Mi ventana - El Mostrador

Miércoles, 21 de febrero de 2018 Actualizado a las 07:52

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Mi ventana

por 17 febrero, 2000

Mi ventana da a los pastos del cerro Huelén, el que no tiene nada de Santa Lucía. Son pastos húmedos, mantel de fornicadores.

Enfrente de mi ventana una pareja atraca en buen puerto. Meneos, lenguas, toques y retoques, por sobre y por bajo las vestiduras, acaecen a las tres de la tarde. Es imperdonable. Uno, que acaba de almorzar, remolón, no puede entender que ese dúo no esté trabajando. O, más bien, no puede entender que sea uno el que esté trabajando y no en las faenas más propiamente humanas.

Mi ventana da a los pastos del cerro Huelén, el que -para no seguir repitiendo mentiras- no tiene nada de Santa Lucía. Son pastos húmedos, mantel de fornicadores. La represión chilena, en forma equivocada -como tantas veces-, intentó acabar con aquellos manjares de los carentes de sitio cerrado para el goce: separó aquellos suelos verdes del asfalto callejero y ruidoso con una reja severa. Lo que nunca sospecharon estos represores es que la reja sirvió para proteger aún más el libre fluir de la líbido. Resguardó a los amantes del ajetreo automotor vespertino. Generó un Area Protegida para el sexo y la entrepierna mojada.

Hace bien mirar por la ventana, aunque sea sólo una vez al día, el libre devaneo libidinoso. Hace bien porque despierta nuestra propia líbido alicaída y entonces uno piensa que no todo está perdido en esta ciudad que parecía haberse puesto indeseable. El deseo fue enrejado por la Iglesia, los militares y sus continuadores, pero el barrote de fierro también lo protegió de la agresión vacua, contaminosa y arribista.

Imagino abrir la ventana y lanzarle un aullido al amante: intercambiemos una hora fugaz nuestros roles: te permuto este seguro escritorio soporífero de funcionario de la empresa privada por minutos de refriega efímera en un parque público.
El cerro Huelén es un invento primordial.

No sé quién lo inventó, pero ha sabido mantenerse en su lugar, siempre dando el tono, sin desmerecer. Corre por su carne verdulera el semen y el óvulo de lo generativo. No es casualidad que allí, y justamente allí, se haya fundado el caserío de Santiago. Tampoco lo es que la incontinencia de Vicuña Mackenna haya echado mano en sus entrañas.

Huelén, que -me dice un poeta de barba recortada- en mapudungun significa dolor, es el espacio generatriz del placer, como está escrito: sólo del prolongado dolor es posible que nazcan las creaturas: el goce máximo al que los humanos podemos aspirar.
Vuelvo la vista a mi ventana y, horror, la pareja se ha ido.

Los pastos de este lado del cerro permanecen silenciosos, como si nadie los hubiera mojado. Están esperando la llegada de la noche, cuando otros amantes elijan tal verdura para dar rienda suelta a sus fulgores. Lo harán después de una soporífera jornada de trabajo enfrente de un escritorio de funcionario de la empresa privada.

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