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La implosión política y la sordera del poder

por 19 diciembre 2009

Los chilenos no son simplemente estatistas, quieren que la sociedad que ellos producen cotidianamente y que el Estado que ellos financian con sus impuestos directos e indirectos les resuelva sus problemas más apremiantes.

El escenario presidencial está claro, cierto es que Sebastián Piñera no ha logrado superar el 44% de la tradicional base electoral de la derecha, pero, también es cierto que el comando de la campaña de Eduardo Frei no sabe como convocar y articular a las fuerzas democráticas y progresistas que suman el otro 56% del electorado, además, la representación oficial de la Concertación constituida por esa candidatura apenas ha logrado el apoyo del 30% de los electores, su peor desempeño electoral luego de veinte años de éxitos.

Lo anterior es notablemente contradictorio con el respaldo cercano al 80% que tiene la Presidenta Bachelet y su cuarto Gobierno de la Concertación. Esto no tiene nada de sorprendente si se recuerda que la Presidenta Bachelet lo es por voluntad de la nación chilena que se la impuso a la Concertación para conducir la campaña por un cuarto período en el poder, desde allí los partidos de la Concertación manifestaron una evidente sordera política de la cual no han logran reponerse hasta ahora, todo parece indicar que la incapacidad de escuchar la “voz del pueblo” es un mal que ha contagiado al equipo del Gobierno de la Concertación, el cual cree mejorar la convocatoria de la campaña de Frei trasvasijando ministros y altos funcionario a la conducción de la misma.

El 20% de respaldo electoral obtenido por Enríquez-Ominami, díscolo de la Concertación, que otro díscolo de la Concertación haya liderado a la, hasta ahora, izquierda extraparlamentaria, más otros díscolos concertacionistas “muertos en el camino”, son los “gritos y susurros” de las molestias y enojos de las fuerzas democráticas y progresistas que constituyen las bases sociales y políticas de la Concertación. ¿Cómo se produce esta sordera del poder?

Los chilenos no son simplemente estatistas, quieren que la sociedad que ellos producen cotidianamente y que el Estado que ellos financian con sus impuestos directos e indirectos les resuelva sus problemas más apremiantes.

La implosión política, como derrumbe de lo político hacia su interior, se caracteriza porque los atributos de los programas políticos son sustituidos por los atributos personales de los liderazgos, como en las empresas, y los debates de ideas y propuestas políticas son reemplazados por la farándula y el histrionismo mediático. Los programas políticos son considerados anticuados, científica y técnicamente irracionales, socialmente conflictivos y políticamente populistas. Sabido es que la derecha no es muy hábil en programas políticos y prefiere los liderazgos, ya que sus programas no concitan grandes mayorías, en cambio, la izquierda se vuelve seria, para la derecha, cuando tiene buenos liderazgos y pocos programas. Estos liderazgos, a su vez, padecen el encabinamiento del poder, donde los mediadores – asesores, consejeros y operadores - no le permiten a la conducción política ver la realidad, social, económica y cultural sobre la cual hay que tomar decisiones.

Finalmente, el poder político se vuelve sordo a las demandas ciudadanas, ya que eso es considerado puro populismo, las decisiones son un asunto de expertos, aquí la sordera del poder se hace manifiesta con el continuo crecimiento del clamor ciudadano por mayor participación social, que ésta no sea meramente informativa o consultiva, sino que sea plenamente deliberativa, resolutiva para los involucrados en el asunto de que se trate –económico, social o cultural- y vinculante para las autoridades responsables en hacerse cargo de ello.

Esa incapacidad del poder de escuchar se hace más sorda aún cuando se afirma que si se ha escuchado la “voz del pueblo”, que sus demandas y propuestas serán acogidas con los brazos abiertos, etc., pero nunca se dice qué fue lo escuchado, aquí el poder además de sordo se vuelve mudo.

Si la campaña de Eduardo Frei quiere ganar la segunda vuelta de la elección presidencial tiene que proponer un cambio mayor que aquel propuesto por Piñera. Entonces ¿qué es lo que quieren los chilenos? ¿Ellos en qué quieren ser escuchados? Veamos algunas encuestas: el 86% quiere el Estado tenga empresas públicas, es decir, de agua, electricidad, gas, comunicaciones, etc., el 80% quiere una AFP estatal, el 79% quiere más bancos estatales, el 70% que el transporte público sea estatal y el 65% quiere que las universidades privadas pasen al Estado.

Los chilenos no son simplemente estatistas, quieren que la sociedad que ellos producen cotidianamente y que el Estado que ellos financian con sus impuestos directos e indirectos les resuelva sus problemas más apremiantes. Para satisfacer esas demandas será necesario repolitizar la política. Retar a la derecha representada por la candidatura de Sebastián Piñera a explicitar cual es su programa real y concreto, y no simplemente que hará lo mismo que la Concertación pero mejor, además, algo más que su reiterado discurso sobre la lucha contra la delincuencia y la corrupción aspectos en los cuales el país muestra sus mayores éxitos en las comparaciones internacionales.

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