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Más sobre Machuca y algo sobre el ethos nacional

por 4 octubre, 2004

Pero, hay que saberlo -en especial después del golpe de Estado-, la gran mayoría que forma este país no puede ni debe amenazar el ordenamiento "natural" de la distribución de poderes, riqueza y redes sociales establecidas, ni pretender extender, hacer realizable el principio democrático, no sólo de cada ciudadano un voto, sino el de la capacidad potencial que poseen los ciudadanos auto-organizados, asociados entre sí, por medios pacíficos y deliberativos, de replantear la estructura básica de
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Como tantos chilenos he visto la cinta de Wood. Sobre ella y sus cualidades histórico-filmicas se ha hablado bastante, y es probable que se siga haciendo. Ello prueba que es una cinta que tiene cuento propio, y que además, sabe contarlo. Pero no nos interesa tanto el filme en cuanto filme, sino llamar la atención sobre algunos de sus ingredientes que hacen particular referencia a lo que podríamos llamar una suerte de ethos característico presente en el accionar de un sector de la sociedad chilena.



Por si acaso, cuando hablamos de ethos estamos haciendo referencia a un conjunto de actitudes, hábitos arraigados, formas de conductas que orientan el accionar de individuos, grupos o colectivos. Estamos hablando acá del modo de actuar y convicciones enarboladas en la película por los sectores que se oponían férreamente al proyecto político de aquel entonces.



Un ethos de trasfondo que refleja actitudes y evaluaciones del mundo social y la propia sociedad marcado por un egoísmo segregador, una cierta prepotencia, una adicción singular al orden y la tranquilidad. Por cierto, de seguro estos rasgos no son solamente privativos de aquellos que podían calificarse como parte de las elites de poder; pero encuentran allí un cultivo especial.



De manera particular quisiera destacar el elemento de egoísmo social segregativo que está presente como trasfondo en el accionar de la elite de poder. Un rasgo que no ha hecho sino tener un mayor peso, desde que la receta de los Chicago Boys se impusiera por la fuerza para reordenar la economía y la sociedad.



Incluso más, podría decirse que, parafraseando a un pensador español, ello ha traído como una de sus consecuencias pavimentar el camino hacia un creciente eclipse de la fraternidad; en términos laicos: un eclipse del lazo social vinculante. Este rasgo del ethos puede encontrarse incrustado en la forma de ordenar nuestras relaciones sociales, en la manera de repartir derechos, deberes e ingresos entre los individuos que forman parte de ella.



Cuando hablo de un egoísmo segregador en las elites de poder del pais, de viejo o nuevo cuño; un egoísmo que segrega, separa, pone barreras entre los ciudadanos (incluso espacialmente), los diferencia, pone a cada cual "en su lugar" y se esfuerza para mantener esta situación más allá de todo discurso paternalista o reparador.



En una de las escenas de la película en comento, se ve una reunión de apoderados, tumultuosa, donde se discute, descalifica o se apoya la medida de la dirección del colegio. En esa escena una de las apoderadas sostiene precisamente que el gran error de aquellos sacerdotes es haber pretendido, con su experimento integrador -de alumnos de otros sectores sociales-, "mezclar peras con manzanas". Aunque esas "peras y esa manzanas", que se sepa, todas ellas califican como partes del mismo género humano y a la vez, como miembros en teórica igualdad del mísmo país.



La idea de incorporación a la sociedad de sectores marginados o de mayor protagonismo de las mayorías, fue de algún modo, más allá de los velos ideológicos, un elemento del proyecto de socialismo a la chilena, como también parte de la experiencia de promoción popular en tiempos de Frei padre.



Pero, claro, contra esos experimentos y/o proyectos nuestras elites de poder -incluso cuando posan de "liberales"-, siempre se ha levantado; porque este pais es "su" país, y los que no formamos parte de esa selecta cofradía -por herencia, apellidos o disposición de riqueza- tenemos que agradecerlo. Digo, agradecer poder formar parte de esta tierra y tener algún lugar bajo el sol que aquí alumbra.



Pero, hay que saberlo -en especial después del golpe de Estado-, la gran mayoría que forma este país no puede ni debe amenazar el ordenamiento "natural" de la distribución de poderes, riqueza y redes sociales establecidas, ni pretender extender, hacer realizable el principio democrático, no sólo de cada ciudadano un voto, sino el de la capacidad potencial que poseen los ciudadanos auto-organizados, asociados entre sí, por medios pacíficos y deliberativos, de replantear la estructura básica de la sociedad; por ejemplo, en torno a algún principio de igualdad que permita a todos llevar una vida digna y realizar sus planes de vida.



Estamos conectando entonces el ethos (hábitos,creencias,conductas) de ciertos sectores de la sociedad, y de cómo su carácter egoísta social deja en la penumbra el tema de las desigualdades existentes, las que a final de cuentas quedan como un resultado de la falta individual o del azar.



Como casi siempre en Chile los debates de interés público son alimentados por informaciones coyunturales; sale la información, se levantan voces proponiendo esto o aquello el día siguente y mañana ya estamos en otra cosa. En este caso el detonante ha sido la publicación de los resultados de la última encuesta Casen. De nuevo entonces se desata el debate en torno a los pobres, su número, clasificación y causales.



Como casi siempre se prefiere hablar de pobreza y no de desigualdad. La primera es algo contingente, azaroso, asunto de cada cual; inespecífica en cuanto a sus causales. La segunda delata, evidencia una manera de conformar la estructura básica de la sociedad, de repartir poderes, riqueza e influencias marcadas por la inequidad. Y por ende habla sobre responsabilidades, actitudes e instituciones.



Nos obliga a interrogar nuestras maneras de ser, las formas de convivencia, los órdenes de la sociedad. Los datos están a la vista: según el Informe para el desarrollo humano que dio a conocer Naciones Unidas, Chile ocupa el décimo lugar entre los países con peor distribución del ingreso; de cada 100 pesos que se producen 62 van al bolsillo del 20% más rico de la población; y sólo 3 pesos llegan al 20% más pobre. Si se examina al 5% de los extremos, el grupo mas podereso recibe 209 más ingresos que el 5% mas pobre.



Al parecer no habrá manera de modificar esta situación si no se realiza un esfuerzo mancomunado para redistribuir poderes, riquezas e influencias. Sin embargo, este esfuerzo enfrenta no sólo problemas "técnicos". Requiere modificar el ethos de egoísmo segregativo - cuando no de prepotencia-, que afecta a los sectores más pudientes del país.



Parafraseando a un pensador canadiense, de lo que se trata es de que una sociedad más justa no pide solamente reglas coercitivas (jurídicas o económicas), sino también un ethos de justicia que pueda ayudar a darle una determinada dirección a las opciones personales/institucionales. Y eso es lo que no tenemos en el país.



Abrimos la prensa y ahí están el debate sobre la nuevas formas de violencia juvenil o de la delincuencia real o potencial. O sobre la percepción, más lejos o cerca de la realidad, de inseguridad, miedo o temor, no sólo al otro, sino también al futuro que nos aguarda. Si no avanzamos hacia un ethos más igualitario, mas justo, no nos sorprendamos entonces de esas manifestaciones, del malestar con la política tal cual es.



Y de nuevo viene a la memoria aquella frase mencionada en Machuca. Ahí estuvo el error, pues, en querer mezclar "peras con amanzanas", y en no dejar que cada cual viva o se pudra en el lugar en que por azar le tocó nacer y crecer. Retumban esas palabras en la conciencia: ¿cuánto le deberemos a ese ethos tan arraigado por el dolor y el sufrimiento social de tantos?; ¿cúanto de nuestra miseria humana podemos poner a su cuenta?


Pablo Salvat es doctor en Filosofía de la Universidad Catolica de Lovaina

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