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Sebastián, Fulvio, Carolina y esos benditos impuestos

por 19 abril 2010

Sebastián, Fulvio, Carolina y esos benditos impuestos
Llegarán los empresarios dentro de unos días a hablar con Piñera, a preguntarle por el manjar blanco, por el postre, y él les dirá por donde van los negocios. Harán millones en movidas inmobiliarias, bancarias, turísticas, en concesiones, en vaya uno a saber qué, mientras la Tohá se tira los platos por la cabeza con Fulvio y Lagos pone el dedo en llagas que ya no existen.

Será poco agradable verlo trotando en Washington, o manejando una excavadora o lanzando flores al agua con una parka roja de campaña, pero hay que reconocer que Piñera se ha anotado un gol de media cancha al subir -finalmente-los impuestos a las empresas.  Era una vieja aspiración ciudadana: que las cuentas de los ricos sean más pesadas que las de los no tan ricos.

Patético resulta escuchar a diputados del PPD pidiendo más impuestos, o ironizando sobre el tema, cuando ellos en 20 años no tuvieron los cojones ni la habilidad para hacerlo. Se dedicaron a sobar el prepucio de la derecha, a garantizar ser unos buenos chicos a cambio de unas pegas miserables de seremis y subsecretarios. Hicieron de sus partidos no unos centros de debates, ni unos nodos de contacto con la ciudadanía, ni unos motores del cambio, sino vulgares agencias de colocación. Y hoy han comenzado su oscura travesía por el desierto. Han logrado colocarse, sí, pero en el sector de los loosers.

Las empresas son hoy los nuevos ciudadanos. Y los ciudadanos reales, los de carne y hueso, sin logo ni marca, están invitados a convertirse o en consumidores de los malls.

Piñera ha roto esquemas con esta subida de impuestos, que está focalizada en que los más ricos financien -como se hacía en la Edad Media o en el Renacimiento o en la Colonia- la reconstrucción del país post terremoto. Todo un símbolo. Una mano que con toda seguridad tendrá luego su contramano para esas empresas, que verán como se multiplican sus nichos de negocio.

Las empresas son hoy los nuevos ciudadanos. Y los ciudadanos reales, los de carne y hueso, sin logo ni marca, están invitados a convertirse o en consumidores de los malls, cada uno con su plasma, o en daminificados con derecho -faltaría más- al bono de 40 mil pesos y a los plásticos de la furibunda niña Rysenberg.

Llegarán los empresarios dentro de unos días a hablar con Piñera, a preguntarle por el manjar blanco, por el postre, y él les dirá por donde van los negocios. Harán millones en movidas inmobiliarias, bancarias, turísticas, en concesiones, en vaya uno a saber qué, mientras la Tohá se tira los platos por la cabeza con Fulvio y Lagos pone el dedo en llagas que ya no existen, en tanto que Andrés Zaldívar llama a rejuvenever la política, a renovarla. Los radicales dejaron de existir, ya no son ministros ni rectores ni nada, porque ahora hay que ser de la Pontificia Universidad Católica y lo demás son leseras.

Se renuevan la Tohá, de la estirpe Tohá, y Orrego, de la estirpe Orrego, y se renuevan los Chadwick, que están en todos lados. O sea que no se renueva nadie en este país de parientes, porque la parentela constituye el corazón de lo no renovable, en tanto que Piñera, que también es Chadwick, abre la puerta de los nuevos negocios a los empresarios globalizados y postpinochetizados.

Estos impuestos son para la empresa su entrada a la disco, con derecho a un trago. Ese trago va a ser fabuloso. Piñera se pasea con su parka roja, haciendo tics (nada es gratis en esta vida miserable), hundiendo a Lavín bajo el peso de otra parka que debe pesar unos cien kilos. Los empresarios se preparan para poner en impuestos lo que no le dieron a Don Francisco a la espera del big money, en tanto que esos rostros tensos y grises de Latorre o de Escalona o de los niños Walker, que también son primos de Piñera, se preguntan qué pasó, qué está pasando, qué hemos hecho para merecer esto.

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