Cine de terror - El Mostrador

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Cine de terror

por 17 agosto, 2006

Ayer conocí a una doctora que le tiene miedo a la muerte. Me pregunto qué nos queda a los incautos que nos entregamos a sus pies, deseosos de una panacea, inconcientes de que ahí, sobre todo, podemos encontrar el pasadizo al más allá.



El terror lo avalan los hechos. Los periódicos dicen que hay tráfico de sangre en un hospital público y ya estoy viendo a un camión repartidor que deja caer fiambres por la puerta trasera. Pordioseros, niños vagos, pastabaseros inanes que serán desangrados para beneficio de la ciencia.



Porque más allá de mi tendencia tremendista, y de mi amor por el séptimo arte, los hechos noticiosos avalan el surgimiento de un Chilecitta. Ya no estamos ni seguros en los hospitales.



Tenía tanta razón Elvio Gandolfo cuando nos dijo en "Caballero Estafador", "¿Estoy loco o usted es adicto al cine de terror? Permítame estrecharle la mano. ¿Pero cómo por qué? Porque es lo único que nos permite tolerar lo que antes era sólo un lugar como éste, y que ahora van siendo todos los lugares del mundo, perdóneme''.



Para colmo de males, las atemorizantes noticias no se quedan en el Cartel de la Sangre -vampiros de maletín negro recorriendo la ciudad para pagar un cargamento 'burreado' hacia Chile por un vampiro peruano; perros adictos a la sangre oliendo los delantales de las enfermeras, los bolsos de los médicos a la entrada de un hospital-. Ä„Hay más!: se pierden guaguas irremediablemente, y no hay brazalete que nos salve de la confusión de quién es quién.



Esta última película fue filmada en la VII Región. Qué Caiozzi, Quercia o Wood. Y exhibida desde la semana pasada en todas las salas del país, pero con una tajante advertencia del Consejo de Calificación Cinematográfica: no es una película apta para quienes alguna vez tuvieron la duda de no ser hijos de quienes dicen ser sus padres.



Y en eso he estado estos días. Reflexionando si realmente mi padre era mi padre. Si Jaramillo, mi dedo gordo del pie derecho, es realmente quien dice ser. Llámenlo sobredosis de cine de terror si desean. Neurastenia. Pero por el momento no veo más que decorados de horror por las calles de Santiago, una ciudad consumida por el imperio de las sombras, el pálpito de que la batalla entre el bien y el mal se inclina poderosamente hacia las garras de Lucifer.



Sí, quizás le pongo mucho. Es probable. ¿Pero qué sería de mí si no fuera un Lupín? No da lo mismo. ¿Se acuerdan de esa frase, enarbolada tantas veces en la última elección? Bueno, aquí sí que no da lo mismo. Papá era un hombre observador. A lo Serú Girán diciendo "yo nací para mirar lo que pocos quieren ver, yo nací para mirar". Entonces, si mañana me salen con la empaná de que soy hijo del señor mecánico o del señor ingeniero, válgame Dios qué despelote. No me imagino en el reality show del momento, "'Ä„Descubre a tu padre, ahora o nunca!". No quiero pensar que acepté tantos mariscos de mamá por nada. Menos que otro se llevó la herencia de mi verdadero papá.



Aunque pensándolo bien quizás todos las guaguas llegadas al mundo deberían pasar primero a un banco de imberbes, donde el azar designara quién se va con quién. Sería al menos una forma interesante de intervenir las clases, de ir destruyendo el racismo instalado en los círculos donde se toman las decisiones. De espolvorear con morenos las clases de 'blancos' y viceversa. Porque la inexistente meritocracia es otro guión no aprovechado en nuestro Chilecitta. Un peliculón de terror que sólo deja de asustar a los que se tragaron el antibiótico de que la competencia es el mejor collar de ajos para todos estos males. Para los que creen, indolentemente, que aquí gana el más mejol.





alupin@elmostrador.cl
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