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Editorial: La fortaleza de un corredor de larga distancia

por 12 marzo, 2008

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En sus años mozos Adolfo Zaldívar fue atleta. Los últimos sucesos políticos, que lo tienen en el centro de los acontecimientos, confirman que persisten en él los rasgos del deporte de su juventud. Una capacidad pocas veces vista para mantenerse en el escenario político nacional, superar el aislamiento, marcar su propio ritmo e imponer una opinión. Así llegó a la presidencia de la DC, así logró frenar -por lo menos bajo su mandato- la caída libre electoral de su partido, y así llegó ahora a la presidencia del Senado.



Este último hecho es un duro golpe para su ex partido, a cuya actual directiva acusó, al momento de ser expulsado en diciembre de 2007, de amparar la corrupción. Su defenestración de la DC fue ejecutada de manera quirúrgica por Soledad Alvear, y lo dejó prácticamente solo. Mas, apenas dos meses después, el panorama es muy diferente: lo siguieron cinco diputados falangistas; su familia (Zaldívar Larraín) se alineó con él, y ahora presidirá el Senado, la segunda más alta dignidad política de la República. En este alto cargo le tocará dirigir la corporación que, como jurado, deberá fallar acerca de la acusación constitucional en contra de la Ministra DC Yasna Provoste, si la Cámara de Diputados la declara plausible.



La situación es de gran complejidad para el Gobierno. Si bien fue evidente la temprana resignación con que enfrentó la pérdida de su mayoría parlamentaria, en ambas cámaras, al parecer nunca se puso en el escenario de que Adolfo Zaldívar ocupara la presidencia del Senado. Cuando quiso reaccionar, ya era tarde. La derecha ya había sido seducida por la imagen de una derrota importante para la Concertación. De ahí que el principio de responsabilidad de los grandes bloques para un funcionamiento sano de la institucionalidad, voceado sin mucha convicción por el nuevo ministro del Interior, Edmundo Pérez Yoma, no fructificó (pese a haber tenido en un comienzo adeptos fuertes en la UDI).



La presidencia de Adolfo Zaldívar llega, además, en un momento complejo para el Gobierno a raíz de los temas de corrupción en el Ministerio de Educación, y abre una promisoria ventanilla de dividendos políticos para la oposición.



No cabe duda que el mayúsculo tema de la corrupción y su necesario combate, es la mejor bandera para que el desplazamiento práctico de Adolfo Zaldívar hacia la derecha pueda ser comprendido por la ciudadanía, e incluso sea justificado desde el punto de vista doctrinario. La corrupción, como lo demuestran las encuestas, tiene una alta valoración en las preocupaciones ciudadanas, y nadie podría reprocharle a una autoridad pública que defienda la honestidad y la transparencia, aún a costa de quedarse sin partido o tener que aliarse con sus antiguos adversarios. La ambigüedad y victimización que, como argumentos exculpatorios exhibe el Ejecutivo, ayuda a que tal percepción se afirme en la ciudadanía.



En un corredor la dosificación de las fuerzas es un elemento central de su capacidad para mantenerse en carrera. Implica una evaluación constante de los recursos propios y una adecuada apreciación del entorno y la capacidad aeróbica que exhiben los adversarios. Todo indica que Zaldívar sabe hacerlo, y está consciente de sus actuales ventajas y riesgos.



La falta de sincronía y de sentido común ante la corrupción exhibidos por las más altas instituciones del Estado, principalmente el Gobierno, es un escenario favorable para que las ideas de cambio de escenario político sugeridas por Adolfo Zaldívar, fructifiquen en más de algún sentido.



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