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René Cortázar: no basta con rezar

por 22 diciembre, 2000

Cuando TVN sacó, al fin, cómoda ventaja, hace unos años, al Canal 13 en la audiencia de sucesivas teleseries, los ejecutivos del medio público entraron en un verdadero estado de éxtasis. A esta buena nueva se añadió la anhelada primacía de rating en los espacios informativos, la consolidación de Buenos días a todos, el excelente oficio de Informe Especial y El Mirador. Todos estos logros se fueron reflejando en amplias sonrisas en los pasillos y en nutritivos números azules en los balances. Había llegado el éxito, un éxito tan deseado como exultante.



Mientras tanto, la competencia católica se iba despeñando paulatinamente hacia el infierno de las deudas, las reformulaciones, las reestructuraciones, y los funcionarios de TVN cuchareaban con satisfacción la sopa fría de una venganza tantas veces postergada. ¿Qué más se podía pedir?



Este triunfo resonante ha sido encarnado en los últimos cinco años por la figura del economista René Cortázar. A este ejecutivo se le atribuye una buena administración, una adecuada estrategia económica, además de una pericia para conciliar las distintas corrientes que coexisten en un canal público. Todo esto condimentado por una amable sonrisa y un catolicismo tradicional que resulta tan provechoso en ciertos ambientes políticos del Chile de hoy.



Entonces, ¿por qué?



Por todas estas consideraciones, parece difícil explicar por qué entre las filas de la Concertación había crecido tanta animadversión contra el meritorio personaje. Por qué la cabeza de Cortázar tenía desde hacía ya tiempo un precio, y el que la presentase en los sótanos de La Moneda, añadiría un buen antecedente en su currículum político.



Ante todo, existe un argumento estricta y estrechamente político para esclarecer esta situación: la eventual pasada de cuenta a Cortázar por el entorno de Lagos, a causa de la neutralidad relojera que mostraron los informativos de TVN durante la pugna presidencial. La verdad es que esta actitud, seguramente laudable, pudo resultar irritante a grupos comprometidos directamente en la campaña del actual Presidente.



Pero la antipatía hacia Cortázar venía de antes y no tenía esos móviles algo miserables tan aireados en estos días por la prensa. Las objeciones hacia el ex director ejecutivo provienen también y principalmente de numerosos núcleos académicos, culturales, periodísticos o ciudadanos a secas, que han constatado con molestia cómo en los últimos años TVN, en lugar de ir abriendo en el conjunto de sus programas la agenda de temas y superar los viejos tabúes y listas negras, ha ido haciéndose más cauta, temerosa y reactiva.



El entendimiento de Cortázar con la oposición no se ha debido (al menos, sólo) a su capacidad negociadora, dialogadora o persuasiva, sino, sobre todo, a su coincidencia estratégica con el mundo derechista respecto a que en Chile todavía deben mantenerse los silencios, los eufemismos y la omisión de los problemas.



Pero además se arguye contra TVN su falta de proyecto específico. No se le nota el toque republicano de una televisión de todos, que busca crear la plaza pública en que todos tienen un espacio, una representación y una palabra. En cambio, se percibe la sobreexposición (casi siempre positiva, ritual y sermoneadora) de empresarios, militares y monseñores, que rompe claramente los equilibrios de una sociedad auténticamente democrática.



La última iniciativa de Cortázar, realizada por cierto a espaldas de Jorge Navarrete, presidente del directorio de TVN, no hace más que reafirmar la sospecha de un proyecto televisivo que se iba alejando cada vez más del pluralismo y la diversidad de la sociedad chilena. El intento fallido de colocar a Verónica López (personaje muy cercano a la empresa de El Mercurio) en el cargo de Jaime Moreno Laval, no hace más que demostrar el sesgo que TVN iba adquiriendo.



Esta audaz apuesta de Cortázar sólo podía ser directamente apoyada por los directores de la oposición. Y así se produjo la enorme paradoja de que el director ejecutivo fue derrotado por los socios de su propia coalición política y defendido entusiastamente por sus teóricos opositores.



Con esta paradoja, queda abierta la interrogante: ¿quién vendrá ahora?, ¿cómo se cobrará la derecha su extraña derrota?, ¿cómo aprovechará la Concertación su extraña victoria?

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