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El miedo

por 11 septiembre, 2007

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Todos queremos olvidar el 11 de septiembre. El impulso más animal e instintivo nos incita a ello como higiene mental. Cada año repetimos lo mismo: basta, superemos el pasado, miremos hacia adelante. Ha transcurrido un tercio de siglo, todo un capítulo en la historia, un tremendo pedazo de nuestras propias vidas. Y nada. No podemos. Como en la tragedia griega, el íncubo vuelve por el túnel del tiempo, una y otra vez, con formas de espiral y de escarnio. Los bandos militares, los campos de concentración, la ocupación de escuelas, universidades, oficinas, fábricas. La provisionalidad, la huida. La arbitrariedad, la voz única, la petulancia y la zafiedad de los ungidos. El destino terrible de elegir entra la inmolación y la apostasía.



Es este el primer septiembre en que ya no está vivo Pinochet, pero su mirada viperina sigue sobrevolando nuestras ciudades y nuestras conciencias. El miedo al castigo. El miedo al aislamiento. El miedo al desprecio. El miedo al dolor físico y al dolor moral. Cuánto nos ha costado salirnos de la fila. Cómo le hemos temido a la desaprobación, a la censura, a perder el trabajo, a no poder pagar las cuentas. No digas eso, no te muevas, ubícate, no seas aguafiestas. La genética misma de nuestra democracia lleva ese sello: el miedo. Nuestros próceres democráticos no sabían cuán enquistado lo tenían cuando pactaban furtivos con sus propios verdugos: el miedo.



El año pasado levantaron la voz los estudiantes. Este año les tocó el turno a los sindicalistas. Los aires de Aparecida parecen estar soliviantando otra vez a algunos curas. Los estudiantes ya comprendieron que el castigo de hoy ya no es la bota militar que recorría los noticieros de todo el mundo, sino procedimientos bastante más pedestres, administrativos, anónimos, pero de una clínica eficacia. Se acabaron los relatos épicos. Ni grandes héroes, ni grandes víctimas. Ya no te meten en el potro de tortura, te meten en Dicom. Ya no te queman la cara, sencillamente no te renuevan la matrícula. Castigos de ceniza para tiempos de ceniza. Nuestros pingüinos están caídos. Pero se volverán a levantar, señores, una y otra vez, volverán a pisar la calle, tercos, oraculares, airados, y en ciertos cenáculos, ciertas salas y despachos, volverá ese viejo ardor en el pecho, el sudor frío del miedo. Eso también está escrito desde los tiempos de Grecia.



*Pablo Azócar es periodista y escritor

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