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Problemas de convivencia

por 6 mayo 2010

Problemas de convivencia
La tentación de la UDI es tan suicida como predecible y bien podría formularse del modo siguiente: o al gobierno le va bien con nosotros, o nos encargaremos personalmente de que le vaya mal. Es cierto que la amenaza no es muy elegante, pero qué diablos, las cosas no están para sutilezas.

No es ningún misterio que, hoy por hoy, la oposición al gobierno de Sebastián Piñera no está tanto en la Concertación como al interior de la propia coalición oficialista. A falta de algo mejor, la UDI parece  dispuesta a jugar el papel de oposición, mientras la centro-izquierda se enreda buscando explicaciones y culpables. Así, los gremialistas no pierden oportunidad de manifestar sus desacuerdos y su malestar de las más diversas maneras. Lo que partió siendo una curiosidad, empieza a transformarse en parte del paisaje.

A veces se trata de desacuerdos más o menos profundos, pero en muchas otras ocasiones se trata simplemente del disgusto propio del adolescente que no se siente suficientemente escuchado ni tomado en cuenta. Y aunque todo esto tiene bastante de anecdótico —después de todo, es inevitable que el poder genere ciertas tensiones— se equivocaría quien pensara que la situación no implica riesgos graves para el gobierno y para la UDI.

Al final del día, el dilema es menos complicado de lo que parece: o aprenden a convivir u optan por esa vieja costumbre de la derecha chilena llamada antropofagia.

El problema tiene una doble dimensión. Por un lado, Piñera no tiene mucha afinidad histórica con la UDI, y si ésta se vio obligada a apoyarlo fue más por la fuerza de las circunstancias que por una convicción profunda. El primer mandatario se sentiría mucho más cómodo gobernando con la DC y, en consecuencia, tiende a marginalizar al gremialismo del centro del poder y de las decisiones. Un poco por lo mismo, Piñera decidió gobernar con plena independencia de los partidos y, en las actuales circunstancias, nadie se engaña con el verdadero significado de dicho principio: gobernar con independencia de la UDI.

Es posible que tenga muy buenas razones para ello, pero sería necio olvidar los peligros que conlleva la decisión. En ese sentido, es obvio que al gobierno le falta una interlocución más fluida con los partidos, que permitiría limar asperezas y tratar los temas complicados de modo privado antes que puedan convertirse en discusiones públicas. De no cuidar bien este flanco, la UDI bien podría estropearle buena parte de su gestión al presidente Piñera, pues cuenta con los medios y las ganas para hacerlo.

Por otro lado, la UDI no responde con demasiada prudencia a la situación. Puestos en la encrucijada de resolver las diferencias de modo interno o transformarlo todo en gallito público, ha elegido casi siempre lo segundo. Lo que partió en voz baja empieza a transformarse en hábito, y no se ve mucho ánimo de bajar el tono. En el fondo, la tentación de la UDI es tan suicida como predecible y bien podría formularse del modo siguiente: o al gobierno le va bien con nosotros, o nos encargaremos personalmente de que le vaya mal. Es cierto que la amenaza no es muy elegante, pero qué diablos, las cosas no están para sutilezas.

Además, por más esfuerzos que haga, Juan Antonio Coloma no tiene el control de la situación, pues la cuestión ni siquiera pasa por quien encabece la colectividad. Como sea, la UDI debería tomarle el peso a la responsabilidad que importa ser partido de gobierno, que no tiene nada que ver con estar en la oposición. Hay un proceso de reflexión y maduración que se echa en falta.

Por cierto, estas tensiones se ven agravadas por un hecho indesmentible: esa especie de constante activismo improvisado que va llenando día a día la agenda del gobierno. Así, un día se busca a un director para La Nación, al día siguiente se afirma que no se vende, y luego que quizás sí se vende. En el proyecto de reconstrucción, el presidente esperó hasta último minuto para tomar una decisión respecto de algunos contenidos polémicos. Estos titubeos abren demasiado espacio para los gallitos y las pruebas de fuerza que terminan generando un ruido innecesario.

Dicho de otro modo: cuando no hay orientación clara, cuando todo se improvisa, el más mínimo detalle puede transformarse en guerra mundial, pues al final las decisiones parecen depender más de una decisión personal del presidente que de un programa, y es exactamente lo que ocurre en el caso de La Nación. La falta de agenda bien definida es la razón por la cual, de un tiempo a esta parte, cada decisión es objeto de una discusión traumática, en la que las partes parecen poner su propia dignidad arriba de la mesa para saber quién le dobla la mano a quién.

Considerando que la oposición padece una desorientación que podría durar meses, o quizás años, todo esto se parece mucho a un autogol. Ambas partes deben entender que se necesitan mutuamente. Ni la UDI obtendrá réditos con una constante actitud plañidera, ni Piñera podrá hacer el gobierno que quiere si sus socios viven crispados. Al final del día, el dilema es menos complicado de lo que parece: o aprenden a convivir u optan por esa vieja costumbre de la derecha chilena llamada antropofagia.

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