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DC: se agota la bencina

por 16 febrero, 2000

El actual drama de la DC no se explica sólo dividiendo a los protagonistas en víctimas y victimarios o reduciendo sus diversos movimientos al juego del gato y el ratón.
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No crea lo que le dicen los hermeneutas de urgencia. Ni se deje seducir por la simplificadora propensión de los medios a identificar en cualquier problema al bueno y al villano y así despachar un sumario análisis. La ambigüedad y la complejidad están en la esencia de las organizaciones modernas, sobre todo si son políticas.

Vayamos a nuestro caso: el actual drama –casi tragedia– de la Democracia Cristiana no se explica sólo dividiendo a los protagonistas en víctimas y victimarios o reduciendo sus diversos movimientos al juego del gato y el ratón. Las divisiones tendenciales que sufre el PDC, los enfrentamientos públicos de sus líderes, las súbitas (y a veces brutales) catarsis colectivas a que se entrega, son síntomas de una crisis profunda, que quizás ni la propia organización se atreve a confesarse a sí misma.

Han sido muchas las angustias que han diluviado sobre la DC en los últimos años. El motín de Jahuel de 1996, el venenoso empate en las elecciones internas del 97, las agrias disputas para la precandidatura presidencial del 98, la voluminosa derrota en las Primarias del 99 constituyen episodios que apuntan a una enfermedad de fondo. Hay una sensación de empantanamiento, de imposibilidad de encontrar salida a esta seguidilla de infortunios.

Precisamente para conjurar este sino, la Junta Nacional confiaba a Gutenberg Martínez hace ocho meses (después de la derrota de Andrés Zaldívar en las Primarias) la presidencia de una mesa en que cohabitaban, con gran voluntad de armonía, todas las tendencias para reestructurar el partido e insuflarle dinamismo. Se decidió para esto una balsámica tregua. Y se logró, incluso navegando entre las procelosas aguas de una campaña presidencial que no llegaba a satisfacer a parte del electorado histórico y tampoco a algunos de los dirigentes. Con todo, se sorteó la prueba. Parecía que ahora se iba a encarar el futuro con espíritu más amplio y positivo, después de las normales frustraciones y reclamos que genera cualquier reparto de cargos al inicio de un gobierno. Llegaron las previsibles protestas –un poco sobreactuadas– de los colorines, que se consideraron marginados, y la fortaleza del Gute inesperadamente se desmoronó. Dimite alegando “ataques personales”. Sus críticos imaginan –tratándose de Martínez les parece evidente– un movimiento estratégico para posicionarse hacia las eventuales internas de abril e incluso hacia las parlamentarias del 2001. La madeja se enmaraña (palabras sacan palabras) hasta organizarse una liturgia de la autodestrucción.

Pero ¿cuál es la razón de fondo de este enredo? No se trata aquí de saber por qué un presidente de partido, en un momento de presiones internas, da un portazo y se retira a su casa para bajar la adrenalina. Eso no sería ningún drama. La pregunta que queda en el aire es mucho más grave: por qué Gutenberg Martínez, que preside una mesa designada precisamente para proponer casi la refundación de una colectividad golpeada por múltiples crisis, deja sin terminar esa trascendente tarea. Martínez sabía que ése era el mandato primario de la mesa presidida por él. Si por alguna causa tenía que abandonar, debería hacerlo en función de esa tarea histórica ineludible y explicar claramente en qué punto quedaba la realización del encargo hecho por la Junta Nacional.

Curiosamente en las palabras de Gutenberg y de sus críticos apenas se alude a esta característica singular de la actual directiva. Sólo Eduardo Saffirio ha lamentado la pérdida de estos meses y la triste vuelta atrás que la nueva situación supone. Pero la omisión generalizada demuestra hasta qué punto la campaña, el nombramiento de cargos y algunas rencillas menores han logrado opacar el apasionante trabajo colectivo a que debiera estar volcada la DC, partiendo desde su mesa directiva. Pero lo más insólito es que ni el mismo Martínez, en el momento de su renuncia, se haya hecho cargo de este asunto fundamental.

Creo que hay una razón para este desconcertante silencio. La dirigencia de la DC tiene miedo a afrontar en profundidad un proyecto, porque eso va a dejar de manifiesto la falta de reflexión doctrinal sistemática y la carencia de ideas actualizadas y movilizadoras de una sociedad. La apelación a los “valores cristianos” no parece tener una traducción práctica aquí y ahora, que le otorgue a la DC identidad, cohesión y dinamismo como grupo político.

La retirada de Martínez, y el descuido del mandato de la Junta Nacional de julio del 99 son preocupantes. Porque a la DC no sólo le sobran conflictos a que atender, sino que también le faltan ideas sobre las que ponerse en pie y caminar.

Ya no puede vivir de gloriosas pero anticuadas fórmulas. Es necesario echar bencina al motor porque se está acabando.

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