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Las primarias y el valor de los ciudadanos

por 7 abril 2009

Aunque pueda aparecer como un error táctico o un acto democrático fallido por la aparentemente baja participación, no cabe duda que se trató de una consulta plenamente voluntaria y de un mecanismo ampliamente democrático para resolver una controversia electoral que, de acuerdo a los hábitos...

La evolución de los acontecimientos políticos en las últimas semanas ha dejado en evidencia el valor relativo que en nuestro sistema político se  le atribuye a la ciudadanía y a los mecanismos de competición y participación. Independientemente si ellos están referidos a la ciudadanía política o simplemente al ejercicio de derechos económicos esenciales, entre ellos, la libertad de elegir.

La preeminencia de una visión meramente instrumental, en ambos casos, llega a ser preocupante.

Un ejemplo, son  las opiniones de la derecha política acerca de las primarias presidenciales de la Concertación. Resulta natural que la opinión de los opositores tienda a desvirtuarlas, pero no lo es que se les considere un hecho socialmente negativo. Tampoco es conveniente que para dirigentes oficialistas, como Camilo Escalona, sean un mecanismo de eliminación política antes que un acto unitario.

Aunque pueda aparecer como un error táctico o un acto democrático fallido por la aparentemente baja participación, no cabe duda que se trató de una consulta plenamente voluntaria y de un mecanismo ampliamente democrático para resolver una controversia electoral que, de acuerdo a los hábitos políticos prevalentes, perfectamente podría haberse solucionado mediante una negociación directa, entre cuatro paredes.

Más aún, del análisis de su forma y resultados, se puede inferir que el proceso fue plenamente competitivo y limpio y que, en términos generales, contiene importantes lecciones electorales para todas las fuerzas políticas, especialmente en cuanto a la tendencia que pudieran exhibir los sectores urbanos del país, donde la diferencia entre Frei y Gómez fue más estrecha.

La política nacional desde mediados de los años noventa hacia acá ha estado plagada de frases hechas acerca de escuchar a la gente o hacer lo que quiere la gente. Aunque esa voluntad se vea permanentemente corregida por el sistema  electoral binominal y la política le haya entregado a la ciudadanía un perfecto empate institucional.

De ahí que una contienda democrática abierta, como ocurrió con las primarias de la Concertación, cuyo resultado resulta vinculante para las fuerzas políticas que la acordaron, constituya un acto cívico que no puede ser menospreciado. Especialmente porque  tiene el valor de reponer lo ciudadano como eje de la acción política, casi de una manera contracultural a lo que efectivamente ocurre en el sistema político.

En otro ámbito, el déficit de valor de los ciudadanos también se expresa en áreas sustantivas de la cotidianeidad económica. En medio de la crisis desatada por la denunciada colusión de las grandes farmacias en torno al precio de los fármacos, llama poderosamente la atención el rol secundario atribuido a los daños económicos que ello provoca a los ciudadanos. El juicio crítico acerca de la ilegalidad en este caso ha estado centrado mucho más en la lesión a la transparencia de los mercados (por cierto, también es muy importante) que en los daños a los derechos fundamentales de las personas, como son la vida y la salud.

El mercado aparece así despojado de temporalidad y de personas, los consumidores, los que en su calidad de tales ven amagados sus derechos por falta de información, transparencia o simplemente de mecanismos aptos para hacerlos valer y defenderse.

La disciplina económica de los consumidores, tan útil para una demanda sana en los mercados, no va acompañada de una responsabilidad y transparencia por parte de los prestadores de bienes y servicios. Ello hace extremadamente asimétrica las relaciones entre los actores económicos, lesiona los derechos de los más débiles y pone a la economía en situaciones extremas de abuso.

A este punto, se disuelve el valor real de la ciudadanía como sujeto y objeto en la construcción de una sociedad más democrática.

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