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Una sociedad post terremoto

por 20 marzo 2010

Las conversaciones, las imágenes y los testimonios de chilenos y chilenas dan cuenta del impacto que ha generado el terremoto para el país. No hay duda que sus consecuencias van más allá de las vidas perdidas en el desastre, los serios daños de bienes materiales y los problemas de infraestructura sufridos; los cuales sin duda marcaran los años venideros.

Sin embargo, desde una mirada sociológica este desafortunado evento ha gatillado dos respuestas colectivas que nos han sorprendido.

Un primer elemento es la noción de riesgo. La incertidumbre, que se percibe a la luz de la catástrofe y sus acontecimientos posteriores, se ha instalado en la ciudadanía y la opinión pública. Frente a esto se espera una respuesta desde el Estado en las zonas más afectadas y también donde no ha sido posible que surja otro tipo de respuestas comunitarias o individuales que en un primer momento intentan paliar la situación. La ansiedad generada sumado al quiebre de la cotidianeidad y la amenaza del riesgo latente ha modificado las formas de relacionarse entre las personas, en expresiones que van desde la solidaridad profunda a la anomia.

Si bien los hechos de saqueo y desorden público han radicalizado la perspectiva del otro como una amenaza, sobre todo en sectores de clase media y popular, insospechadamente han fortalecido los lazos a través de la autodefensa de las comunidades.

Las reacciones de grupos de personas que han trastocado el orden público haciendo más compleja la situación en las zonas afectadas, los saqueos y el oportunismo son muestra de una reacción individualista y dan cuenta de cierto grado de descomposición de las normas sociales y las pautas de convivencia. Esto último es quizá uno de los principales desafíos pendientes en la construcción democrática del país. Ciertamente estos hechos se han gestado con mayor énfasis en los centros urbanos -principalmente en Concepción y también algunas zonas de Santiago- que en sectores rurales, donde los lazos de convivencia y cohesión social no han sufrido tal debilitamiento.

Si bien los hechos de saqueo y desorden público han radicalizado la perspectiva del otro como una amenaza, sobre todo en sectores de clase media y popular, insospechadamente han fortalecido los lazos a través de la autodefensa de las comunidades, lo que sin duda propicia el surgimiento de mayor ansiedad y una escalada de violencia en los barrios. En este sentido, es posible sostener que emerge un capital social negativo, en cuanto a que se articula contra otros y no con otros.

Otro elemento relevante es la confianza. En una sociedad crecientemente individualista y con tendencia a la fragmentación de los vínculos y la organización social, este valor se ha puesto en jaque. En algunos casos ha hecho posible una acción colectiva que va en ayuda de las víctimas, mientras que en otros ha mermado la relación entre instituciones y ciudadanos, generando mayor frustración y sensación de abandono; un buen ejemplo es la experiencia que han tenido los propietarios de edificios dañados a través de sus críticas a las empresas responsables y las falencias en la fiscalización de las autoridades competentes.

Si bien esa noche cada uno de nosotros pensó que el epicentro fue bajo su propio techo y que en diversas formas también ha sido víctima, a medida que pasan los días ha comenzado a levantarse la mirada y así caer en la cuenta de que es necesario propiciar una nueva forma de construir comunidad. En esencia esta catástrofe ha develado su propia crisis: aún tenemos un largo camino para avanzar en una mayor cohesión social.

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