Ya no hay mártires - El Mostrador

Lunes, 20 de noviembre de 2017 Actualizado a las 05:06

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Ya no hay mártires

por 5 noviembre, 2001

La muerte, en san Felipe, del brigadista Mario Escudero es un buen ejemplo de cómo se vive, hoy, la política y las campañas.
Escudero era -y nadie ha dicho lo contrario- un "brigadista" de Renovación Nacional. Ni militante, ni simpatizante, ni adherente, ni nada. Era simplemente un brigadista: un empleado que por cuatro mil pesos diarios cumplía la faena de pegar afiches, borrar murales ajenos y pintar consignas mandadas.



Una tarea pagada a la miseria... En ese sentido Escudero era como tantos otros chilenos, que consiguen pegas, pagadas miserablemente, para subsistir.



El joven no estaba esa noche, en el lugar donde encontró la muerte, por un ideal. Le bastaba estar ahí por unos ruines pesos. En tiempos como éstos, eso ya es suficiente. No murió por una idea, por un sueño particular de sociedad, ni por la pasión de ver en el Parlamento a un sujeto que lo representaba. Murió simplemente por unas monedas, murió por la necesidad que lo llevó a conseguir ese trabajo.



Pues bien, esa es nuestra política, así son nuestras campañas. La mayoría de los fervientes trabajadores de los rayados nocturnos no son más que simples jornaleros, capaces de desplegar sus esfuerzos donde mejor paguen. Y eso, tal vez, es la mejor muestra de desprecio que nuestra política se merece: ustedes, ambiciosos de figurar en el Parlamento, ansiosos por arrellanar sus posaderas en esos sillones que ya a nadie dignifican; ustedes, que todo lo han reducido al dinero, sólo pueden conseguir la adhesión pagando. Aunque sea cuatro lucas la jornada. O con favores, fonolas, canastas de mercaderías. Da igual.



No, no da igual. El resultado es inevitable: hay allí una suerte de corrupción que, tal vez, sólo sea la expresión de lo corrupta que ya está esa actividad. Por eso en los funerales de Escudero no hubo consignas, ni fervor por una causa a la que él se había entregado. Vocear un discurso habría sido una canallada. Que se entienda: ya no hay espacio para mártires en nuestra política.



Sebastián Piñera, en medio del funeral, no era más que el jefe del fundo que asistía al entierro de un peón que, por mala fortuna, había caído mal de un caballo, había sido corneado por una vaca o había recibido el tiro loco de un cuatrero. Ese inquilino no había muerto defendiendo la propiedad privada; no, había muerto porque estaba justo allí ya que se le había pagado por ello.



Fue Piñera, pero podría haber sido cualquier otro de los patrones de los fundos de la política criolla. Escudero murió como mueren hoy tantos jóvenes: buscando parar la olla, a distancia sideral de la mayoría de la clase política que vive con la olla llena (y entonces uno piensa que la única discriminación positiva que debería existir sería aquella que exigiera que hubiese pobres en el Congreso).



Desde esa sola perspectiva, Escudero puede ser un símbolo, porque podría representar a los miles de muchachos dispuestos a hacer cualquier cosa para ganar dinero dignamente, porque habrá que reconocer que hay que tener estómago para embarcarse en una campaña.



El peor insulto que se le podría hacer a Mario Escudero y a su familia sería crear una brigada con su nombre y politizar la memoria de un muchacho que murió por un incidente cualquiera una noche donde lo que menos importaba era la política. Los brigadistas, es bueno aprenderlo, no hacen campaña, no hacen política. Incluso cuando terminan a palos y trompadas no es por diferencias ideológicas o cariño irreductible a su candidato-patrón, sino por ese instinto animal de gruñir y lanzar dentelladas al que se acerca demasiado a tu plato de comida.



Cuando ya vemos las ciudades tapizadas de pancartas de postulantes al Parlamento, todos iguales y sonrientes, todos acaramelados en ese consenso turbio que genera el compartir el poder, lo único sano sería salir a quemar esos afiches, prenderles fuego, hacer piras en las que las llamas terminen por santificar esa unión en la que esos sujetos se han hermanado para ejercer ese poder irrespetuoso en que han terminado revolcados.



Sí, quemarlos para incinerar un poco la codicia que reflejan esos rostros. Codicia disfrazada de amabilidad. Y quemarlos, también, para obligarlos a gastar más dinero para reponer esos posters repugnantes y, así, entregar unos pocos cuatro mil pesos de miseria más a otros Mario Escudero, que tanto los necesitan.



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