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La embajada y el jarrón

por 8 mayo 2010

Un país como el nuestro, en su calidad de nación pequeña y premunida de limitados recursos de poder objetivo, que no tiene ni podría tener afanes hegemónicos a nivel internacional, no requiere de un gran despliegue diplomático como el que refleja la cantidad de misiones diplomáticas que hoy día posee.

Transcurridos bastantes años desde el triunfo de la Revolución Bolchevique, un alto funcionario de la nomenclatura soviética reparó en la presencia de un militar montando guardia  permanente en uno de los pasillos del Kremlin. La circunstancia  no era anormal en lo absoluto, salvo por un  pequeño detalle: el soldado permanecía en el recodo de un largo pasadizo en medio de la nada, pues no había allí  ni en las cercanías nada ni nadie a quien proteger.

Tras montar una rápida investigación, más por curiosidad que por otra cosa, el funcionario pudo saber que en tiempos de la Rusia Zarista alguien  había colocado en ese preciso lugar un  jarrón de cristal de considerables dimensiones y gran valor. Como el objeto estaba colocado en un lugar peligroso para su integridad, y  para evitar un posible estropicio, alguien discurrió  que era preciso protegerlo poniendo un soldado a cargo de su custodia.

Los años habían pasado y las circunstancias políticas del país se habían trastocado completamente. Ahora no existía Rusia sino la URSS. Tampoco existía el jarrón, pero el guardia seguía allí parado, ahora protegiendo ninguna cosa. El hombre permanecía allí solo por la fuerza de la inercia, de la tradición,  de la costumbre o quizás del olvido.  De un modo semejante a como subsisten en el tiempo ciertas instituciones preteridas, acaso por indiferencia, negligencia o incluso por razones todavía mucho peores: como los muy concretos intereses creados.

Un país como el nuestro, en su calidad de nación pequeña  y premunida de limitados recursos de poder objetivo, que no tiene ni podría tener afanes hegemónicos a nivel internacional, no requiere de un gran despliegue diplomático como el que refleja la cantidad de misiones diplomáticas  que hoy día posee.

La anécdota del jarrón, verdadera o no, sirve para ilustrar la situación de un número no despreciable de embajadas de Chile en el mundo.  Están en diversos países,   buena parte de las mismas desde hace muchísimos años, pero no resulta nada de sencillo explicar las razones precisas de su permanencia en el tiempo con cargo al siempre exhausto presupuesto nacional.

Pero continúan en sus emplazamientos, sujetas con alfileres y a reglón seguido de otros ítems presupuestarios muy explicables y en absoluto controvertibles, como son las escuelas, los hospitales, las bibliotecas públicas y los siempre insuficientes programas de ayuda social a los más pobres en general.

Se pueden observar estas embajadas-jarrón  en Centro América y El Caribe, en el norte y el este de Europa, también en el norte africano y hasta en el continente asiático. Sin embargo no las hay, no las ha habido y muy probablemente no las habrá (y esto da para pensar)   en otras regiones y países donde ejercer como diplomático entraña peligro objetivo e inminente y donde además las condiciones de vida en general son difíciles e ingratas. Pese a lo cual, eventualmente,  la presencia de una embajada chilena podría tener un interés presente o al menos potencial, tanto como para que una diplomacia profesional y patriótica, comprometida férreamente con el interés de Chile a todo trance,  se atreviera a levantar la mano para querer ir a ejercer su vocación de servicio público en mares procelosos.

Queremos pensar que  cuando dichas representaciones diplomáticas fueron abiertas,  respondieron a una necesidad objetiva, a un interés de política exterior concreto y tangible.  Pero hoy día, ya nadie parece querer acordarse de las razones fundacionales que se tuvieron en cuenta, si es que acaso efectivamente las hubo. Y no ocurrió,  como ha seguido pasando hasta tiempos muy recientes, que dichas misiones se inauguraron para satisfacer un determinado objetivo coyuntural que por inercia se convirtió en permanente,  o fueron abiertas  para  dar curso a un interés estrictamente  personal o corporativo, como desafortunadamente también ha ocurrido no pocas veces.

Pero las representaciones diplomáticas de marras siguen allí, tan impertérritas como inexplicables.  Indiferentes a los drásticos cambios operados en la escena internacional, haciendo caso omiso de las nuevas prioridades de la política exterior, pasando por alto los acontecimientos políticos internos y hasta despreciando las cíclicas  contingencias económicas del país.

Y que conste que este último aspecto no es un dato menor. Mantener una representación diplomática, incluso con una dotación funcionaria mínima representa siempre la inversión de cuantiosos recursos públicos. Hay que pensar que una embajada implica entre otros gastos la remuneración del embajador y sus subalternos,  los sueldos de las secretarias y del  personal  local, así como el pago de lo servicios en general, incluido el automóvil oficial y su conductor.  Esta además la cuestión de las dependencias físicas, empezando por las oficinas e incluyendo la residencia oficial cuya renta, menos un pequeño porcentaje que se descuenta del sueldo del embajador, representa normalmente parte importante del presupuesto mensual de una embajada.

Cabe hacer notar que alguna vez alguien, probablemente un sectorialista de Hacienda, estableció de una vez y para siempre que el Estado chileno no podía comprar propiedades en el exterior. De modo que con muy contadas excepciones, la inmensa mayoría de los recintos donde funcionan las embajadas y residencias  de Chile en el exterior son arrendados, con lo cual se perpetra mes a mes un pésimo negocio que representa una adicional,  descomunal  y absurda sangría  para el erario público

Así es que es cuestión de sacar la cuenta de cuanto puede costar todo aquello, por mes y por año, para formarse mas o menos una idea de lo que significa financieramente al país  mantener al guardia del jarrón en su sitio.

Hay que dejar constancia, eso si, que los usos y costumbres chilenas en esta materia son comparativamente  más bien frugales, aunque seguramente habría espacio para que lo fueran todavía más. Y que la modestia y el recato no es ni con mucho la norma general en el medio diplomático internacional. Sobre todo si se observa que en no pocos casos, cuanto más grande y bien dotada en la residencia diplomática y cuando más  moderno y caro es el auto oficial y el dispendio en materia de recepciones y agasajos, la regla dice que de continuo es más subdesarrollado y pobre el país que detenta con escándalo estos símbolos externos de poder y status.

Un país como el nuestro, en su calidad de nación pequeña  y premunida de limitados recursos de poder objetivo, que no tiene ni podría tener afanes hegemónicos a nivel internacional, no requiere de un gran despliegue diplomático como el que refleja la cantidad de misiones diplomáticas  que hoy día posee.

Lo que si precisa es optimizar sus recursos al máximo y determinar con precisión y objetividad en que parte del tablero regional y mundial colocar sus fichas. Ello, de acuerdo con una concepción del lugar que el país se propone ocupar en el mundo, de los objetivos que se propone alcanzar y de los medios que esta dispuesto a poner en juego tras esos fines.

Cuando no existe esa concepción, cuando se carece de una auténtica estrategia de política exterior, es que ocurren cosas como las que comentamos. Que los recursos humanos, tecnológicos y financieros se dilapiden y la política exterior discurra por cualquier parte  y de cualquier modo.

En medio de una situación mundial que evoluciona vertiginosamente, la diplomacia tradicional, aquella de los cócteles, de las justas de golf, de los formalismos extremos y el dispendio en homenaje  al buen nombre del país, esta irremediablemente condenada a desaparecer, y en buena hora, herida de muerte por las nuevas circunstancias que caracterizan las relaciones internacionales.

De modo que lo que ayer fueron piezas vitales para la política exterior de las naciones, como las embajadas y los agentes diplomáticos, hoy pierden progresivamente protagonismo, influencia y poder en los asuntos bilaterales, frente a la diplomacia presidencial directa, la diplomacia parlamentaria y la diplomacia económica y comercial que discurre por sus propios cauces. También  la diplomacia de salón pierde terreno frente a los procesos de integración, a las organizaciones no gubernamentales y a un conjunto abigarrado y diverso de nuevos actores internacionales que ganan influencia y capacidad de acción en el campo bilateral y mundial.

Todo ello sin mencionar el desarrollo exponencial de las comunicaciones y de las tecnologías  de la información en general. Frente al Internet, las video conferencias y otros tantos recursos tecnológicos disponibles para obtener información en tiempo real y comunicar, una embajada pasa en muchos casos a representar una especie de fósil, un relicto de un pasado que ya no es y no lo será más.

Las embajadas de las que hablamos carecen de agenda sustantiva o no la tienen en lo absoluto. Son en verdad un fin en si mismas, puesto que su función principal y acaso única, consiste en administrarse internamente, mantener en orden los procedimientos burocráticos e informar a Santiago de los acontecimientos más sobresalientes. Esto último, algo que perfectamente podría hacerse desde Santiago, con similar o quizás mejor eficiencia, y con toda seguridad con menos recursos involucrados.

Como se trata de un fenómeno global, puesto que el despilfarro y los intereses creados no conocen limites ni fronteras, muchos países tienen en el mundo embajadas que en verdad no necesitan, por razones semejantes o idénticas a las nuestras.

Estas misiones prescindibles  tienen en todos los casos una existencia cotidiana rayana en lo penoso. Ignoradas desde sus propias capitales, desde donde nunca reciben una instrucción  o nada que se le parezca, la mayoría de las veces deben enfrentar, además, la frialdad e  indiferencia del propio gobierno frente al cual están acreditadas. Por  la obvia y comprensible razón de que las autoridades locales prefieren invertir sus esfuerzos institucionales en aquellos países que representan un interés objetivo. O sea, ni más ni menos como nosotros mismos  hacemos la diferencia, descontada la cortesía, entre el trato que dispensamos a los representantes de aquellos países que nos importan mucho, frente a los que nos importan menos o casi nada.  Por más que hayan decidido tener una embajada en Santiago, vaya a saber usted porque motivo.

Ser embajador en un país que no es prioritario para el propio, y donde además el propio país tampoco es prioritario para el que acoge puede ser una auténtica pesadilla, pueden creerlo. Especialmente si el embajador de marras se resiste a resignarse a la cruda realidad  y se niega a plantarse en plan vacacional por largos cuatro años. Si ese es el caso, deberá ser capaz de generar su propio y autónomo plan de acción, o  perecer de aburrimiento.

Al final, cualquier persona bien informada, especialmente si labora en la Cancillería o pulula en sus cercanías,  sabe perfectamente cuales son las embajadas importantes para Chile y cuales no.   No en vano existe de modo más o menos oficial una caracterización de embajadas de tipo A, B y C., de la cual podrían sacarse algunas conclusiones de sumo interés y sentido práctico.

Pero no cabe hacerse muchas ilusiones. La tendencia es a abrir embajadas, no a cerrarlas. De cualquier modo, hay que contar con que los intereses creados de naturaleza corporativa seguirán en lo suyo. Ni más ni menos que como ayer, como hoy y como mañana.

Alguien dijo que los diplomáticos suelen ser personas honestas que los gobiernos mandan al exterior a mentir. Suponiendo que aquello tenga algo de cierto, la cuestión es que además no procedan de ese modo en la propia casa.

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