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Cántame una ranchera, Jorge Negrete

por 23 enero, 2007

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Montreal tiene su chiste. Aquí el aburrimiento de la cotidianeidad es imposible. Siempre pasan cosas en apariencia normalitas. Oh! la belle apparence. Y sin embargo ésta ciudad es el baúl de las sorpresas. Se abre sigilosamente cuando menos lo esperas en el desván de las atmósferas, de la memoria, en horas intempestivas, y deja revolotear fantasmas, personajes, presencias, energías. Entonces cualquier cosa puede pasar, bajo la nieve. Hay veces que sin buscar, aparece el entuerto.



Érase una mujer que bien podría haber sido todo menos eso. No tanto por el físico si no por la carencia del sexto sentido que nos distingue, por su rigidez hormonal, por su feminismo avinagrado, por la dureza detrás de su mirada, el rictus de su boca. Por la ausencia de interés de todo lo que no confluyera en ella y para ella. Conjugaba exclusivamente el yo, mi, me, conmigo, con destreza inusual. Y sobre todo por la mala uva que rezumaba. Acababa de aterrizar de allende los mares a estos parajes invernales y acogedores, una tarde por decir lo menos, sorprendente.



Cuando la vi, el mismo día que la vi en casa de Marianne, su anfitriona, se había empeñado en cocinar algo que le gustara, dijo, porque ninguna de las exquisiteces que le habíamos preparado, le satisfacía. Con muy malos modales nos hizo presente su molestia inicial. Así empezó su odioso periplo en nuestras vidas. Empuñando la cuchara de madera, sacudÄ›endo más que mimando las viandas, como si estuviese preparando un cocktail molotov, nos amenazó con las penas del infierno por no haber sido recibida, según ella, conforme a lo que merecía. Nunca supimos lo que quiso decir. Pero fulminaba y me dieron ganas de salir por piernas de las coces de semejante individua. Los improperios sin contemplaciones que nos dedicó a las allí presentes, estaban sin duda fuera de órbita. Y todo empezó a tomar un tinte surrealista. Pero ya era tarde para desembarcar de la aventura y dejar a una amiga, la invitante, con cara de Juana de Arco en la hoguera, en la estacada y sola ante el peligro. Así que después de grandes esfuerzos por acallar la turbulencia reinante in crescendo, concluí, o mas bien la intuición todopoderosa concluyó, que semejante encuentro impuesto por las circunstancias nada bueno traería. Que esa mujer extraña y oscura era pájaro de mal agüero. Que la estrategia a seguir era poner la capa para la verónica y dejar pasar la morlaca. Calmeme un poco y senteme en la cocina de mi amiga Marianne, frente a la energúmena. Púseme a fumar, pierna sobre pierna cigarrillo en ristre, mirando entre pestañas, para no ver, hasta que el humo fue velando la imagen de la recién llegada, sus palabras impertinentes, y el chirrido oxidado de su voz. Pensaba a toda velocidad cómo hacer para no estar y de pronto encontreme tarareando cada vez mas fuerte aquello deÂ… La negra noche, tendió su mantoÂ… Cada cual tiene su manera de conjurar los demonios, me dije. Pues que me ayude Jorge Negrete ahora.



Había que respirar hondo. Había que contar hasta mil para no sucumbir a sus embestidas erráticas, cada vez más salidas de madre, obviamente provocantes y sin saber porqué ni por dónde vendría la siguiente parida. Había que hacer acopio de la paciencia de Job. De repente Marianne tuvo la idea descalabrada de traspasarme a su invitada argumentando que mi casa era mas grande y que estaría mejor y más cómoda y mas a mano de todo. Me dejó consternada. Como quien escucha las trompetas del Juicio Final. Literalmente con la boca abierta ante semejante callejón sin salida. Marianne era una mujer de educación exquisita, mundana, divertida, culta, mi amiga, mi cómplice de bohemias y de otros menesteres mucho menos frívolos. Jamás hubiera hecho lo que hizo sin avisarme de no haber barruntado un enfrentamiento poco digno con su invitada. Además había razones políticas de su parte para no llegar al duelo. Razones muy poderosas. La invitada lo sabía y aprovechó al máximo la coyuntura. Y yo que más de una vez en la vida he estado sin comerlo ni beberlo al borde del precipicio, creí en posteriores aclaraciones, soluciones. Mirando las cosas en retrospectiva, hubiese podido detenerme a pensar en mi abuela P. Lambarri por ejemplo, quien decía que más vale ponerse una vez roja que amarilla cincuenta. Pude haber pronunciado un no rotundo. Pero no, no sé porqué, pero no pude. Por ende, y por insustancial, comenzaba a vivir un auténtico thriller que duraría el suficiente tiempo como para que aun se me ponga la cabellera como escarpias cada vez que vuelven algunos fantasmas. Decía Samuel Beckett : "quand on est dans la merde jusqu´a la bouche, il faut chanter". Por eso también yo canto. Lo mío siempre ha sido habaneras o rancheras. Contra el miedo, contra la aprensión, contra los imponderables o cualquier situación que amerite mis trinos exorcitantes. Canté mucho aquél día, y los días que siguieron al primero, al segundo, a los meses. El tiempo con la invitada se convirtió en inacabable.



(Necesito un paréntesis brechtiano conveniente porque antes de continuar tengo que confesar que había comenzado esta columna hablando de otra cosa, de otras densidades e impotencias. Pero no seria saludable empezar el año dedicando neuronas al presente churrigueresco, ni al futuro entre interrogantes, tan trillados ambos. Ni creo que sea el tema favorito cuando los unos y los otros, ellas y ellos, en el verano del fin del mundo, están con la tripa al sol luciendo un par de domingas soberbias propias o adquiridas o marcando taleguilla como los toreros. Porque además seria inútil ponerse grave avisando que el sol ya no calienta si no que achicharra. O que la nieve impoluta desde mi invierno se está derritiendo, escurridiza, a una velocidad irreversible. Dicen los expertos. Lo que pone quiérase o no, el hígado en pepitoria).



Cierro paréntesis. Y vuelvo a las rancheras. Cartas marcadas podría ser. Vuelvo a las tres de la madrugada un día de invierno, de luna entre la niebla. Había estado estudiando un texto y apagado el ultimo cigarrillo de aquél día sin fin. Fui a mi habitación un poco antes de las once de la noche. Me metí en la cama de nogal y de colchón de lana que pertenecía a una de mis abuelas. Encima de la cabecera colgaba un cuadro de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Frente a la cama un armario de tres cuerpos también de nogal y a un lado el tocador con un espejo grande que siempre evité mirar, menos aun mirarme. Se decía que quien se mirara mucho en un espejo vería al diablo.



A los lados de la cama había dos mesillas de noche con lamparitas de seda color vela vieja y que al encenderlas daban una luz acogedora, y desvaída. A la derecha un ventanal hasta el suelo, abierto al balcón por donde entraba la brisa húmeda y la luz de la luna.



Como siempre suelo leer, leí un rato también aquella noche, después apagué la luz y me quedé dormida, profundamente dormida, mirando desde la cama los nubarrones, jugando con las luces y las sombras. Y de pronto, en medio de la oscuridad, sentí una presencia muy cercana y su respiración, casi encima de la cara, quieta la figura, observándome. Quieta yo, también, paralizada del susto. No quise o no pude emitir sonido alguno. Ni siquiera el grito que me ahogaba la garganta. Las campanas de la iglesia que repican las horas, dieron exactamente tres campanadas. La hora del diablo, pensé. O tal vez sentí. Solo podía ser la invitada. Le dije, qué quieres. No respondió. Me pareció escuchar algo parecido a una risita. Siguió estática frente a mí, al lado izquierdo de la cama, y entonces me invadió el terror. Pero no encendí la luz. No hubiese acertado a encontrar la perilla debatiéndome entre la parálisis y el tembleque. Veía perfectamente su mirada fea y el inolvidable rictus en la boca. Le dije al fin, qué buscas. Qué haces aquí. No dijo nada. Le pedí que saliera inmediatamente de mi habitación, inmediatamente. Se quedó donde estaba. Luego despacio, amenazante, paso a paso hacia atrás, sin quitarme la vista, fue saliendo como un fantasma, con algo entre las manos, escondido. Cuando desapareció en la oscuridad de la casa, salté de la cama, contra la puerta, y la cerré fuerte, con llave antigua que ninguna otra puede sustituir. Ni abrir por fuera. Estaba helada, escuchando mi propio corazón desbocado que rompía el silencio. Empecé a rezar No me mueve mi Dios para quererteÂ… Lo repetí y lo repetí hasta que encontré un cierto sosiego. Pero no dormí más. Imposible. No sabía como enfrentar el alba, ni la presencia de aquella mujer. Amaneciendo y ante el enfrentamiento inevitable que pudo haber sido fatal, pensé, deseé en un rapto de fuga de la realidad inmediata, haber sido trovada a la luz de la luna por Jorge Negrete. Cuando por fin salí de la habitación, armada hasta el alma, la invitada tenebrosa se había ido y nunca mas la volví a ver. Abrí todas las ventanas tranqué las puertas y la luz inundó la casa.



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Begoña Zabala es actriz y reside en Montreal, P. Québec

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