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Las Malvinas, al estilo georgiano

por 14 agosto, 2008

Por más que el vicepresidente estadounidense Dick Cheney diga que "la agresión rusa no puede quedar sin respuesta", lo más probable es que así sea. La Casa Blanca necesita del apoyo de Rusia para amarrar las manos de un Irán que pretende tener un escaño en el selecto club de las potencias nucleares.
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Una guerra corta y sangrienta, con un 90% de bajas civiles. Tal es el terrible resultado del conflicto que enfrentó hasta hace pocos días a Rusia y Georgia en el Cáucaso, donde la piedra de tope fue el enclave de Osetia del Sur. Una "nación" de las tantas que aparecieron tras la implosión de la Unión Soviética, y que, al igual que Abjazia, pretende escindirse de Georgia, país al que acusa de crueldad y discriminación contra los grupos étnicos minoritarios.



La regla de oro en esta pugna es el cinismo de casi todos los actores envueltos en él, que actúan en base a atender sus intereses propios en un planeta donde, a pesar de la globalización rampante, el nacionalismo cobra nuevos bríos.



La principal lección, sin embargo, la ha aprendido, con sangre de inocentes y dolor a raudales de por medio, el gobierno de Mikhail Saakashvili, presidente de Georgia, quien sobrevaloró la importancia de su vínculo como país protegido de Estados Unidos y subestimó al herido orgullo ruso.



Saakashvili jugó el peligroso juego de afianzar su alicaída "Revolución de las Rosas", que en 2003 sustituyó en Tbilisi al gobierno del ex canciller soviético Eduard Shevardnadze, apostando a la carta del endurecimiento de la opción bélica en su política exterior.



Conviene recordar que el pacto que puso fin a la guerra separatista de Osetia del Sur, en 1992, permitía que una fuerza de paz formada por militares rusos, de la provincia de Osetia del Norte, de Osetia del Sur y de Georgia, se desplegara como escudo de interposición en la zona de los choques armados.



Los georgianos alegaron en su momento y alegan hasta ahora que las tropas de Moscú han respaldado a los separatistas y operan tendenciosamente contra Georgia. Por ello, Saakashvili lanzó un ataque contra la capital de Osetia del Norte, Tskhinvali, pensando que la ofensiva de castigo quedaría impune.



Craso error: Vladimir Putin, desplazado del poder formal en el Kremlin por Dmitri Medvédev, el nuevo Presidente de la Federación Rusa, no es Boris Yeltsin, el tambaleante ex hombre fuerte ruso, que solía ser muy permeable ante las presiones de Occidente.



Putin descargó de inmediato todo el poderío militar de una superpotencia fallida, pero superpotencia al fin, como es Rusia, sobre el líder georgiano, quien sintió el amargo sabor en su boca de revivir una suerte de "Malvinas II".



Es decir, el síndrome de un país que se arroja a una aventura, tocándole la oreja a un grande, conjeturando quizás que otro animal de gran tamaño vendrá a salvarlo de la inevitable reacción que su conducta generará.



Saakashvili, por lo visto, nunca supo lo mal que le fue al general Leopoldo Fortunato Galtieri con semejante estrategia, sino tal vez habría sido más prudente.



Lo cierto es que Moscú desoyó las advertencias de Bush, quien primero señaló desde Beijing que la respuesta militar rusa a la incursión georgiana había sido "desproporcionada". Y luego dijo que Putin/Medvédev buscaban, en realidad, derrocar a Saakashvili, tras hacerle sentir el sonido de la metralla cayendo a su alrededor.



Por su parte, el secretario general de la OTAN, Jaap de Of. Scheffer, criticó a Rusia en duros términos por violar "la integridad territorial" de Georgia. Fuera de esta retórica, la verdad es que Bush y el Pacto Atlántico poco más pueden hacer para ir en ayuda de su hombre en Tbilisi.



Hay varias razones para ello. La primera es que resulta poco creíble que la integridad territorial de Georgia sea más valiosa que la de Serbia (como se sabe, EE.UU. reconoció casi de inmediato a Kosovo tras su secesión de Belgrado), sólo porque así le conviene a Washington. La segunda es que Bush ha patrocinado abiertamente el ingreso de Georgia a la OTAN, una alianza a la que Rusia considera hostil y que tendría así una cuña clavada en la esfera de influencia de Moscú, desde la época de los zares.



Al margen de ello, por más que el vicepresidente estadounidense Dick Cheney diga que "la agresión rusa no puede quedar sin respuesta", lo más probable es que así sea. La Casa Blanca necesita del apoyo de Rusia para amarrar las manos de un Irán que pretende tener un escaño en el selecto club de las potencias nucleares. Y tuvo que permitir, mal que le pese, que buena parte de los cuatro mil georgianos que están en Irak se dislocaran de vuelta a casa para intentar frenar al malhumorado oso ruso, que despertó de un largo sueño para descubrir que sus zarpazos aún duelen.





*Carlos Monge Arístegui es periodista y agregado cultural de Chile en Brasil.

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