Flores que apestan - El Mostrador

Martes, 21 de noviembre de 2017 Actualizado a las 09:05

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Flores que apestan

por 13 mayo, 2002

La flor es símbolo de la fugacidad de las cosas, de la primavera y de la belleza. Así lo señala el Diccionario de Símbolos, de Juan Eduardo Cirlot. En Chile, por estos días, es ejemplo del mal uso de los fondos reservados de los integrantes de la mesa de la Cámara de Diputados, por la desfachatez con que Rodolfo Seguel ha defendido el uso de esos dineros en comprar flores, una suerte de irresistible debilidad que él, por la soberbia en que ha salido a defenderla, ha convertido en escándalo.



Se podrá admitir que los montos involucrados son menores, si se les compara con las platas que transitan y se esfuman en el Congreso, con los gestos de derroche que se ve en la empresa privada -lanzamientos, cócteles y demases-, pero algunos diputados todavía no entienden, y es posible admitir que ya no entendieron, que su medida de comparación es el ciudadano común, al que en época de elecciones se le pide el voto, que en un 40 por ciento de este país vive con 100 mil pesos mensuales.



Cuando los políticos se lamentan por el desprestigio que se han ganado, cuando se sorprenden por la percepción que la ciudadanía tiene de ellos, casos como éste deberían llevarlos a meditar. No desde la idea de que se está frente a un caso al que se le puede sacar provecho en la eterna disputa entre oficialismo y oposición, porque esa es una vuelta más a una manivela que la opinión pública conoce y desdeña desde hace rato, sino desde la perspectiva de la tarea para la que han sido elegidos. En ese sentido, el silencio de los parlamentarios de la Concertación es nefasto, porque uno todavía espera que en asuntos como éste lo que se mal entiende como solidaridad gremial y política no cubra con un manto de silencio y de impunidad actos reprochables.



Siempre ha existido y existirán los políticos clientelistas. Las últimas campañas electorales han sido una constatación y han probado que la gente ha sido educada en esa lógica. En los puerta a puerta, más de un voluntario, o el candidato mismo, debió enfrentarse a la pregunta de qué ofrecía. Nada de promesas, sueños, programas o ideas. Qué ofrecía materialmente, ya, de inmediato.



Es el signo de los tiempos. Los electores convertidos en consumidores, no de sueños y proyectos, sino de una canasta básica. Pero eso es también el efecto de la sostenida práctica del regalo, donde la autoridad termina presa de la lógica de la limosna. Seguel dice que un diputado no puede llegar con las manos vacías. Y eso es absolutamente cierto cuando de ese diputado -por lo que es- no se puede esperar otra cosa que esas migajas.



Todo mal uso de un instrumento termina, fatalmente, centrando en éste el debate. Ahora, es evidente, la cuestión se ha focalizado en si deben existir o no los gastos reservados, cuando bastaría con el ejercicio más modesto de exigir un uso decente de esos dineros para despejar el asunto.



Los gastos reservados de determinadas autoridades son una necesidad, y uno esperaría de ellas un celo superior en cuanto a su uso. La impudicia de Seguel en su defensa casi agresiva, desafiante, de darse sus gustos con esos dineros abona la tesis de que el poder corrompe, y no queda más remedio que inventar mecanismos para impedir el abuso.



Por mucho que la flor sea símbolo de la fugacidad de las cosas, en este caso no ha sido más que el ejemplo de una mala práctica que parece instalada desde hace mucho tiempo.

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