Oda a la vida retirada - El Mostrador

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Oda a la vida retirada

por 11 septiembre, 2006

Ya termina agosto y con ello termina el verano del norte. Vuelvo al trabajo de profesor. Gente nueva llega a mi universidad. Jóvenes que sueñan lograr algo en sus cuatro años. Los veré madurar, crecer, dejar la universidad, encontrar lo que buscaban o quizás no. Algunos/as necesitarán el viaje aquel que se llama de "aprendizaje" y se irán a alguna parte del mundo. En ese sentido son privilegiados de poder elegir, y con recursos no tan difíciles de obtener, conocer otras culturas. En fin. Faltan unos días para volver a mis clases y aprovecho el lugar donde vivo. O las últimas horas de vacaciones. Ningún ruido por estos lados que pueda romper mi ambiente rural, alejado de la gran metrópolis postmoderna. Nueva York está sólo a una hora y media de donde vivo.



Ya no voy mucho a Manhattan. Quizás pasó el tiempo en que me fascinaba y cada fin de semana partía a La Ciudad. El tren me dejaba en la gigantesca estación (Grand Central Terminal). Películas, museos. Caminar por el Parque Central. Visitar amigos pintores, escritores. Conciertos de música. Lecturas de poesía. Escuchar a escritores y a escritoras de América Latina, España o de otros lugares del el mundo que pasan constantemente por allí. Visitar la biblioteca de Columbia University. Tours por la ciudad que un profesor de historia me ofreció hace tiempo (tenia él entonces 60 años y había vivido toda su vida, también sus antepasados, en esa ciudad). Walter me dio pues un tour por toda Nueva York explicándome con detalles lo que pocos o nadie históricamente sabía: la importancia del lugar donde estaba uno parado en ese momento. Los buenos historiadores son así. Walter tenía sus tours que ofrecía a sus amigos y conocidos en varios segmentos: dos horas, cuatro horas, o tres días. A mí me dio el tour de tres días y vi Nueva York de otra manera.



Muchas películas se han hecho sobre Nueva York, ya se sabe. De los directores que más obsesivamente han filmado en esa gran ciudad y sobre una parte de ella es Woody Allen. Sus películas toman lugar casi (pero no) siempre en espacios cerrados de Manhattan. Apartamentos espaciosos y agradables de gente de clase media profesional o emigrantes italianos o judíos, escritores frustrados, aspirantes a algo en la vida que no llegan a lograrlo. O seres "perdedores" como han sido mucho de los personajes creados, actuados y dirigidos por el propio Allen.



En el cine de Allen no sólo importa la historia o el excelente guión, sus diálogos, sino la "atmósfera" que capta el fotógrafo o camarógrafo a las órdenes de Allen. Creo que allí reside el valor del gran cine: apropiarse en imágenes (o tomas) fotográficas de lo que el transeúnte, o los que allí viven, perciben, sienten, palpan, huelen de un ambiente urbano (en este caso Manhattan). De los tantos films de Allen (aparte del conocido "Manhattan") siempre vuelvo a ver ese otro film en blanco y negro que capta tan bien el "ambiente" del "Día de gracias" (o Thanksgiving) en Nueva York, fiesta tradicional norteamericana que se celebra a fines de noviembre, día de invierno y por lo general muy frío.



En ese film, me gusta la escena aquella comiendo el pavo tradicional en las bandejitas de papel de aluminio (en EE.UU son conocidas coloquialmente como "TV dinner"). Me refiero a 'Broadway Danny Rose' (1984). Es la historia de un agente artístico pobre (el personaje es Danny hecho por el propio Allen) que intenta ayudar a artistas desconocidos que se inician. Danny es un personaje perdedor y tragicómico. Pero es la atmósfera creada por la cámara, la imagen, la que transforma ese film (y la particular perspectiva de New York vista por Allen) en una perfecta obra de arte y el espectador, en mi caso, siempre encuentra mensajes nuevos en aquel movimiento de la cámara que transcurre por una parte de Manhattan.



Aquí donde vivo, alejado de Nueva York, el mundo es otro. Nadie cierra con candados su casa antes de salir. Quien haya vivido en San Salvador, Managua, Bagdad, u otros países, sabe lo que es el privilegio de salir y dejar la casa sin candado o sin llave. O el balcón con la ventana abierta.



Abro pues la ventana grande del living cuando me levanto. Dejo sólo la rejilla (esa que impide la entrada de mosquitos, pero no hay mosquitos aquí). Me gusta el aire de la mañana, fresco de este verano. O los últimos días del verano. No hay ruidos de mareas de carros, buses, camiones que constantemente pasan por Manhattan casi las 24 horas del día, o en Ciudad de México, Bogotá, Buenos Aires, Santiago de Chile.



Aquí es otro mundo entre los árboles y una arquitectura "New England" del siglo 18-19. Nadie imaginaria que donde vivo de repente, de alguna parte, nos cayera encima de nuestras cabezas un reguero de misiles o bombas. O aviones en llamas fueran directo a un grupo de apartamentos. Es impensable que carros bombas estallen cuando uno va al mercado a comprar leche.



Puede ser que con el tiempo lo que se vivió en alguna ciudad no nos interese personalmente volver a revivirlo nunca más. Está todo aquello procesado en nuestras vidas de distinta manera con una mayor o menor nostalgia. ¿O será que el paso del tiempo nos lleva irremediablemente, a los más afortunados, a buscar la tranquilidad natural de lo rural pues allí ningún ruido de las grandes ciudades nos incomoda?



En uno de los poemas más conocidos de Horacio, el famoso "Beatus ille", escrito de juventud comienza "Dichoso aquél (Beatus ille) que lejos de los negocios, como el antiguo linaje de los mortales, trabaja los campos paternos con sus propios bueyes, libre de toda deudaÂ…". Viejo tópico literario (viene del año 41 y 30 a. de C). Quizás escribió ese poema motivado el joven Horacio cuando comenzaron a aparecer las grandes metrópolis de las viejas civilizaciones y al adolescente poeta romano le preocupaba lo que ocurría en la vida moderna de aquel otro Imperio.



Aun cuando vivo casi alabando aquel tópico, sin embargo no podría enterrar en el olvido mi conexión a Internet ni la atracción por lo virtual que nació en las ciudades. ¿Lo habría hecho el propio joven Horacio si hubiera conocido la revolución digital?



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*Javier Campos. Escritor, poeta. Reside en Southbury, Connecticut, Estados Unidos






















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