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La última elección fácil

por 2 febrero 2010

La última elección fácil
La verdadera competencia en las elecciones se ha dado sobre sólo el 20% del electorado que es el que parece fluctuar entre ambos lados de esta polaridad. ¿Cómo va a ser difícil una elección en que cada uno de las coaliciones parte de una base, de una verdadera póliza de seguro electoral, de un 40% que inmediatamente las sitúan como fuerzas competitivas en segunda vuelta?

Reiteradamente se ha mencionado que las tres elecciones post transicionales han sido elecciones altamente competitivas. Utilizo el término ‘elección post transicional’, siguiendo a Samuel Valenzuela, para describir las elecciones ‘normales’ post dictadura que son las elecciones del 2000en adelante ya que la las 2 primeras fueron elecciones propiamente transicionales y no reflejaron exactamente la distribución de fuerzas existentes en el país.

En esta columna quiero brevemente cuestionar esa asentada noción de alta competitividad de las elecciones post transicionales y argumentar que esta última elección se trató de la tercera y última de tres elecciones no competitivas. También quiero argumentar que ese carácter no competitivo ha sido salvaguardado por un padrón electoral envejecido y congelado y por la persistencia de la polaridad entre democracia y dictadura en los que conforman dicho padrón, todos hechos que están prontos a cambiar.

Parece ser cierto el planteamiento de que el efecto electoral que provoca una dictadura perdura hasta tres generaciones luego de la generación de los protagonistas.

Lo más notable de la última elección, así como de las dos anteriores, es que se ha mantenido una situación de paridad electoral entre la derecha y la Concertación. Esa paridad no se rompió con la derrota de Frei sino que sólo hubo un cambio en el ganador. Esta persistente paridad ha dado la impresión de que se han tratado de elecciones altamente competitivas.

Sin embargo, sostengo que esa paridad no tiene que ver primordialmente con el carácter competitivo de la elección, en cuanto a la competitividad de los candidatos, las campañas, los programas, los equipos, etc., sino que con la persistencia de una línea divisoria, escasamente cruzada por los votantes, originada entre los que apoyaron la dictadura y los que fueron oposición a ella.

La encuesta realizada por MORI sólo unos días entes de la segunda vuelta reveló nuevamente esa realidad. Esa encuesta –la que además predijo con bastante precisión el resultado- mostró que cerca de un 85% de los votantes de Piñera había votado por el Sí en el plebiscito del 88 y que cerca del 75% de los votantes de Frei lo había hecho por el No.

Esos datos no pueden tomarse como una simple coincidencia, sino que como una prueba de que esa división originada por la dictadura corresponde a un potente clivaje político que determina fuertemente hasta hoy las preferencias electorales de una gran parte de los votantes chilenos. Esa división originó actitudes tan fuertes en un grupo de chilenos que los hace más tolerantes con otros aspectos de la campaña, como los atributos del candidato, el discurso, el programa pero mucho menos tolerante con la ubicación de su candidato o el oponente en relación a esta línea divisoria.

Ello nos lleva al punto de reconocer que la verdadera competencia en las elecciones se ha dado sobre sólo el 20% del electorado que es el que parece fluctuar entre ambos lados de esta polaridad. ¿Cómo va a ser difícil una elección en que cada uno de las coaliciones parte de una base, de una verdadera póliza de seguro electoral, de un 40% que inmediatamente las sitúan como fuerzas competitivas en segunda vuelta? Además, es cuestionable cuán libremente se mueve ese 20% restante del electorado cuando existe ese fuerte anclaje electoral de votación dura basado en la persistencia de un clivaje del pasado más que en lecturas alternativas de la realidad actual.

La última elección dejó también en evidencia que esa polaridad no es entre Derecha y Concertación, sino que entre Derecha y no Derecha y que la Concertación sólo captura una porción de su respectivo campo en esa división. La votación de Frei en la segunda vuelta representó en forma importante una votación contra la Derecha más que un real aprecio por el candidato o por la Concertación. Tanto es así que ME-O pudo haber profitado de esa misma división, y quizá con mayor éxito que Frei, como lo habían mostrado algunas encuestas.

No deja de ser sorprendente la fuerza con la que ese clivaje político se mantiene vigente y estructurador en las elecciones considerando no sólo el largo tiempo que ha pasado del fin de la dictadura y mucho más desde su comienzo, sino que los creciente niveles de despolitización, desideologización y despartidización de la sociedad que podrían suponer una mayor volatilidad electoral tanto a nivel sistémico como a nivel individual.

La obvia explicación es que las elecciones se han realizado sobre una fracción de la sociedad, aquéllos que están inscritos en los registros electorales y que votan regularmente, que son los que han preservado esa división con una intensidad mucho mayor que la que ésta realmente tiene dentro de la sociedad en su conjunto. En otras palabras, Chile cambió, el padrón electoral no.

Los actuales votantes corresponden básicamente a la población de más de 40 años, personas que vivieron de joven o adulto la época de la dictadura y que formaron vínculos sólidos con una determinada postura política en un cuadro binominal: dictadura o democracia. Ese padrón electoral ha congelado en su seno la realidad política y electoral, retrotrayendo constantemente, directa o simbólicamente, hacia el conflicto de otra época. Aunque la sociedad ha ido cambiando, cada una de estas elecciones han ido recordando y recreado ese clivaje generativo de la política chilena.

Además, los procesos de socialización política a nivel familiar, aunque cada vez menos relevantes en la sociedad moderna, han hecho que ese clivaje perdure bastante más allá de su propio origen.

Parece ser cierto el planteamiento de que el efecto electoral que provoca una dictadura perdura hasta tres generaciones luego de la generación de los protagonistas. Esa es precisamente la generación que se incorporará masivamente al padrón electoral luego de que empiece a regir la inscripción automática y el voto voluntario.

Dicha reforma significará el comienzo del derrumbe de esa muralla divisoria y la probable apertura a una verdadera revolución electoral, generando incentivos para nuevas alianzas y para renovadas propuestas programáticas.

La inscripción automática implicará inmediatamente incrementar en casi un 50% el actual padrón electoral pasando de 8 a 12 millones. Ello abre una puerta a una profunda incertidumbre electoral y a la emergencia de elecciones más desafiantes donde la póliza de seguros electorales, aunque no desaparecerá, se reducirá quizá a la mitad de lo que actualmente se tiene. Ya no se tratará de una elección dentro de un 80% de votación dura y un 20% de votación blanda sino que quizá sobre un total de 50% de elección dura y decreciendo. Eso hará que las paridades electorales estén menos garantizadas y que el triunfo electoral sea fruto de un profundo esfuerzo, estructurando campañas realmente competitivas dirigidas a todo el electorado.

Los estudios realizados indican que aproximadamente el 70% de los actuales inscritos van a continuar votando habiendo voto voluntario. Los no inscritos, en cambio, en un 50% votarían si tuvieran derecho a hacerlo. Si estos porcentajes se mantienen, implicará que el universo de votantes efectivos (aquéllos que realmente concurrirán a las urnas) no variará sustantivamente en cantidad con respecto a los actuales votantes, sin embargo, su composición se verá fuertemente afectada ya que alrededor de un tercio de ellos serán votantes nuevos y, además, éstos en su mayoría se tratarán de votantes jóvenes. Sin embargo, esos porcentajes que han arrojado los estudios son simples referencias y cuántos y por quién voten dependerá del carácter de cada elección y de cada campaña.

Desde el punto de vista de las opciones electorales de los no inscritos, varios estudios han mostrado que ellos no manifiestan inclinaciones electorales radicalmente distintas a las de los inscritos, aunque algunas diferencias existen. La principal diferencia es que su inclinación electoral no corresponde a lo que se puede llamar una votación dura o ideologizada y que tampoco responde al clivaje Derecha/No derecha por el que se mueve la población inscrita. Por lo tanto, ellos agregan una fuente de alta volatilidad e incertidumbre a las elecciones futuras.

Tanto la derecha como la oposición pasarán de un anclaje electoral del 40% para cada una a un escenario de votación dura de sólo un 20%. Por lo tanto, el padrón electoral dejará de ser una póliza de seguros para asegurar paridad electoral y los resultados recaerán cada vez más en la capacidad de verdaderamente persuadir y atraer a la gran mayoría de los ciudadanos.

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