

-¡¡Viviendo!! ¡No es eso lo que tú dices que hay que hacer! Y no me vengas con la estupidez ni te pongas a defender a Costabal, tú y ellas dicen que es un cabrón.

Mis palabras no pasan desapercibidas para ninguna de mis amigas, y menos para Mauricio.

-Ahora, Mauri, por favor vete a acostar a tu hija y déjame seguir disfrutando, ¿qué no ves? -digo amparada en los litros de alcohol, necesito que me mande a la mierda de una y para siempre, porque yo no sé si seré capaz de hacerlo y mi tiempo tiene límite y fecha de caducidad.

-Tengo ojos, y así veo. No sé cómo me pude equivocar tanto.

-¡Fácil! -chillo y ahora sí que le voy a dar la estocada final-, no es la primera vez que te equivocas, lo hiciste el día en que te casaste con Soledad porque seguías un esquema perfecto, pero eso no fue tu peor equivocación, la peor fue cuando como un taimado no quisiste conducir de vuelta a tu casa y tu mujer termino desbarrancándose…

-¡¡Beatriz!! -me grita Francisca tironeándome del brazo con brusquedad para que me calle, pero yo necesito terminar y que se vaya de una vez por todas.

-No estoy mintiendo, ¡ella terminó muerta!

La cara de Mauricio se desencaja completamente, nunca lo había visto así, es como si en cosa de segundos ese hombre que mide más de un metro ochenta se hiciera enano ante mis ojos y los ojos de todos, no desprende ni siquiera seguridad, da un par de paso hacia atrás… derrotado.

Y es ahí cuando con el corazón tan hecho mierda como el de él ya sé que todo se acabó y para siempre. Lágrimas que no puedo retener caen por mis mejillas, mis amigas están tan pasmadas como él y casi no se fijan cuando camino hacia mi acompañante. Veo hacia la puerta que Mauricio aún me está mirando, tomo la cara de “nosénisunombre” y le planto un beso en la boca que me produce una arcada que me tengo que tragar, y cuando vuelvo a mirar él ya no está.

Desde este punto en adelante mi cabeza se desconecta de mi cuerpo y funciono como un robot, no soy consciente de nada de lo que sucede a mí alrededor, ni siquiera cuando mis amigas me dicen que nos vayamos y yo las mando a la mierda y se van enojadas y solas.

Tampoco soy tan con consciente cuando Marcelo, que al fin supe su nombre, me agarra del culo para que yo sienta su erección, y como si necesitara castigarme a mí misma por ser una perra sin corazón, le tomo la mano y lo invito a mi casa. Necesito imperiosamente hacer esto.

En mi apartamento no hace falta que le diga nada, sabe a lo que venimos y es él el primero en quitarse la ropa. Le pido un segundo y voy por una botella de cerveza, necesito infundirme valor para lo que voy a hacer a continuación, y si fuera posible que se me apagara la tv, sería mejor.

Pero no tengo esa suerte y sus caricias que no son las que yo quiero sentir me quitan la curadera.

-Espera…

-Tengo condones.

-Genial -digo sin expresión alguna.

Y cuando nos vamos a la habitación, me lanza a la cama y se pone sobre mí completamente desnudo, y es ahí cuando siento su erección que me pongo a llorar sin poderme contener.

-No puedo -digo entre hipidos apenas audibles-, te juro que quiero, pero no puedo.

Esperando un sinfín de improperios e insultos bien merecidos que tendría por haberle calentado la sopa y no tomármela cierro los ojos, y lo que sucede a continuación no me lo espero ni en un millón de años.

¡Me abraza! ¡Me abraza y me besa el pelo como si fuéramos amigos! Y sin importarle ni siquiera su desnudez se acuesta a mi lado y comienza a acariciarme la espalda para que me calme, y yo hipando me quedo profundamente dormida pensando en que soy la peor mujer del mundo.

Al otro día, el primer rayo de sol me da en la cabeza, que dicho sea de paso se me parte, me quito rápidamente la ropa pasada a humo y alcohol y me pongo una polera ancha, mientras que Marcelo ronca como si fuera una metralleta. ¿Este hombre no trabajará? Y al hacerme esa pregunta una nueva punzada de dolor cruza mi pecho.

Hoy tengo que renunciar.

Voy a la cocina por un vaso de agua, tengo tanta sed que podría acabar con el agua del edificio entero, cuando estoy en el segundo vaso de agua suena el timbre de mi casa. Suspiro resignada, sé que es el pelotón de fusilamiento que vienen a pedirme explicaciones por lo de anoche, no quiero ni pensar en la cara con que me mirara Claudia, Francisca y Paula.

Lentamente camino para mentalizarme y el timbre vuelve a sonar ahora más tiempo.

Pero cuando abro me paralizo y el vaso que llevo se estrella contra el suelo haciéndose añicos en mil pedazos.

-Tú…

Mauricio me hace a un lado para entrar, supongo que viene a atacarme, pero cuando me doy vuelta lo veo quieto como una estatua sin moverse, rígido como si fuera de piedra.

-¿Estás bien? -me pregunta Marcelo desnudo tapándose con las manos, que seguro llegó con el ruido del vaso.

No alcanzo a hablar cuando Mauricio se gira hacia mí y una lágrima rueda por su mejilla, una lágrima que se limpia con furia y al pasar por mi lado me choca bruscamente y yo no soy capaz ni de moverme pero cuando lo escucho… tiemblo.

-Debí imaginarme que si fuiste capaz de follar conmigo en la oficina serías capaz de follar con cualquiera. ¿Y sabes una cosa? ¡Sí!, eres una verdadera pendeja de mierda -me suelta entre dientes y cierra la puerta de un solo portazo.

-Mauricio…-murmuro en un susurro ahogado tapándome la boca. Si antes sentía roto el corazón, ahora está hecho trizas igual que el vaso del suelo.

Y la que me mira ahora con ojos inquisidores es Soledad, que cuando me agacho para acariciarla se aleja de mí como si yo fuera la peste… y la verdad… lo soy.

Más información sobre El Mostrador