La extraña mañana del otro 11, el del Presidente George Bush - El Mostrador

Viernes, 17 de noviembre de 2017 Actualizado a las 18:12

Su ''inacción'' quedó grabada

La extraña mañana del otro 11, el del Presidente George Bush

por 11 septiembre, 2003

A dos años de los atentados terroristas a las Torres Gemelas y al Pentágono, todavía no se dilucidan todas las dudas de esa trágica mañana, que no sólo dejó más de 3 mil muertos y que marcó un notable viraje en la política exterior de Washington, sino que, al mismo tiempo, desnudó la vulnerabilidad e ineficiencia de la Casa Blanca, de los servicios secretos y del sistema de defensa interno de EEUU.

En su edición de ayer, El Mostrador.cl entregó extractos de un artículo escrito por Michael Meacher, ex ministro de Tony Blair hasta junio pasado, publicado por el diario The Guardian de Londres, quien sostiene que los ataques a las Torres Gemelas y al Pentágono entregaron a Washington el pretexto ideal para asegurarse el dominio global con el uso de la fuerza, y que la Casa Blanca, a pesar de estar alertada del inminente peligro terrorista, no hizo nada para evitarlo.



Si bien el ex ministro de Blair entrega elementos contundentes e información incontrastable para sostener su tesis -lo que la hace digna de ser analizada y discutida-, comete el recurrente error de quienes, después de acaecidos los hechos, construyen o intentan encontrar una racionalidad a una cadena de eventos aparentemente conectados entre si. Sin embargo, esto para nada desmerece las interrogantes que el mismo Meacher destaca cuando expone los hechos del 11 de septiembre.



Igual que muchos analistas de los eventos de ese mañana, el parlamentario laborista británico se manifiesta sorprendido por la incomprensible lentitud con que reaccionaron las autoridades estadounidenses. "El primer secuestro fue detectado (por las autoridades) no más tarde de las 8.20 a.m., y el último avión secuestrado se estrelló en Pennsylvania a la 10.06 a.m.", escribe Michael Meacher en The Guardian.



"Ningún caza despegó de la base aérea de Andrew, ubicada sólo a 10 millas de Washington DC, hasta después de que el tercer avión secuestrado se estrellara contra el Pentágono, a las 9.38 a.m. ¿Por qué? Antes del 11 de septiembre, La FAA (dirección federal de aeronáutica civil de EEUU) contaba con procedimientos habituales de intercepción en caso de secuestros. Entre septiembre de 2000 y junio de 2001 las Fuerzas Armadas estadounidenses hicieron despegar aviones cazas en 67 ocasiones para interceptar vuelos sospechosos (AP, 13 de agosto de 2002). Cada vez que se detecta que un avión se desvía de su plan de vuelo, existe un requerimiento legal que obliga a enviar aviones de guerra para investigar", agrega.



El ex ministro de Blair pregunta entonces: "¿Esta inacción se produjo simplemente porque personas claves desatendieron o ignoraron la evidencia? ¿Es posible que alguien haya obstruido la acción de las fuerzas de seguridad aérea estadounidense? Y si fue así, ¿por qué y bajo cuál autoridad?".



Meacher toca uno de los puntos más debatidos en EEUU: la inadecuada reacción de la FAA y la descoordinación de la protección aérea estadounidense en la mañana del 11 de septiembre de 2001. Las especulaciones han sido abundantes: por qué despegaron tan pocos aviones y de bases militares tan lejanas a Washington DC y Nueva York; por qué demoraron tanto en llegar a los objetivos; a qué hora partieron y cuánto se demoraron en despegar desde que se dio la alerta; por qué el Norad, comando de defensa aéreo, demoró más de una semana en entregar los horario de despegue de los aviones interceptores. El Pentágono llegó incluso a decir que no despegaron más aviones -5 en total, antes de las 9.35 de esa mañana-, porque simplemente no habían otros disponibles en toda la costa noratlántica de EEUU, debido a los recortes del presupuesto militar.



En realidad se trata de una discusión bizantina, porque aunque hubiesen habido cien F15 volando sobre Washington y Nueva York antes de los ataques, éstos no habrían podido abatir aviones de línea secuestrados. Sólo el Presidente de la República o quien lo subrogue, en caso de incapacidad del primero, puede dar esa orden. Y George W. Bush la dio poco antes de las 10 de la mañana, más de diez minutos después de que el tercer avión secuestrado se estrellara contra el Pentágono.



Dónde estaba y qué hacía el Presidente



La primera Torre Gemela del WTC fue impactada a las 8.46. A esa hora, Bush o se aprestaba a subir al automóvil presidencial o ya se encontraba en camino junto a su comitiva hacia la Escuela Primaria Booker de Saratosa, Florida, ubicada a unos cinco minutos del hotel donde el Presidente había pasado la noche. Es probable que Bush haya sido informado del primer impacto al WTC durante el trayecto o poco antes, según algunas versiones de prensa.



Es difícil imaginar que el Norad no haya informado al servicio secreto, la guardia personal del Presidente, que había ordenado el despegue de aviones de guerra para interceptar un avión que la FAA había perdido de los radares a la 8.20 de esa mañana. Más aún cuando a las 8:46, hora del primer impacto, ya se sabía que un segundo avión de línea estaba perdido. Era cosa de sumar dos más dos. Pero, concedamos que por algún motivo imprevisto esto no ocurrió, y que Bush recién se enteró de lo que estaba sucediendo cuando ingresó a la escuela donde estaban todos pegados a la televisión.



"¿Qué hago?", habrá pensado el Presidente. "¿Suspendo la actividad?". Él o algún miembro de su comitiva pensó que era más oportuno seguir con la pauta como si nada, porque a eso de la 9 hizo su ingreso a la sala de clases, donde, luego de tomar asiento, una profesora afroamericana comenzó a explicarle las ventajas de un nuevo método de alfabetización frente a una veintena de niñas, también de color. La escena, de unos 12 minutos de duración, quedó registrada por una cámara video de la escuela. Durante meses estuvo disponible al público en la página web del colegio Booker de Saratosa, a modo de prenda de orgullo por el honor de la visita presidencial. De ese sitio, la grabación fue rescatada por activistas estadounidenses.



A las 9.05 se acerca al Presidente de EEUU su jefe de gabinete, Andrew Card, y le dice algo al oído. El mensaje es obvio: un segundo avión de línea se ha estrellado contra la segunda torre. En lugar de levantarse de inmediato para hacerse cargo de la situación, el comandante en jefe de las FFAA más poderosas del mundo se queda ahí sentado, la mirada perdida en el espacio. Pasan uno, dos, tres minutos y el Presidente está todavía sentado ahí. Algo más repuesto, logra fingir una que otra sonrisa e, incluso, bromea con las pequeñas alumnas (días más tarde, la Casa Blanca dirá, que el Presidente prefirió no asustarlas, por eso se habría demorado en reaccionar).



Algunos sostienen que George W. decidió pararse e interrumpir la clase doce minutos después de escuchar el mensaje de Andrew Card al oído. La grabación de la Escuela Booker se corta a los 3 minutos veinte segundos, aproximadamente. El hecho es que a las 9.29 hizo su primer discurso a la nación y al mundo entero, desde la misma escuela de Saratosa. Insólita decisión del Servicio Secreto, cuya primera preocupación debe ser siempre y ante todo la seguridad del Presidente.



EEUU estaba siendo atacado. A esa hora se sabía que un avión secuestrado volaba hacia Washington, probablemente para estrellarse contra la Casa Blanca. No se sabía cuántos aviones habían sido plagiados. Algunos hablaban de cinco o seis. El aeropuerto más cercano en Florida se encontraba a sólo cinco minutos de vuelo de la escuela. La actividad en Saratosa estaba anunciada en la pauta presidencial desde hacía varios días.



¿Y el Vicepresidente, dónde estaba?



Dick Cheney se encontraba en la Casa Blanca. ¿Haciendo qué? No se sabe. Condoleezza Rice, llegó poco después de las 9 a.m., luego de sortear el pesado tráfico matutino de Washington DC. Según el Washington Post, a las 9.32, después del discurso de Bush en Saratosa y cuando era evidente que un avión volaba derecho a la Casa Blanca -dio media vuelta y se estrelló 5 minutos más tarde contra el Pentágono-, el servicio secreto los sacó de sus oficinas prácticamente en andas y los "arrastró" por los pasajes subterráneos hasta la bóveda de seguridad. Pocos después el Vicepresidente se comunicó con Bush, que se encontraba ya en el Airforce One, el avión presidencial. Cheney le comunicó que el servicio secreto había recibido poco antes una llamada de los terroristas: conocían los códigos secretos de la Casa Blanca y del avión presidencial. Por eso, el largo vuelo de Bush en el Airforce One, a baja altura y zigzagueante, como en las películas, hasta la base Offutt de la Fuerza Aérea cerca de Omaha, Nebraska, donde se refugió por algunas horas en el bunker nuclear.



Durante un par de semanas Ari Fleischer, vocero de la Casa Blanca, y el propio Dick Cheney, confirmaron a la prensa la versión de los terroristas en poder de los códigos secretos. La que fue descartada más tarde, sin entregarse mayores explicaciones.



¿Y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld?



Rumsfeld y su subsecretario, Paul Wolfowitz, se encontraban en la oficina conversando con un grupo de congresistas de la Comisión de Defensa de la Cámara de Representantes. Habían recién tomado desayuno.



El propio Wolfowitz recordó la escena, pocos meses atrás, en una entrevista concedida a la revista Vanity Fair: "Estábamos reunidos en mi oficina. Alguien dijo que un avión se había estrellado contra el World Trade Center. Encendimos la televisión y vimos la toma en que el segundo avión se incrustaba en la segunda Torre Gemela. Es así como lo recuerdo, aunque me resulta algo borroso. Me pareció que no había mucho que hacer en lo inmediato y continuamos con la reunión. Entonces, el edificio entero se estremeció. Tengo que confesar que mi primera impresión fue que se trataba de un terremoto. No logré conectar ambas cosas en mi mente. Rumsfeld, sí lo hizo, al instante. Salió corriendo hacia el lugar donde se había estrellado el avión. Es lo que yo hubiera hecho si hubiese entendido algo de lo que estaba pasando, cosa que en realidad puede o no puede haber sido lo más inteligente de hacer".



Hay algo que escapa de toda lógica en estos recuerdos de Wolfowitz. De ser verdad, querría decir que mientras recién se producía el peor atentado terrorista en la historia de EEUU y cuando se sabía que un avión secuestrado volaba directo a Washington -los contralores de vuelo del aeropuerto de Washington dieron la alarma a las 9.24. Es decir, 17 minutos antes del impacto en el Pentágono, el ministro de Defensa y su subsecretario pensaron que "no había mucho que hacer en lo inmediato" y decidieron proseguir con la reunión con los congresistas. ¿Nadie les avisó? ¿Por qué no ordenaron la evacuación inmediata del Pentágono? Pero, lo más importante, ¿por qué no se dirigieron hacia el centro de comando y control en los subterráneos del edificio para hacerse cargo de la situación y cumplir con su deber?



¿Y el jefe del Estado Mayor Conjunto de las FFAA de EEUU?



El general Henry Sheldon, jefe del Estado Mayor Conjunto, se encontraba en Europa. En realidad, había prácticamente pasado a retiro, porque Bush había ya nombrado en su lugar al general de la Fuerza Aérea, Richard Myers. Pero el nombramiento aún debía ser confirmado por el Senado. Por eso, la mañana del 11, Myers no se dirigió al Pentágono, sino que al Senado, para reunirse con el congresista demócrata por Georgia, Max Cleland.



Según una nota del Servicio de Informaciones del Pentágono, "mientras esperaba al senador en la antesala, (Myers) vio una información en televisión que daba cuenta de que un avión se había estrellado contra el WTC".



"'Creyeron que se trataba de un avión pequeño o algo similar', dijo Myers. Por eso los dos hombres se reunieron en la oficina", prosigue la misma nota. "Durante la reunión, la segunda Torre del WTC fue impactada por otro avión. 'Nadie nos informó de eso', dijo Myers. 'Pero, cuando terminamos y salimos, la situación era obvia. Justo en ese momento, alguien dijo que el Pentágono había sido impactado'".



¿Es posible que durante los 45 minutos más trágicos de los últimos 50 años, el comandante en jefe (s) de todas las FFAA estadounidenses, no haya tenido un ayudante de campo, un teléfono celular encendido, o que a una de las secretarias del senador no se le haya ocurrido golpear al menos la puerta para avisarles?



Es más que comprensible, luego de los relatos trascritos, que muchos analistas, periodistas y políticos, como el ex ministro británico, Michael Meacher, construyan teorías de complot, unas más creíbles que otras, para darle algún sentido a eventos que de otra manera sólo provocan desconcierto y desaliento. Más aún si el Gobierno de George W. Bush no hizo rodar cabezas y todos los responsables del desastre del 11 de septiembre continúan en sus cargos. Sin embargo, muy a menudo los hechos históricos tienen explicaciones mucho más simples, como, por ejemplo, que un cálculo en la vesícula de Oliver Cromwell terminara con su vida e impidiera que Gran Bretaña se transformara en el siglo XVII en la primera república de milenio.



Las poco creíbles versiones de los principales actores de los hechos del 11 de septiembre, así como las inconcebibles falencias de la inteligencia de EEUU para prevenir los atentados, bien pueden tener explicaciones del todo banales, como, por ejemplo, el malogrado esfuerzo de comunicadores para encubrir la incapacidad de sus superiores. Incapacidad que se torna aún más peligrosa cuando es acompañada de arrogancia, audacia e irresponsabilidad. Defectos todos que la Casa Blanca ha demostrado poseer de sobra en la mala conducción de la economía y la campaña militar emprendida en Irak.



No es una casualidad que la gran mayoría de los familiares de las victimas de los atentados del 11, no hayan aún cobrado las indemnizaciones fiscales, cuyo plazo para optar por ellas vence en diciembre. Muchos de ellos están considerando en cambio demandas contra el Estado, por negligencia criminal de las autoridades y notable abandono del deber.





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