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Editorial: El juego de las apariencias

por 4 septiembre, 2007

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La extrema concentración del poder en el sistema político chileno ha brindado hasta ahora muy pocas oportunidades para las sorpresas. Los premios electorales más importantes -presidente, parlamentarios o alcaldes- se distribuyen en un círculo muy cerrado de personas, de una manera altamente previsible y sin mayor competencia interna, o entre bloques políticos. Lo mismo que los mayores ingresos económicos del país.



Esta especie de rotativa oligárquica implica en cierto sentido vivir de las apariencias. Permite, por ejemplo, designar parlamentarios a dedo, como ocurrió en las pasadas elecciones senatoriales en la Región de Los Lagos. Aunque la reforma del año 2005 terminó con los senadores designados, Andrés Allamand y Eduardo Frei gozaron de un fuero electoral en sus campañas, compitiendo solos o mal acompañados, en algo muy parecido a una designación.



La riqueza generada por el crecimiento económico del país tiene un destino similar. Lo que se entrega al 40% más pobre de la población por medio de políticas sociales, es igual o inferior a lo que se entrega a los más ricos por franquicias y exenciones tributarias. Estas, según el SII, superan los 2.783 millones de dólares anuales.



La estrechez política del sistema binominal otorga, de manera indirecta, un enorme poder político a las mesas de los partidos. Ellas operan como un cuerpo elector indirecto al imponer candidatos y omisiones, y disciplinar los acuerdos, en los que suele primar un principio de status quo, aunque en apariencia se compita.



La doctrina política señala que el adversario está al frente. Pero ello solo es apariencia porque en la realidad el adversario es el aliado o compañero de lista.



La realidad enseña que el gobierno es, en muchos sentidos, una apariencia de mayoría, pues en la práctica el modelo institucional chileno obliga, mediante un intrincado sistema de quórum parlamentarios, a aplicar las reglas del consenso y el acuerdo con la oposición para poder gobernar.



Sin embargo, crecientemente este sistema de apariencias se resiente. Muchas materias sociales y políticas vuelven a tener una cierta simetría entre lo que realmente son y lo que parecen ser. El crecimiento con equidad queda desnudo en la brutalidad de una enorme brecha social de poder económico entre empresarios y trabajadores, y aparece la pugna por el salario ético. La aceptación social de las reglas del juego económico deja de enmascarar el abuso de los pequeños propietarios por parte de los grandes, y la orfandad de las PYMES.



En materia política es fácil percibir que quien desea competir debe romper la inercia del círculo político mezquino. Y que ello es más fácil, aparentemente, desde la impugnación del orden actual, que desde la adhesión y la disciplina. Y se instala el debate de los díscolos y de las movilizaciones sociales. Avala esta percepción la creciente volatilidad política de la ciudadanía, y su desafección de los partidos políticos y las coaliciones tradicionales.



La primera víctima es el gobierno, porque el síndrome de la ansiedad y la anticipación para obtener ventajas es el que domina el espacio casi vacío de conducción política, y produce candidatos madrugadores. Pero el tema va más allá y toca el sistema en su conjunto, especialmente el poder de los partidos que, para seguir en el juego, requieren tener opciones para negociar.



Lo que cada vez es más difuso es si todos los candidatos que hoy se muestran están convencidos de que requieren de los partidos para su éxito. Porque los cambios en el escenario sugieren, en muchos aspectos, la posibilidad que se estén incubando las condiciones para la competición por fuera. Es decir, para la aparición de caudillos puros. O que la representación cruda del interés y del dinero asuma el gobierno sin mediaciones de ningún tipo ni justificaciones doctrinarias de liderazgo natural.

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