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La marcha fatídica

por 3 junio, 2005

No puedo sacarme de la mente la muerte de los 45 soldados en el Volcán Antuco. La fatídica marcha de los conscriptos del regimiento Reforzado NÅŸ 17 de Los Ángeles es difícil de borrar. Muchachos jóvenes, de 18 y 19 años, que entregaban lo mejor de su juventud para hacer el servicio militar voluntario y que encontraron la muerte por el descriterio y abuso de mando de un oficial temerario que no calculó los riesgos.



Los jóvenes que encontraron la muerte y los que sobrevivieron provienen de familias humildes de Cabrero, Antuco, Santa Bárbara, Yumbel y Los Ángeles, entre otras comunidades. Familias que ven en el servicio militar un camino o paso para que el hijo o hija entregado con alegría a las filas del Ejército tenga mejores oportunidades. Jóvenes que con alegría se presentaron -en su gran mayoría en forma voluntaria- a cumplir con su obligación cívica, fueron traicionados por una oficialidad que no los respetó, no hizo caso a las condiciones climáticas y los lanzó a la muerte, desestimando las advertencias que hacían soldados de menor rango pero más expertos en la cordillera.



Al igual que con el mar, con la montaña no se juega. Cuando cae una nevazón, no se detiene por horas. Puede nevar toda una noche y cubrir una ciudad entera, dejándola paralizada. Y cuando nieva en la montaña, ésta se debe respetar aún más. La nieve en la montaña es traicionera, sobre todo por que una ventisca puede generar el fatídico viento blanco. Fue ese temporal el que le quitó la vida a los 45 soldados. De todos ellos sólo el sargento 2ÅŸ Luis Monares tenía experiencia para sobrevivir a la montaña, pero murió tratando de salvar a los jóvenes que sucumbían ante la hipotermia y uno a uno caían sobre la nieve para morir congelados.



Según informaba Radio Bío-Bío, al mayor Patricio Cereceda, oficial instructor a cargo de los conscriptos, sus oficiales de menor grado le dijeron categóricamente que las condiciones climáticas no estaban para una marcha. Pero Cereceda desestimó las advertencias, como confirmaron después a Chilevisión Noticias, entre otros, el conscripto sobreviviente Rodrigo Morales.



En lo inmediato, la fatal decisión de Cereceda fue producto de su irresponsabilidad como oficial al mando. Pero la responsabilidad recae además en el alto mando del Regimiento 17 de Los Ángeles, por no advertir o indagar cómo estaban las condiciones climáticas previa a la fatídica marcha. Quienes estaban a cargo del regimiento demostraron no estar capacitados para dirigir grupos humanos, menos aún en el contexto de la defensa nacional.



La actitud de esta oficialidad incompetente hace recordar otros ejemplos trágicos que entrega la historia militar de desprecio a la opinión de oficiales de menor rango o de otra extracción social o étnica. La masacre de Gallipoli en Turquía, la desastrosa batalla de Somme en la Primera Guerra Mundial y el fallido desembarco en el puerto de Dieppe en la Segunda Guerra Mundial son ejemplos de esa oficialidad.



Esta vez, la arrogancia de pretender saber siempre más que el subalterno le costó la vida a 45 conscriptos. La tragedia más grande en la historia del Ejército de Chile en tiempos de paz.



Preocupa que oficiales capaces de dar órdenes que desafían la lógica más elemental estén a cargo de tropa. Preocupa que sean oficiales negligentes como el mayor Cereceda, el coronel Roberto Mercado y el teniente Coronel Luis Pineda quienes tengan a su cargo delicadas labores de defensa nacional.



El Ejército moderno que plantea el general Juan Emilio Cheyre no puede contar con tales cuadros de mando. Hay que revisar a fondo la capacidad y preparación de la oficialidad y erradicar a los temerarios capaces de actuar de forma similar a la de Cereceda.



Las actitudes clasistas y de desprecio por la opinión del subordinado -que muchas veces conoce mejor el terreno que pisa- se extienden con mayor rigor a la tropa, al recluta voluntario que entra al Ejército en busca de oportunidades. En lugar de ser visto como un capital humano que hay que cultivar, ese recluta se encuentra con actitudes como las de Cereceda. Esos oficiales no sirven en un ejército moderno, menos en uno que además de ser responsable de la defensa nacional, cumple misiones de paz en el exterior.



No es el caso del general Cheyre. Fue el mismo Cheyre quien en terreno lideró la búsqueda y rescate de los soldados. Se equivoca el coro griego al que se han sumado analistas mediáticos que piden su renuncia. No es el general Cheyre el problema; al contrario, durante sus cinco años de mandato ha trabajado duro para devolver el Ejército de Chile a todos los chilenos y modernizarlo en sus funciones de defensa nacional.



Antes de que Cheyre llegara a terreno, la Tercera División del Ejército todavía no reaccionaba conforme a la real gravedad de la situación. Radio Bío-Bío reportaba que solo 79 efectivos militares habían sido enviados para iniciar el rescate. En otras palabras, poco o nada se había hecho, mientras se entregaba información errática. Cuando Cheyre llega a terreno a ponerse al frente del rescate, quintuplica la dotación.



¿Y qué pasó con el regimiento de Los Ángeles? Se quedó postrado, sin actuar o atinar a nada. El coronel Mercado y el teniente coronel Pineda no asumieron su responsabilidad de mando; primero subestimaron la realidad de la montaña, luego no actuaron, y al final hicieron a un lado a las familias desesperadas por información y ayuda. Incluso algunos oficiales de alta graduación se dieron el lujo de exasperarse ante tanta gente angustiada que clamaba al cielo por sus hijos extraviados.



Esas acciones, sumadas a las del mayor Cereceda, muestran tantos errores en serie, falta de criterio y de sentido común, que como ciudadanía debemos preocuparnos.



Si semejantes descriterios ocurren en tiempos de paz, con mandos capaces de mandar a la muerte sin motivo a jóvenes llenos de vida, qué queda en tiempos de conflicto. Da para pensar. Ése es el Ejército que el General Cheyre está reformando y modernizando.



Preocupa, porque nuestro Ejército forma parte de las fuerzas de paz de Naciones Unidas. Chile tiene fuerzas de paz apostadas en Haití y otros puntos. Es ahí donde nuestros oficiales y suboficiales deben mantener la seguridad, el orden y la paz. Preocupante que estén allí cuando las actitudes mencionadas aún son parte de la cultura del Ejército.



Al igual preocupa la reacción del regimiento para con las familias de los soldados. No hubo, nadie pensó en equipos de sicólogos, personal médico o personas especializadas en manejo de crisis. Los familiares no recibieron información pertinente, oportuna ni veraz, lo que dio espacio para todo tipo de rumores. No fueron protegidas del acoso de la prensa, que al tratar de cumplir su trabajo creaba una mayor confusión en las familias.



Conjugada con la mala información venida desde la montaña, esta confusión dejó en tela de juicio la transparencia de Cheyre. Y nuevamente fue el mismo Cheyre quien debió intervenir para solventar la ineptitud comunicacional y la insensibilidad de sus oficiales ante la catástrofe.



Cuesta entender que no exista un manual de crisis que dicte pasos a seguir. El Ejército los debe crear si no los tiene, incluso o especialmente para el caso de posibles conflictos en el extranjero con nuestras tropas de paz. El grado de desorden y desinformación que se vio en Los Ángeles no puede volver a ocurrir. Los familiares de las víctimas deben ser considerados y tratados especialmente desde el inicio de una crisis, en tanto que a la ciudadanía se le debe informar en forma oportuna y veraz.



Son las preocupaciones que surgen tras la fatídica marcha de Antuco. Si estas dudas no son resueltas, la reforma y modernización emprendidas por el general Cheyre quedarán sepultadas en la nieve de Antuco junto al recuerdo de los 45 jóvenes conscriptos cuyas vidas fueron segadas por la indolencia e imprevisión de sus superiores.



Jorge Garretón. Periodista y corresponsal de medios de EE.UU. y Canadá en Chile.


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