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Soul Inmaculado

por 15 noviembre 2009

Soul Inmaculado
¿Quién podría siquiera opinar sobre la voz de Sam Cooke, por ejemplo? La larga biografía que le dedica el admirable Peter Guralnick (el hombre del mejor libro sobre Elvis Presley) en Dream Boogie incorpora a cada momento el deslumbramiento de sus entrevistados.

Dream Boogie Sam Cooke Peter GuralnickEl performer como entretenedor mayor, sujeto artístico capaz de combinar en sí mismo y sin aparente esfuerzo todas las cualidades intrínsecas al éxito popular: talento, sensibilidad, carácter, carisma, belleza. No han sido tantos los performers dignos de gloria desde el origen de la industria discográfica. No es lo mismo éste que el llamado “ícono”, concepto que tanto le gusta al periodismo de espectáculos. Nada tiene que ver Madonna con Frank Sinatra, por ejemplo, pues la marca del de “My way” logra separarse de la imposición de la moda, la tendencia o el choque generacional que sostiene a la de “Holiday”. El buen performer es esencialmente atemporal, ecuménico y cordial; y ostenta un talento que trasciende la categorización desde el gusto. ¿Quién podría siquiera opinar sobre la voz de Sam Cooke, por ejemplo? Luego de cantar en su funeral, Ray Charles habló así de ese tipo de talento que obliga a acallar el juicio:

«Nadie sonaba como Sam Cooke. I mean nobody. Llegaba a cada nota dónde se suponía que tenía que llegar, y no sólo daba con la nota sino que lo hacía con sentimiento».

Además, encantador. Además, socialmente consciente. Además, atrevido (junto a Ray Charles, es otro de los infieles a quienes les debemos oro por haberse atrevido a secularizar el gospel). Además, guapo. La larga biografía que le dedica el admirable Peter Guralnick (el hombre del mejor libro sobre Elvis Presley) en Dream Boogie incorpora a cada momento el deslumbramiento de sus entrevistados. Uno lo define como el Irving Berlin o el Cole Porter negro, «con la suficiente audacia para adaptar un standard a su modo de pensar». Otro habla del magnetismo que ejercía frente al público: «Si cantaba en vivo, tenía la completa atención de la audiencia. Yo miraba a las primeras filas y, man, la gente no podía sacarle los ojos de encima». Otro se refiere a la experiencia inolvidable que fue para él estar en la sesión de grabación de “A change is gonna come“; probablemente, la más hermosa canción política que exista en inglés (tan influenciada por Martin Luther King como por “Blowin’ in the wind”, según el libro).

Guralnick ya había levantado un drama tenebroso con la descripción de los últimos años de Elvis Presley, y no esquiva dar cuenta aquí también –aunque con menos gracia, es cierto– de la decadencia de un aparente ángel atravesado desde temprano por los demonios de sus muchos vástagos no reconocidos, la mala relación con su única esposa y, sobre todo, la muerte de su hijo menor en un accidente absurdo en la piscina de su mansión. Su propio asesinato, en diciembre de 1964, hirió de modo profundo a la familia del soul no sólo por la impotencia de tener que dejar partir a un talento de sólo 33 años (tan joven, que hoy los encargados de un casting para un posible biopic no logran dar con un actor lo suficientemente experimentado para personificarlo), sino por cómo develó ya de modo incamuflable la doble vida que Cooke había intentado ocultar por mucho tiempo. Un disparo en un motel de cuarta, una prostituta arrancando con su dinero, la huella indeleble del alcohol en su sangre; un cadaver casi desnudo y con sus genitales expuestos, igual que su miseria.

«Si Sam hubiese sido un cantante blanco, si hubiese sido Elvis Presley o uno de los Beatles, el FBI estaría aún investigando y alguien ya estaría preso», gritó su amigo Muhammad Ali en su funeral. Tenía razón (las circunstancias de la muerte de Cooke jamás se han aclarado), pero esa denuncia contenía la doble rabia de la decepción. El más ejemplar cantante negro que hasta entonces había conocido Estados Unidos –el más fiero defensor de los derechos afroamericanos desde la música, el más preciso compositor de canciones, el de más bella voz– se iba del mundo como un delincuente, casi. Paradojas de la música y de los llamados clásicos: algo tienen sus grabaciones eternas que insisten en hacerlas sonar como las de un ángel impoluto.

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