Estudiantes no secundarios - El Mostrador

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Estudiantes no secundarios

por 15 junio, 2006

El lenguaje ha ido cambiando. En los últimos días algunos ya no hablan de "estudiantes" sino de "colegiales" o "escolares". La ironía es evidente: se trata de jóvenes con muy poca experiencia y conocimientos, aprendices, sólo aprendices. Es que el movimiento secundario, masivo, espectacular en su despliegue, notable en sus voces, irreverente y maximalista en sus días finales, ha sido objeto de loas sinceras y falsas y, luego, de tentativas de intervención externa, de desprestigio de algunos de sus dirigentes, de infiltración de encapuchados, de manipulación.



La "mala calidad de la educación" no es la causa principal ni única de la acción estudiantil, aunque la diversidad política de sus líderes tienda a inhibir otras interpretaciones. El movimiento secundario, en el fondo, es un estallido contra un modelo en el que la escasez de medios ya no explica las políticas públicas y en el que la abundancia de recursos pareciera una maldición que atenta contra la subsistencia del modelo mismo.



Sin embargo, lo primero que expresa el movimiento secundario es la exclusión que caracteriza al sistema político. Durante diecisiete años el país ha presenciado cómo un porcentaje creciente de jóvenes se autoexcluía del sufragio universal. Efectivamente, hoy la exclusión más numerosa no es la excomunión que produce el sistema binominal -muy significativa y que debe ser superada- sino la autoexclusión y el rechazo al voto, mecanismo central para el funcionamiento de la democracia representativa. La prolongación de las exigencias estudiantiles, que ha resultado por momentos poco racional, sólo se explica por la profunda desconfianza en los mecanismos institucionales vigentes (la firma de la Presidenta constituye para ellos la única garantía valedera).



Por otra parte, durante la transición, se ha querido imponer la idea que en el mundo actual la única posibilidad real de redistribución no es la de la riqueza o la del ingreso, sino la educación. Sólo la educación -prosigue el discurso- permite distribuir conocimiento, un capital productivo que habilita al titular para mejorar sus ingresos y ascender en la escala social. Es verdad que la educación tiene ese efecto y negarlo está fuera de cuestión. El punto es que ese discurso ha cargado a la educación con una responsabilidad adicional, aparte de las muchas que tiene: producir equilibrio social, generar más igualdad.



Cuando los desniveles en el gasto por alumno son los que se conocen, entre colegios particulares pagados y colegios municipales, o entre universidades públicas y privadas subvencionadas por el Estado o privadas de primer nivel de infraestructura y medios, y modestos institutos profesionales o centros de formación técnica, el discurso se convierte en coartada para no considerar otras formas de enfrentar la mala distribución del ingreso. Cuando los secundarios ponen en cuestión la LOCE, que la derecha se ha negado por diecisiete años a considerar como modificable, lo que hacen es objetar un sistema educacional que, mientras se postula como instrumento de mayor igualdad social, es un reproductor de desigualdades.



En síntesis, el movimiento secundario es un clamor contra el modelo vigente. Pretender que lo que expresa son cuestiones técnicas y no político-culturales es no aquilatar debidamente sus demandas.



Pero, ¿por qué los secundarios?



La tradición ha sido que la vanguardia de los movimientos estudiantiles sean las organizaciones universitarias. En este caso, han sido los secundarios. Me atrevo a formular dos hipótesis para interpretar este cambio.



La primera es que los secundarios son quizá el único segmento inteligente de la sociedad que no ha sido aún objeto pleno de los mecanismos disciplinarios establecidos por el mercado. Aún no son presa de la ansiedad por el consumo, del endeudamiento, del Dicom. Tampoco del arancel que sus familias o ellos deben pagar, como en el caso de los universitarios transformados en clientes, en el sistema de educación superior. La disciplina escolar o familiar es algo que los jóvenes manejan. Aquella que imponen los mecanismos de la sociedad excluyente de consumo es, para los secundarios, menos conocida como vivencia propia y por eso, quizá, más fácil de circunvalar.



Por otra parte, los jóvenes que protestan son los únicos hijos legítimos de la democracia post dictatorial. Nacieron con ella. Durante su corta existencia han escuchado el rumor sordo, muchas veces silenciado por medios de comunicación bajo el control de los partidarios del sistema, que les dice en la mesa familiar de los domingos, en la micro, en la calle, en la gradería del estadio, que la democracia que vivimos es incompleta, imperfecta, cercenada, tutelada o de mercado. Hoy los adultos observamos cómo practican una más directa, más asambleísta, menos formal, con otras imperfecciones -pienso yo- pero distinta a la que se les ha ofrecido después de 1990.



Democratizar la educación, desmercantilizarla y convivir sobre la base de una cultura más igualitaria. Esos parecen ser los mensajes que envía la primera generación de chilenos nacidos en democracia. Son gigantescos desafíos, planteados por jóvenes que decidieron ser actores no secundarios sino principales.





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Jorge Arrate. Ex ministro de Trabajo y ex embajador en Argentina.

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