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La TV que no queremos ver

por 17 diciembre 2009

La TV que no queremos ver

La Televisión

La Televisión

La TV está cambiando y muy rápido. A fines de los 90, Baywatch se exhibía en 142 países y en su momento de gloria cerca mil millones de personas la veía. Hoy la serie más popular en el mundo es House con una audiencia bastante menor que el equipo comandado por Pamela Anderson: de 82 millones de telespectadores. La digitalización de la TV ha permitido que al ya enorme número de aparatos en el mundo (1.100 millones de hogares tiene un TV) ahora se sume una gran oferta de canales. La pregunta entonces es si el mundo será más "idiota" como dicen los detractores de la televisión o si una mayor conexión hará un mejor planeta. Con la idea de resolver esta duda se aboca este muy buen artículo de la Foreign Policy. Según el texto hay pruebas científicas para demostrar que la TV educa, generar procesos democráticos más transparentes, disminuye el consumo de drogas y reduce la corrupción y los índice de natalidad (especialmente en países pobres). Y, por supuesto, no necesariamente hace a la gente más idiota. Por lo menos, no potencia el fenómeno. Esto, es un hecho, lo intuyen los burócratas. Una investigación muestra que en 97 países el 60% de las cinco principales cadenas de TV las maneja el Estado, en muchos casos con consecuencias negativas. El texto invita a mirar la TV desde la distancia que no tienen sus detractores, que prefieren vestirse con un enfoque elitista y políticamente correcto. La TV está cambiando con el mundo digital y ese mundo, si se observa y discute democráticamente, abrirá las puertas a un diálogo sin prejuicios, que sumará más luces que sombras.

Por Charles Kenny

La televisión”, se lamentaba el escritor de ciencia-ficción Ray Bradbury en 1953, es “esa bestia insidiosa, esa Medusa que convierte en piedra a mil millones de personas cada noche y las hace quedarse absortas, esa sirena que llama y canta y promete tanto y, al final, da tan poco”. Bradbury no fue el único en indignarse: la televisión ha recibido tantas críticas como aplausos desde que comenzaron las primeras emisiones, en 1928. Sus detractores, desde los asqueados defensores de lo políticamente correcto hasta los indignados guerreros conservadores de la cultura, le echan la culpa de la mala salud, la ignorancia y la decadencia moral, entre otros males variados. Algunos van más allá: según una fatua reciente emitida en India, la televisión es “casi imposible de usar... sin pecado”. El año pasado, un destacado clérigo saudí dijo que era permisible matar a los ejecutivos de las emisoras de televisión por difundir la sedición y la inmoralidad.

Entonces, ¿será la rápida proliferación planetaria de televisores y canales digitales y por satélite a rincones del mundo en los que aún no se ha oído hablar de Internet la causa de la decadencia mundial que temen esos críticos? No parece. Un mundo de teleadictos sentados ante sus televisores digitales tendrá sus inconvenientes: menos boleras y más bolos en la Wii. Quizá sea un mundo con más obesidad, o no, según a quién se le pregunte. Pero también puede ser un mundo más igual para las mujeres, más saludable, mejor gobernado, más unido frente a las tragedias mundiales y más aficionado a votar en las versiones locales de la edición americana de Operación Triunfo que a disparar contra la gente.

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