La profecía del antologador - El Mostrador

Viernes, 15 de diciembre de 2017 Actualizado a las 03:40

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La profecía del antologador

por 19 diciembre, 2004

Es muy posible que sólo en Chile los poetas (no todos ni todas) se vean a sí mismos como los iniciadores de una revolución creativa con repercusiones más allá de las fronteras del país.



Por ejemplo, hubo en los 80, pero en la narrativa, "la nueva narrativa chilena" cuando, cosa curiosa, en América Latina ningún país hablaba de "nueva narrativa argentina o boliviana o cubana, o argentina etc, etc". Con el paso del tiempo se aclaró que semejante "nueva narrativa chilena", primero, no fue más que un proyecto editorial que se adecuaba inteligentemente al mercado para vender literatura en el mejor estilo, como nos ha enseñado hasta ahora el mercado global. Y, segundo, lo más positivo, es que produjo algunos narradores y narradoras interesantes, pero de ningún modo "revolucionaron" la literatura chilena ni latinoamericana.



Claro, dentro de esa "nueva narrativa" nunca estuvo Roberto Bolaño, que en mi opinión de lector es uno de los escritores, entre otros de semejantes temáticas en América Latina, al que leo con placer, porque es un buen narrador de historias. Además, la perspectiva de las historias de Bolaño jamás las vi en la "nueva narrativa chilena".



Es que al fin de cuentas todo gusto por una novela o poema(s) está afectado por el interés personal e individual de "buscar" algo que responda a las propias necesidades del lector (claro, la publicidad también ayuda a vender). Muchas de las veces es incomprensible la popularidad de un libro. Por ejemplo, Isabel Allende ha vendido más de 70 millones de copias de sus libros. Paulo Cohello otra millonada tan grande como la de Allende. De ambos se han dicho cosas terribles. Desde que son malos narradores, hasta impostores literarios. Y para rematar: aquello que escriben no es "literatura".



En este 2004 comenzó -sólo en Chile ocurren estas propuestas- una nueva y polémica discordia sobre una "nueva poesía emergente en Chile". La obra se llama "Cantares, Nuevas voces de la poesía chilena", y fue antologada por el poeta Rául Zurita.



Pero la polémica (desde el diario El Mercurio un columnista dijo que el 90% de los antologados eran malos, etc) la inició el mismo poeta antologador, quizás sin pensar en la ola de respuestas polémicas que iría a suscitar dicha antología. Y el poeta la comenzó con estas "definitorias" palabras en su introducción a la mencionada "nuevas voces de la poesía chilena" o selección de poetas "niños", como él mismo antologador los llamó.



Escribió: "Cada uno de ellos representa una escritura urgente y única y, al mismo tiempo, hay en el conjunto -en la cantidad de poetas nuevos, en la contundencia de sus lenguajes, en la irrupción definitiva de grandes poetas mujeres- un efecto total, algo así como si colectivamente se estuviesen escribiendo otra vez los Cantares de Ezra Pound o una impensable Commedia".



Pero el poeta Zurita va más allá de eso. Estos poetas chilenos son los nuevos videntes o profetas (como la propia poesía mesiánica de su antologador). "Por otra parte, la amplitud de experiencias que abarcan es igualmente asombrosa, como si por segunda vez en un arco no mayor de quince años hubiese surgido de golpe un mundo no antes escrito y que continúa expandiéndose en una generación de poetas más jóvenes aún, todavía adolescente...".



Se podrían citar más frases del antologador que van a la misma idea y que se puede sintetizar así en mi propia redacción. "Se acaba de producir en Chile una generación de poetas más o menos videntes, casi profetas, cuyo nuevo discurso (no visto en el resto de América Latina o el planeta) desconstruye el mundo terrible y global en que vivimos".



La mayoría de los poetas allí antologados son de la capital Santiago de Chile. Poetas urbanos. Por ejemplo, la amplia poesía de el sur chileno está ausente. Sin duda, enojados estarán muchos por la continua marginalidad con que se los trata a nivel poético nacional. O sea, la poesía nueva chilena, la profética, según Raúl Zurita, comienza y termina en Santiago. Más allá todo es penumbra, vacío creativo, nada.



Ahora, por otro lado, es curioso que no exista en otras partes de América Latina un arrebato de tal magnitud. Es decir, vasta recorrer los diarios del continente, sus revistas culturales y literarias, para constatar que no existe ni en poesía, ni en narrativa, ni en el arte ni en la música, ni en nada, aquel deseo de profetizar en cuanto al arte y la literatura. Lo que sí existe es una variedad de propuestas de acuerdo a cómo el artista latinoamericano se inserta distintamente en este mundo globalizado.



La actitud profética del poeta Zurita está conectada a su propia obra sin duda. Obra de la que ya se ha dicho (en trabajos académicos, reseñas de periódicos, etc) que es dominante esa huella del poeta mesiánico, quien nos señala (y con mucha influencia cristiana) de dónde venimos y para dónde debemos caminar o torcer en una esquina, etc. Cada cual con su propia perspectiva en cuanto al arte que produce un artista. Eso no se discute.



Lo que sí resulta dudoso para cualquier académico o no académico es tomar a un grupo de poetas y adaptarlos a su propia perspectiva profética y así construir un armado estético. Eso ocurría en los tiempos cuando el artista era parte influyente de la "ciudad letrada", pero no ahora cuando el artista es un marginado en otra ciudad: "la ciudad cibernética".



Eso no quiere decir que la función del artista desapareció de la faz del planeta (se seguirán escribiendo poemas, pintando cuadros, soñando, hasta el fin del ser humano), pero es que ahora existen otras cuestiones a nivel masivo más interesantes para nuestros hijos y nietos, que nos (y los) bombardea constantemente, sin distinción alguna, la globalizada cultura de la imagen. ¿Es posible que en estas nuevas circunstancias se pueda hablar de artistas videntes? ¿Profetas de qué?





Javier Campos es escritor y académico chileno. Reside en EEUU.


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